Adviento día 20 de diciembre

Kireei 2017

 

El adviento de hoy va dedicado a un tàndem de colaboradores que me gusta mucho. Germán Machado ha publicado con Kireei “Breve historia de una pompa de jabón” un maravilloso álbum ilustrado por Iratxe López de Munain que ya conocéis y también el relato que veis aquí que aparece en Kireei 8 y está ilustrado por la otra parte del tàndem, el ilustrador Gustavo Aimar, a quien admiro prácticamente desde los inicios de Kireei y que con esta ilustración hizo este trabajo tan bello.

Germán Machado también publica en Kireei 9 un texto, que podréis ver estos días en la revista recién publicada y espero seguir colaborando con él en el futuro, al igual que con Gustavo.

Os dejo con este precioso relato de Germán titulado Una promesa diminuta.

 

UNA PROMESA DIMINUTA

Fue la cuarta vez que la niña entró a la librería a preguntar lo mismo: el precio del libro “Mi amigo el gigante”, una edición especial de la novela “El gran gigante bonachón”, de Roald Dahl, publicada con el mismo título de la película que recién se había estrenado.

La niña debía de tener nueve o diez años. Llevaba el pelo recogido.
La primera vez que la niña entró a la librería fue porque vio el libro en el escaparate. Iba por la calle con su madre. La madre no entró a la librería, quedó en la puerta, esperándola. Ese mismo día, un rato después, la niña volvió sola y repitió la pregunta.

Pasaron dos días, y otra vez igual: la niña entró a la librería a preguntar el precio del libro, el mismo libro. Así una vez más, otro día, por cuarta vez. Entonces, el librero le dijo: “no te decides”. Ella respondió: “no me decido”. Por seguir la conversación, el librero le preguntó si había visto la película. Elle le respondió: “sí, la vi”. Y agregó: “es muy guay”. No dijo más. Se dio la vuelta y se fue.

El librero sospechó que el libro era caro para ella, o para su madre, y que la niña volvía a preguntar el precio solo para verificar que el libro siguiera ahí, disponible, día tras día, mientras ella, tal vez, en sus noches de insomnio, cuando no puede conciliar el sueño, imagina que algo negro y alto, muy negro y muy alto y muy delgado, se acerca a su ventana y le da el dinero para comprar el libro.

El librero se quedó pensando en que si la niña volvía a preguntar el precio del libro, así, sin decidirse a llevarlo, él se lo daría a cuenta, incluso a pérdida. Eso haría, sí. Se lo prometió a sí mismo, porque la niña no estaba ahí cuando él hizo esa promesa.

Pasaron los días y la niña no regresó. El librero vendió varios ejemplares de ese título. Cada vez que lo reponía en el stock de la librería, pensaba en esa niña: ¿habrá conseguido el libro?, ¿habrá podido llevarlo consigo?, ¿lo habrá leído?

Hacer una promesa es abrir una grieta en lo indecible del futuro. Es echar un ancla en la tormenta del azar. Pero para ello, la promesa debe de convertirse en un acto de habla: la promesa de regalar el libro debió ser ofrecida por el librero a la niña, y no quedarse nada más que en un soliloquio interior. Faltó algo en la gestión del prometer y, por ello, el librero quedó atado a la incertidumbre del futuro, al capricho del azar: ¿volvería la niña a la librería?, ¿entraría por quinta vez a preguntar el precio de aquel libro?

El librero no sufre de insomnio, pero en las mañanas de niebla y de frío, cuando llega a la librería, siente como si algo muy negro, muy alto y muy delgado le susurrara al oído que en un rincón de la ciudad hay una niña que pregunta insistentemente por el precio de un libro, que nunca se decide a comprarlo, y que él lo tiene.

 

Una respuesta a Adviento día 20 de diciembre

  1. 1
    Clara dice:

    Que bonic!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>