Archivo del Autor: Elena Ferro

Ser madre

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Álvaro Sanz

Ser madre no es solo biología. De hecho, no es la biología lo que lo define, puesto que se puede ser madre sin mediar concepción ni parto.
Ser madre no es sacrificio aunque, como en tantas cosas en la vida, haya a veces que esforzarse mucho.
Ser madre no es ser acreedora de un pago, puesto que una de las partes era menor en el momento del contrato y jamás pudo contraer obligación alguna.
Ser madre no es algo que te pasa cuando tienes un bebé, y luego un niño pequeño, y luego… una espesa niebla, como si la maternidad durara solo unos añitos.
Ser madre no es ser propietaria de un ser humano, ni ser propiedad de nadie.
Ser madre no es ser una súper mujer, no es sentirse culpable, no es tener miedo a perder el tren, no es constatar que ya lo has perdido, no es apuesta, no es renuncia. O no debería serlo.
No se bien lo que es ser madre. Quizá ser madre es solamente tener un hijo o una hija y hacerse responsable de la decisión tomada con todas sus consecuencias.
Lo único que tengo claro es que ser madre te cambia pero no te convierte en un estereotipo, por mucho que algunas personas e instituciones actúen como si lo fueras.

Esto es todo lo que tengo que decir sobre ser madre, aunque en realidad he hablado sobre todo de lo que no es ser madre. Creía que podría decir mucho más, y sin duda durante los primeros años habría escrito más cosas. Pero el tiempo pasa y me he dado cuenta de que sé muy poco de la experiencia genérica de ser madre, si es que tal cosa existe. Solamente sé lo que yo he vivido, lo que yo he sentido. Y al respecto, tengo algunos reproches que hacerle a la sociedad (pobre sociedad, siempre tiene la culpa de todo).

Querida (o no tan querida) sociedad:
No me mires con compasión porque un día decidí quedarme en casa a cuidar de mis niños, que he oído que llamabas mala madre a otra que volvió a la oficina antes de los cuatro meses porque veía peligrar su puesto de trabajo.
¡Eh, tú! ¡Sí, tú! No me desapruebes porque di teta más de dos años, cuando también te he visto criticar a otras por no haberle dado ni tres meses.
¿No te parece bien que tenga tres hijos con los tiempos que corren? ¿Pero uno es poco? ¿Y no tener hijos es de egoista? Oye, ¿hay alguna manera de hacer algo bien en este mundo?
¡Anda! ¿Y por qué crees que voy a ser mala trabajadora por el hecho de tener hijos? ¿Por qué me preguntas si quiero ser madre en la entrevista de trabajo?
Perdona pero… ¿crees que faltar al trabajo por llevar al niño al pediatra solo voy a hacerlo yo y nunca el padre de las criaturas? ¿Y te parece que salir antes para ir a ver el partido es más razonable que para una reunión en la escuela?
¡Escucha! Estoy bastante quejosa. Estoy decepcionada. Enfadada incluso. No me han salido las cosas como quería, no se si por culpa mía, o por culpa tuya, maldita sociedad.

Pero una cosa es segura: nada de esto tiene que ver con ser madre. Son cosas que pasan en la vida, son cosas que hay que cambiar o mejorar. Pero la maternidad es otra cosa, algo mío, que no quiero dejar que me estropee nada. Ni una carrera laboral frustrada, ni una “demasiado existosa”, ni las expectativas de los vecinos. Ni tampoco mis propias expectativas, porque ser madre no se parece del todo a lo que había imaginado. 

Elena Ferro

 

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Noemí Jariod

 

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Montse Marmol

 

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Megan Spelman

 

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Jose Bravo

 

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Mònica Bedmar

 

Tengo 40 años. Y ahora, ¿qué?

