Archivo del Autor: Elena Ferro

El poder de la palabra

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Ilustración de Anuska Allepuz

“Un día, mirando desde la ventana de mi aula a los niños que jugaban en el patio, libres, felices, se me ocurrió compararlos con los que tenía sentados delante de mí en sus mesas, obedientes, resignados, sin ideas, mientras que los de ahí abajo estaban vivos, rebosantes de fantasía. Desde aquel día dije basta a un viejo tipo de escuela, la escuela autoritaria en la que yo mandaba y los niños obedecían y empecé otra en la que liberando a los niños me liberaba a mí mismo, daba sentido a mi propia vida y dejaba de hacer de ellos pequeños esclavos”.  

Estas son palabras de Mario Lodi, pedagogo italiano que falleció en marzo de 2014 a la edad de 92 años. Lodi creía que el pedagogo no era un especialista en conocimientos sino un experto en conversar con los niños. Según él, los niños no debían ser “los sin voz”, sino que iban a la escuela a expresarse, pensar y crear. 

Gianni Rodari, escritor y pedagogo, también creía en el poder liberador de la palabra. Decía: “ ‘El uso total de la palabra para todos’ me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”. 

En su poema “El cien existe”, Loris Malaguzzi reivindicava la expresión infantil utilizando múltiples lenguajes (cien) y lamentaba que los adultos les robaran noventa y nueve de ellos :

“Le dicen:

que piense sin manos,

que haga sin cabeza,

que escuche y que no hable,

que entienda sin alegrías,

que hable y se maraville

sólo en Semana Santa y en Navidad.” 

El uso de la palabra, junto con todas las otras formas de expresión que existen, es instrumento de libertad, es herramienta de descubrimiento, nos pone en contacto con el otro. Aprender a usar la palabra y a respetar la palabra del otro, he aquí uno de los principales objetivos que la escuela debería perseguir. Pero demasiado a menudo nos centramos en enseñar a escuchar y a repetir lo que la autoridad marca, consagrando el valor supremo del silencio, el respeto entendido como sumisión y la libertad como un peligro que aplazamos para luego, “cuando seas mayor”. 

Dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su prólogo que es “la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”. 

Solo deseo un mundo donde la palabra sea libre y eso nos libere del temor. 

Elena Ferro

 

Regalar libros

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Póster de Coaner para Kireei

 

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. Jorge Luis Borges.

Cuando regalas un libro no estás regalando un objeto, no es papel y tinta, no. Cuando regalas un libro estás regalando la posibilidad de poner en contacto dos mentes separadas por el tiempo y el espacio. Estás ofreciendo la posibilidad de recrear ideas, pensamientos, mundos… de reinterpretarlos, de conectar con otro y a la vez desconectar de todo. Con un libro regalas una cerilla que, si se usa bien, puede hacer saltar una chispa e incluso encender una hoguera. Un fuego que tal vez arda para siempre.

Claro que te arriesgas a que el libro se convierta en un mero objeto decorativo en casa del agasajado. Un lomo muy visto para unas páginas nunca visitadas. Es un destino triste para un libro pero no menos digno que el de muchos objetos de los que nos rodeamos. Sin embargo, la mera posibilidad de que un día unos ojos recorran las letras y se produzca el milagro…

Si el receptor del regalo es un niño, todavía mejor. Hay personas que creen que todo lo de los niños no vale, es pobre, es “infantil” y, por lo tanto, irrelevante. Que con unos dibujos coloridos ya vale; “total, lo van a romper enseguida”. No puedo estar más en desacuerdo. Suscribo, en cambio, las palabras de Vicente Ferrer Azcoiti: “Según mi opinión, si tiene algún sentido hacer libros, tiene sentido sobre todo hacerlos para los niños. Porque el mundo (y a veces nos olvidamos) es de los niños. Los mejores libros deben ser para los niños, las mejores historias, los mejores dibujos, el mejor papel, las primeras estanterías. Nada de repartir las sobras y condenar a los niños al rincón más apartado de las librerías, nada de dedicarles textos poco exigentes y dibujos que no son sino una caricatura triste de lo que hacen los mismos niños. Eso no está bien, no es bonito.”

Para entrar en el mapa de la imaginación de un niño – magistralmente descrito, por cierto, por J.M.Barrie en Peter Pan y Wendy – hay que hacerlo con reverencia, con respeto, y llevando solamente lo mejor que podamos ofrecer. Los niños son futuro, y hay que cultivar ese futuro, pero sobre todo son presente, y hay que dignificarlo.

Creo, como Gianni Rodari, en el valor liberador de la palabra y en el poder de la fantasía.