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Fotos de Carmen Hache

Estar en la cuarentena hoy es haber nacido en dictadura, haber crecido con la esperanza que generaba una joven democracia y haber estudiado la EGB (y quizá el BUP y el COU). Es haber visto la tele en blanco y negro, recordar una tele con dos canales (UHF y VHF) y, por supuesto, sin mando a distancia. Es haber visto Heidi, Marco, la abeja Maya, Mazinger Z y el bosque de Tallac. Es haber ido al estreno de Regreso al Futuro, Terminator, La historia interminable o Indiana Jones. Es haber asistido a la aparición de los primeros ordenadores personales. Es haber pasado una adolescencia y juventud sin teléfono móvil. Es haber despertado a la conciencia política en un mundo regido por Reagan, Tatcher y Gorvachov, haber empezado a conocer el ruso con las palabras glasnost y perestroika, y haber visto caer el muro de Berlín. Somos la última generación que pudo conocer a un pariente vivo nacido en el siglo XIX (quizá algún bisabuelo). Y hemos llegado ya a la edad de la nostalgia: el éxito de ventas de libros que nos hablan de nuestra infancia y de los productos de consumo que nos marcaron lo demuestra.

Yo, con cuarenta, me siento en el pico de una montaña. No las más alta a la que hubiera podido llegar, pero un pico. Miro hacia la ladera, al escarpado ascenso, y me da miedo girarme y ver al otro lado el descenso, tan temido. Oye, que me empizan a doler las rodillas, pronto voy a necesitar gafas, ya tengo demasiadas canas para mi gusto y… en fin, que no me siento incansable como antes. Quizá pueda quedarme aquí una década más. O dos. ¿O tres? Pero en algún momento tendré que empezar a bajar y al cabo de un tiempo más habrá acabado la excursión. Entre los treinta y los cuarenta fui perdiendo la sensación de invulnerabilidad adolescente (que a mi, por lo que véis, me duró bastante) y haciéndome a la idea de que seguramente no era inmortal. Un drama.

Pero me vienen dos pensamientos a la mente.

El primero, que todavía quedan picos por escalar. No hace falta esperar sentada en este a que sea el momento de bajar, ¿verdad? 

El segundo, que hago mía la reflexión de Lluís Llach: “Ir muriendo empieza muy pronto. Y mi teoría es que morir bien, que puede durar treinta o cuarenta años, consiste en saberlo. Me cuesta aceptar el ser humano que va como una máquina de tren hasta que la muerte lo para, ¡paf! (…) Quiero ver todo lo que viene y vendrá como una curiosidad bonita, e intentar luchar contra las partes más feroces y dolorosas, y aprovechar toda experiencia, aunque a veces sea para romperla”.

Los cuarenta son un punto de inflexión, ese cambio de década tiene un peso psicológico, igual que lo tienen los veinte, los treinta, los cincuenta… Pero, creo yo, es también un momento de plenitud. Quizá de crisis. Pero de esperanza y de ilusión, como creo que deben ser el resto de inflexiones que me esperan (que ojalá sean muchas). Y mientras digo esto me pregunto si alguien me contemplará con ternura y benevolencia desde la sabiduría de sus ochenta o noventa.

 

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¿El feminismo está anticuado?

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Fotografías de Antoine Henault

 

“No soy una feminista, pero creo en la fuerza de las mujeres”, dijo Katy Perry hace casi un par de años, y se quedó tan ancha. Frases similares han salido de la boca de otras muchas “celebrities” y son repetidas por mujeres anónimas – algunas muy jóvenes – que “creen en la igualdad pero no están contra los hombres”. Parece que en algún momento en que yo no estaba atenta feminismo pasó a ser sinónimo de anti-hombre, a parte de marimacho, poco femenina, amargada y no sé cuantas cosas más. Algo poco deseable para la mujer moderna que ya no está atada a la pata de la cama, que tiene su trabajo, que se ha liberado y que, si se esfuerza, puede ser igual que cualquier hombre. Igual que el hombre. He aquí la cuestión.

Yo creía que “ser como los hombres” era una fase superada, cuando todavía no nos habíamos dado cuenta de que “ser como un hombre” (que no es ni siquiera la manera de ser natural de muchos hombres sino una construcción cultural) no era la manera “buena” de ser. Que “ser como un hombre debe ser” hace desgraciados a muchos hombres. Que no hay una manera de “ser como un hombre” ni “ser como una mujer”, y que hay muchas maneras de ser, todas válidas.

Dice la wikipedia: “El feminismo es un conjunto heterogéneo de ideologías y de movimientos políticos, culturales y económicos que tienen como objetivo la igualdad de derechos entre varones y mujeres, así como cuestionar la dominación y la violencia de los hombres sobre las mujeres y la asignación de roles sociales según el género”. Desde luego, es posible que no compartamos muchos puntos de algunas de las teorías feministas, pero me pregunto quien podría oponerse a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Quien se opondría a cuestionar la dominación y la violencia. Quien está a favor de la asignación de roles sociales según el género… bueno, creo que en este último punto está la cuestión: la asignación de roles sociales. Seguimos pensando en clave de roles sociales y para muchas mujeres conseguir la igualdad es conseguir que les sean asignados roles masculinos.

Yo cuestiono los roles sociales asociados al género, que hacen infelices a hombres y a mujeres. ¿Cuantos hombres son desgraciados intentando aparentar fortaleza, ocultando sus sentimientos y rechazando actividades consideradas femeninas por miedo a ser ridiculizados? Tantos como mujeres son infelices “haciendo de mujeres”, o mujeres son infelices intentando “hacer de hombres”.
Yo cuestiono la percepción subconsciente de que ser hombre es la manera neutra de ser humano y que ser mujer es lo peculiar. Porque no es normal que siempre que en la ficción hay un grupo de amigos, tengamos al simpático, al listo, al guapo, al raro y a la chica. Como si ser chica fuera una característica más, igual que ser listo o guapo. Como si todas las chicas fueran parecidas e intercambiables.

Yo cuestiono que haya cosas femeninas y masculinas per se. Por ejemplo, el rosa y el azul no fueron siempre cosas de niña y niño respectivamente. El rojo es símbolo de la sangre y la guerra (¿os acordáis de Marte?), por lo tanto masculino. El azul, símbolo de la pureza (¡recordad los mantos de la Virgen en los cuadros renacentistas!). Hasta el siglo XIX eran el celeste y el rosa, versiones suaves de esos colores, los propios de niñas y niños. ¿Se están riendo los críos del dios de la guerra cuando ridiculizan el color rosa? ¿Cuantas otras cosas que tomamos como masculinas y femeninas no lo son más que por convención cultural?

Yo cuestiono que se use lo femenino como sinónimo de inferior y ridículo. “¡Eres una nenaza!”, “Corres como una niña”… Ser cojonudo es estupendo, ser un coñazo, lo contrario. Y así, podríamos seguir… Todo un ataque a la autoestima, un continuo condicionamiento subconsciente.
El feminismo no es la batalla de las mujeres contra los hombres. Es la lucha de hombres y mujeres para huír de las etiquetas que les hacen infelices, para ser libres de SER (deliberadamente en mayúsculas), para tener los mismos derechos. En definitiva, mujeres y hombres que luchan por una sociedad más justa, más equitativa, más feliz.

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La vida de los demás es maravillosa

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Fotos de Nicole Franzen, de La Buena Vida

 

Sí, la vida de los demás, vista a través de la redes sociales, siempre es maravillosa. Paisajes idílicos en vacaciones, niños sonrientes que siempre disfrutan y se portan de maravilla, tartas hechas a mano que son un ejemplo de perfección, manualidades de concurso, momentos extraordinarios compartidos con amigos, atardeceres con una copa en la mano en buena compañía, bebés preciosos plácidamente dormidos… Luego vas a Kireei y te encuentras con fotógrafos amateurs que hacen auténticas obras de arte, gente que emprende exitosos negocios creativos, casas maravillosas con un toque de autenticidad… ¿y yo?, ¿yo qué? 