Elena Ferro

 

El ciclo festivo

Esta entrada se publicó el 24 de diciembre de 2012

Acaba el Adviento y llega ya la Navidad, en medio de la polémica sobre si hay que mover las fiestas a los lunes. Yo no quiero (ni puedo) discutir criterios económicos, pero desde el punto de vista humano me parece muy triste. Los seres humanos estamos necesitados de la irregularidad en el calendario para marcar hitos. Lo uniforme aburre y puede llegar a deprimir, y las fiestas están conectadas con los ciclos de la naturaleza, de los que no sería conveniente que nos acabáramos de despegar. Afortunadamente, todavía nos afecta la duración del día, la intensidad de la luz, la llegada del tiempo de las cerezas o de las granadas, el cambio de temperatura, los colores de los árboles, las flores, la nieve…

Detrás de cada fiesta tradicional hay simbolismos ancestrales que, aunque no comprendamos porque hemos olvidado ya su origen, nos reconfortan y nos emocionan. En nuestro entorno, la mayoría de las fiestas han sido asumidas por la Iglesia (cosa que no resta validez a la fiesta cristiana sinó que demuestra que la Iglesia se valió de simbolismos antiguos para transmitir sus nuevas ideas). Más recientemente, las mismas tradiciones han sido devoradas por el consumismo. De este modo, algunos ateos reniegan de las fiestas y pretenden relegarlas al ámbito privado alegando a veces la libertad religiosa, el laïcismo o el multiculturalismo. También personas críticas con el capitalismo salvaje han tomado la parte por el todo y reniegan de fiestas antiguas que no inventó precisamente Adam Smith ni tampoco El Corte Inglés.

La Navidad, a parte de la celebración del nacimiento del Mesías para los creyentes, es la fiesta de la luz (y de ahí tanta iluminación navideña), es la fiesta del solsticio, del fin del acortamiento de los días y del renacimiento del día que se alarga, es una fiesta de esperanza, de recogimiento, de estar con las personas más queridas resguardándose del frío, de dar y recibir, es el Natalis Solis Invicti de los romanos. Es también la fiesta de los niños, que son la promesa de futuro, igual que el solsticio es la promesa del nuevo sol, que llega a su plenitud al cabo de seis meses, en el siguiente solsticio, el de verano. El fuego (imagen terrestre del sol) es el elemento central de ambas celebraciones: en Navidad el fuego del hogar, en San Juan al aire libre con las hogueras; en Navidad decorando las calles y las casas, en San Juan con bengalas y cohetes en el cielo. No es casualidad que San Juan Evangelista (27 de diciembre) y San Juan Bautista (24 de junio) custodien las puertas del Invierno y el Verano, cerca de los solsticios, emulando al dios romano Janus (divinidad solar romana de dos caras, que da nombre al mes de enero).

Y si en San Juan las hierbas adquieren propiedades mágicas en la noche de las brujas, no va a ser menos la botánica navideña, empezando por el muérdago, que para los druidas era el espíritu sagrado del roble y tenía múltiples propiedades. Sin salir del bosque, encontramos el árbol, fuente de riqueza, protagonista del fuego del hogar, que se transforma en el leño de Navidad, rastro de antiguos ritos propiciatorios que perviven bajo diferentes formas por toda Europa y que en Cataluña, por ejemplo, toma la forma ciertamente pintoresca de Tió de Nadal. Por no hablar del árbol de Navidad, del cual se podria escribir todo un tratado, incluyendo mitología nórdica, druidas y creencias precristianas para dar y vender. Incluso en el Belén encontramos símbolos antiquísmos, entre los cuales podemos destacar el buey y la mula, animales estériles pero paradójicamente símbolo de fertilidad, desde el buey Apis egipcio a las mulas en ciertas culturas germánicas.

Como esto no pretende ni puede ser un artículo de antropologia festiva, me conformo con apuntar la idea de que cada tradición que merezca tal nombre lleva en si la aportación de generaciones que, con la repetición del ciclo, han ido añadiendo significados y renovando el sentido de la fiesta. A mi eso me gusta, me recuerda que seguimos formando parte de un planeta que gira sin nuestro concurso, me liga a la tierra donde vivo, me recuerda las generaciones que vivieron antes de mi (trayendo, a veces de muy lejos, costumbres y maneras de hacer) y me llena de ilusión al poder compartirlo con mi familia, en especial con los niños.

¡Felices fiestas!

 

 

 * Todas las ilustraciones son de Subi y pertenecen al libro Festes i tradicions de tot l’any. El costumari per a totes les edats, escrito por Elena Ferro, editado por Baula.