Pues mi vida quizá es esto: Unos niños que se pelean, un trabajo estresante, una casa hecha un desastre, sin tiempo ni dinero para viajar, que en vez de manos parece que tengo pies y que ya no sé cuando fue la última vez que compré ropa. Esta puede ser la descripción de cualquiera al otro lado de la pantalla. Y cuando digo al otro lado de la pantalla me refiero a ambos lados. Detrás de la fotógrafa talentosa puede haber una madre agotada, detrás de la casa maravillosa, una persona que no encuentra un trabajo que le guste y detrás de los niños sonrientes, muchas noches de llanto desconsolado.

No me gusta resignarme al “mal de muchos”. No es consuelo. Pero lo cierto es que la vida es un complejo recorrido de luces y sombras en el que la realidad y los deseos a menudo se confunden. La belleza no es un lujo, ni un capricho, ni un arma arrojadiza para hacer sentir miserables a los demás. La belleza es un derecho que nos eleva el espíritu, e incluso en lo más humilde podemos encontrarla.
Cuando en la red encontremos algo que nos entristezca al compararlo con nuestro día a día, quizá con un punto de envidia, pensemos que ese momento compartido es el destilado positivo de lo bonito de otras vidas, tan real como los malos momentos. Es cierto que hay gente que tiene un don para generar y encontrar imágenes bellas. Pero si miramos bien, quizá descubramos la belleza mucho más cerca de lo que pensábamos.

 

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La cultura al alcance de todos

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Fotograma de la película Pina, de Wim Wenders, sobre la coreógrafa Pina Bausch

 Aunque la infancia es un momento decisivo e importantísimo, es en la adolescencia cuando uno forma su personalidad y toma de manera inadvertida decisiones que marcaran toda su vida. Por eso tuve una gran alegría cuando hace una semana encontré en mi buzón una carta del ayuntamiento. Os explicaré por qué: Dentro de la carta había un pequeño cuadernito con este mensaje en primera página “¿Cansado de escuchar canciones desde Spotify y de ver videos en Youtube? ¿Te gustaría sentir el ritmo de la música en directo y notar como se te ponen los pelos de punta?”. Después, una presentación del Quadern de Cultura 2014-2015 – iniciativa que nace con el propósito de acercar la oferta cultural de la ciudad de Barcelona a los jóvenes – seguida de una lista de espectáculos recomendados – desde conciertos hasta ofertas museísticas, pasando por el teatro, la ópera o la danza – y, finalmente, un talonario con 18 invitaciones canjeables por entradas gratis para mi hijo (que este año ha empezado primero de la ESO) y un adulto acompañante, validas hasta septiembre del año que viene.

Desconocía esta iniciativa y me ha sorprendido muy gratamente. A menudo nos quejamos de las grandes distancias que separan los países nórdicos (con Finlandia como paradigma del éxito escolar) de nuestra realidad cotidiana. Nuestros índices de lectura son muy tristes, el consumo cultural escaso (y no solamente por falta de costumbre u otros motivos sociológicos, sino también por motivos esconómicos y decisiones políticas que no entraré a comentar) y el ocio de los jóvenes se reduce demasiado a menudo a actividades poco enriquecedoras. Un amigo comentaba hace poco que el 80% de las familias finlandesas acuden el fin de semana a la bibloteca. Dejando de lado razones climáticas, este amigo consideraba impensable que ni una parte mucho menor de familias españolas se planteara hacer algo semejante. ¿De verdad?

Mi hijo y yo estamos ya decidiendo entre empezar por el Palau de la Música, por el Liceu o por el Auditori, si ir primero a un museo de historia o mejor a uno de ciencia… Nosotros ya habíamos hecho algunas actividades de las propuestas, y todos los niños de Barcelona han ido alguna vez a museos, conciertos u obras de teatro con la escuela. Pero me pregunto cuantas familias se estarán planteando por primera vez acudir con sus hijos, o incluso cuantos adultos se estrenarán en este tipo de actividades gracias a esta iniciativa. Espero que muchos. Espero que la cultura deje de ser vista como algo elitista y aburrido. ¡Y espero que no sean solo los que ya acudían a actividades culturales – es decir, los que no necesitaban el empujoncito – los que acojan con alegría y aprovechen el talonario! Me gustaría que este talonario hiciera sentir a muchos adolescentes que estas actividades no son solamente una rutinaria obligación escolar sino una oportunidad de disfrutar en compañía de la familia o los amigos. Que se emocionen. Que se les pongan “los pelos de punta”.

 

Todavía no sé qué hacer con mi vida

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Fotos de Humans of New York

Hace poco oí esta frase, y no era de boca de una adolescente preocupada por decidir qué modalidad de bachillerato escoger, por qué carrera universitaria apostar, qué ciclo formativo iniciar… Era una mujer de 37 años, con dos hijos, una carrera universitaria y que había gozado durante un tiempo de un sueldo relativamente bueno y unas ciertas expectativas de éxito profesional – infundadas o no, pero muy interiorizadas.

La crisis económica ha ayudado a crear esta situación. La dificultad para compaginar maternidad y profesión, también. Pero no han sido esas las causas profundas de la desorientación actual de esta mujer, que coincide con la de muchas otras personas. “Estoy en mi plenitud y ¿a dónde he llegado, qué he conseguido, hacia dónde quiero ir?”. En su caso, no perdió su trabajo sino que decidió dejarlo porque ya no entendía qué hacía cada día en aquella oficina. Pero el sentimiento de cierto fracaso personal combinado con el deseo de encontrar una meta es compartido por muchas otras personas; algunos son hombres, pero en su mayor parte se trata de mujeres – con o sin hijos, con empleo o sin él, con pareja o sin ella, con estudios superiores o sin ellos – que se replantean sus opciones en la vida.

Desde las páginas de economía – ¡y también desde las de tendencias! – la prensa nos bombardea con la idea de que el trabajo para toda la vida no existe, que no solo cambiaremos de empleo periódicamente sino que tendremos que reorientar nuestra carrera profesional varias veces, que nunca podremos parar de estudiar y formarnos, y que reinventarnos va a ser la única constante de nuestras vidas. Muchas ya lo sabíamos, o lo sospechábamos, antes de leerlo en la prensa, y nos preguntamos también si la insatisfacción va a ser permanente.

¿Cuales son las causas de esta situación? Podría deberse a una mala orientación del sistema educativo, o a una expectativas poco realistas (la generación de nuestros padres, partiendo de la nada, llegó mucho más lejos de lo que habrían soñado, y esperábamos poder hacer eso y más). A lo mejor es un fracaso de la organización del mercado del trabajo, obsoleto para los cambios sociales que hemos experimentado. Quizá tenemos demasiado miedo a perder y nos cuesta aceptar la derrota como una oportunidad para aprender. Puede ser que las habilidades, intereses y deseos de muchas personas no tengan traducción en un mercado laboral limitado, en una sociedad que valora a las personas únicamente por su capacidad de transformar sus saberes en dinero contante y sonante. “Lo que yo sé, lo que yo soy, lo que yo puedo ofrecer… no vale dinero”.

Muchas personas en esta situación se han orientado hacia el voluntariado o hacia los pequeños trabajos creativos y autónomos que pueden reportar mayor satisfacción (aunque, normalmente, muy poco dinero). A veces me sorprendo al comprobar todo el talento, energía y sabiduría que se mueve por circuitos ocultos, subterráneos, marginales.

¿Es esto un fracaso personal o un fracaso social? Mi opinión personal es que se trata de un fracaso colectivo, pero no es inevitable que se convierta en un fracaso personal. Ser parte de la “gente del margen” tiene sus inconvenientes – como también los tiene navegar por la “corriente principal” – pero también algunas ventajas y oportunidades. No nos queda otra que seguir buscando nuestro lugar en el mundo.

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