Pedro y el lobo

El carnaval de los animales de Saint-Saëns, Peer Gynt de Edvard Grieg, El pájaro de fuego de Stravinsky, La flauta mágica de Mozart… siempre salen estos nombres cuando pensamos en música clásica que puede gustar a los niños. Quizá alguien piense que la música clásica no puede interesar a los niños, al menos no a la mayoría. Yo soy de la opinión contraria, solamente creo que debe presentárseles de manera adecuada y no como una obligación… no debemos someterlos a tediosas audiciones como si de melómanos se tratara. Tener en casa algunas buenas grabaciones (con orquestas de verdad, no “adaptaciones” electrónicas de ínfima calidad, nunca me canso de repetirlo) me parece tan necesario como una biblioteca bien surtida. Algunas obras no les llegaran a interesar nunca, pero otras pasarán a formar parte de los recuerdos de su infancia. Hoy os quiero hablar de una de estas composiciones, la preferida de mis hijos (con permiso de Saint-Saëns).

Pedro y el lobo es un cuento musical del compositor ruso Sergei Prokofiev, de 1936. Fue encargo del régimen soviético para cultivar el gusto musical de los niños en sus primeros años de escuela. Tan solo 10 años después, Disney lo adaptó con algunos cambios. Hasta la actualidad, ha sido una de las composiciones más utilizadas para acercar la música clásica a los niños, ya que cada personaje se representa con un instrumento musical diferente (flauta, oboe, fagot, clarinete…) y la historia es muy atractiva.

Se han editado versiones narradas en múltiples idiomas por personajes famosos como Josep Carreras, Iñaki Gabilondo, Sofia Loren, Jack Lemon, Sting, David Bowie, Sharon Stone o Boris Karloff, entre otros.

 

  

 

   

 

 

 

 

 

 

 

Esta es la versión de Disney, que se puede ver en youtube:

 

 

 

También se han hecho versiones teatralizadas, entre las cuales, una de las producciones para niños del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, Pere i el Llop, que se representa nuevamente esta temporada. Mi hijo mayor fue hace poco con el colegio y, de todas las salidas a obras teatrales y conciertos que ha hecho hasta la fecha, ha sido de la que ha vuelto más entusiasmado.

 

 

  

En castellano hay, entre otras, una versión de La Mota de Polvo, narrada por Fernando Palacio e interpretada por la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria.

 

 

 

 

También hay esta otra versión de Tritó, narrada por Leonor Watling e interpretada por la Ensemble Orquestra de Cadaqués bajo la dirección de Vasily Petrenko.

 

 

 

En catalán, esta última editorial cuenta además con una versión narrada por Jordi Sánchez.

 

 

 

 

 

Desenterrar el silencio

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Fotografías de Sergi Bernal

“El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo. La gente va allí a bañarse. Yo no he visto nunca el mar. El maestro dice que iremos a bañarnos.”

Un verano, hace 78 años, los niños de Bañuelos de Bureba – un pueblo de 200 habitantes, sin luz ni agua corriente – estaban entusiasmados: el maestro iba a llevarlos a conocer el mar. Hacía solamente dos años que Antonio Benaiges había sido asignado por el Ministerio de Educación de la República a la escuela rural de ese pequeño pueblo de la provincia de Burgos. Había nacido en Mont-Roig del Camp, en Cataluña, y su principal deseo era enseñar a sus alumnos a ser libres. Para ello utilizaba la metodologia de Célestin Freinet, basada en la participación de los alumnos y la imprenta escolar. Las palabras sobre el mar que encabezan este texto las escribió Lucía Carranza, una alumna, en uno de los cuadernos que se elaboraban en la escuela. Estas obras creadas en la imprenta escolar que el mismo Antoni había comprado nada más llegar al pueblo fueron enviadas a modo de pequeños periódicos a otras escuelas: llegaron ejemplares a Escocia, Cuba, Argentina, Francia, México, Cataluña… Los cuadernos, íntegramente escritos e ilustrados por los niños, hablan de la vida cotidiana del pueblo, de sus esperanzas e ilusiones.
Sin embargo, los niños nunca llegaron a subirse a ese autocar que iba a llevarlos a ver el mar. Es julio de 1936, se produce el alzamiento militar y Antoni es apresado, torturado, fusilado y enterrado en una fosa común de La Pedraja. Luego, el silencio y el olvido.

Pasan 74 años y un día de agosto de 2010, mientras un equipo de arqueólogos y forenses trabaja exhumando cuerpos en la fosa de La Pedraja, los restos de Antonio Benaiges salen a la luz. Los hilos de la historia se hacen visibles. El fotógrafo Sergi Bernal fotografía los restos de la escuela abandonada, los rostros de los alumnos que todavía viven, ahora ancianos, y las páginas de algunos cuadernos que han guardado. De ahí nace la exposición “Desenterrando el silencio: un maestro catalán en una fosa de Burgos”. Luego, el mismo fotógrafo, junto con el periodista Francesc Escribano, el antropólogo Francisco Ferrándiz y la historiadora Queralt Solé, escriben un libro: “Antonio Benaiges, el maestro que prometió el mar”. Y, finalmente, el documentalista Alberto Bougleux, gracias a un Verkami, realiza el documental “El Retratista”, a partir de la exposición fotográfica de Sergi Bernal.

Antoni creía en principios que todavía hoy, tantos años después, tienen que ser defendidos como si fueran algo novedoso y alternativo: convertir al niño en el centro de aprendizaje, educar para la libertad y la democracia, no solo para el mercado de trabajo, y hacer de la participación y la actividad el motor del aprendizaje. Pero eso es una amenaza para aquellos que desean controlar a una población fácilmente manipulable y por ese motivo Antoni fue uno de los primeros en caer. Me gustaría pensar que la muerte de este humilde maestro rural no fue en balde y que podemos aprender de su experiencia. Por eso, desde aquí mi agradecimiento a Sergi Bernal que, con la ayuda de otros, ha recuperado la memoria de Antonio Benaiges, inspirado quizá por las palabras de Marius Torres “Oh padre de la noche, del mar y del silencio, yo quiero la paz pero no el olvido”.

Elena Ferro

 

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 Trailer del documental El retratista, de Alberto Bougleux y Sergi Bernal.

Blog de Sergi Bernal

Web sobre el proyecto de restauración de la escuela de Bañuelos

¿Por qué aprender solamente dentro de una escuela?

 

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Ilustración de Natascha Rosenberg

 

“Para educar a un niño hace falta una tribu entera”, dice un proverbio africano a menudo citado. ¿Y dónde tenemos nuestra tribu?, me pregunto. Podemos entender que nos referimos a la familia extendida, a los amigos, a los vecinos… pero lo cierto es que hay muchas familias que viven sin una tribu a la que recurrir para educar a sus niños. Cuentan con la escuela y con nada más. Pero… ¿es la escuela entendida como microcosmos (más o menos poroso) suficiente?
La escuela es una pieza más en un rompecabezas más extenso, que es la ciudad (o, por extensión, el medio urbano, aunque sea un nucleo de población pequeño). La ciudad educa sin querer: con los espacios públicos que ofrece, con las desigualdades que no evita, con el ocio que permite, con su permeabilidad o impermeabilidad a la participación del ciudadano… La ciudad es el escenario de la vida de todos sus habitantes, desde el más pequeño al más anciano.

Hoy pienso en esto porque esta semana se está celebrando en Barcelona el XIII Congreso Internacional de Ciudades Educadoras. Este año los ejes temáticos son la inclusión, la participación y la creatividad.

Pero entonces se me cruzan los cables y mezclo la idea de ciudad educadora con la de “micro-schooling” (aquí tenéis un ejemplo). Y me empiezo a hacer preguntas: ¿Por qué disponer de caras instalaciones escolares si la ciudad está llena – y si no lo está, debería – de espacios públicos de todo tipo que están infrautilizados la mayor parte del día? ¿Por qué los niños deben estar separados por edades? ¿Es necesario tener instituciones tan masivas, con centenares de personas concentradas en un solo lugar sin interacionar realmente entre si? ¿Por qué los niños y los jóvenes no interaccionan con la ciudad y la usan como base para el aprendizaje?

Y a partir de aquí empiezo a fantasear con equipos multidisciplinares de maestros a cargo de grupos de alumnos heterogeneos (también en edad), con una “base de operaciones” (un local, una pequeña escuela, un aula) desde la cual utilizar la ciudad para aprender. Bibliotecas, polideportivos, talleres, empresas, comercios, calles, parques, museos, auditorios… todo como un enorme campo de aprendizaje en el que llevar a cabo proyectos de investigación, de creación o de servicio. Niños y jóvenes interaccionando entre sí y también con los adultos que viven y trabajan en su ciudad. Cuanto más lo pienso, más me gusta. ¿Por qué ha de ser la escuela una institución pesada y grande? ¿Por qué no algo pequeño, flexible, cercano y ágil?
Las grandes instituciones escolares se idearon en un momento en que el mundo del trabajo giraba entorno de grandes y masivas fábricas. Obreros confluyendo en un único gran edificio. Hoy en día, una ciudad acoge pequeños negocios por doquier, profesionales en despachos compartidos, medianas empresas… El trabajo ha cambiado, la vida en la ciudad también. ¿No podría cambiar la escuela?
Por mi parte, cuanto más lo pienso, más me gusta la idea.

Elena Ferro

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Ilustración de Natascha Rosenberg