CASA, con prólogo de Jenn Díaz

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La sección de casas de hoy la dedicamos a nuestro nuevo libro CASA que ya tenemos fuera de imprenta. Escrito por Caterina Pérez con fotografías de Mónica Bedmar, CASA es como su subtítulo expresa, Sobre la intimidad habitada. Ocho casas, cuatro temas, ocho ilustraciones de Dani Vergés de Slow works componen estas 256 páginas de un libro que es pura inspiración.

Este es el prólogo de la escritora Jenn Díaz, otra maravilla. El libro lo podéis comprar en nuestra tienda online sin gastos de envío y en puntos de venta habituales.

LAS CASAS DE LOS DEMÁS

Jenn Díaz

Mi abuela planchaba los domingos por la tarde, antes de llevarme a mi casa. Lo colocaba todo en el salón, con la tele de fondo, y un hombre en cada sillón, se dedicaba a preparar la ropa de toda la semana mientras, me llamaba para que me despertara de la siesta. Pero la casa de mis abuelos tenía algo todavía mejor que el olor de ropa recién planchada a media tarde: una bañera. Mientras en mi casa teníamos un plato de ducha, los fines de semana me daba un baño sin prisas. Eso es para mí un hogar: saber qué va a ocurrir el domingo por la tarde antes de irme a casa, con la mano de mi abuela dada y el repicar de sus tacones por las aceras del mismo trayecto de siempre. Sin darme cuenta he ido adoptando ciertas costumbres de la casa de mis abuelos o de mis padres y las he dado por buenas. Los domingos siguen siendo el día para preparar el resto de la semana, y las sillas se suben a la mesa, se zarandean las alfombras y se hace la colada. Plancho infinitamente menos que las generaciones que me preceden, pero en invierno la casa huele a ropa recién tendida. Tengo un jardín, cosa que no había tenido antes, y en verano, la ropa se tiende fuera y se recoge a la hora, para que no se quede demasiado tiesa.

Este segundo monográfico va de los ruidos, las luces y los silencios de las casas, de lo que hemos dado por bueno y por propio aunque sea una herencia heredada. La comida humeando en la mesa, el sonido de la máquina de coser en el estudio, las luces atenuadas a media tarde, los rayos de sol filtrándose entre las cortinas y todos esos objetos que un día decidimos que sobrevivirían a todas las mudanzas habidas y por haber, que, en mi caso, no han sido precisamente pocas. Hay una delicadeza en las casas de los demás que uno no puede reconocer en la suya. Pero sobre todo hay, en las casas de los demás, una intimidad sin detectar en el día a día. Este libro de Caterina Pérez y Mónica Bedmar pretende, precisamente, poner en el foco central todo aquello que ya ha pasado desapercibido tras la prisa de la rutina o la costumbre de la cotidianidad: el juego de sombras sobre unos cojines, una camisa que se adapta al respaldo de una silla o el reflejo del interior de una casa en los cristales. La belleza imperceptible de las casas propias, vistas por dos mujeres que buscan el detalle convencidas de que lo van a encontrar, porque lo hay, y lo encuentran.

Durante mucho tiempo, las casas de mi familia han sido funcionales y como tal las he habitado. El mejor lugar para cualquier objeto era el lugar más práctico. Las casas de mi familia han sido construidas y decoradas en base a su utilidad. Hasta que no empezamos a desarmar la casa de mi bisabuela no me di cuenta de esa otra cara. No fue hasta que empecé a considerar que la mecedora podría ser mía, que comprendí ciertos secretos, hasta que heredé la cajita en la que dejaba las horquillas del pelo, que aprecié su naturaleza, hasta que empecé a descolgar cuadros de las paredes antes de que cayeran del todo y para siempre. Todas las casas hablan por sí solas, si les prestas un poco de atención, y por eso supongo que han sido motivo de la mayoría de las historias que he contado en las novelas. Pienso en la casa de Chile, en la que tenías que pasar por la habitación de la anfitriona —con la intimidad que encerraba su cuarto— para salir al pequeño jardín, o la casa de unos familiares lejanos del pueblo, con un hueco de luz en medio de la construcción para alumbrar un patio diminuto y lleno de plantas; pienso en el jardín de la casa familiar de mi marido, o en la puerta que daba al lavadero —y que temía— de la primera habitación que compartí con mi hermana. Todas y cada una de las casas forman parte del imaginario literario que ha ido componiendo toda mi obra, y no hay día que no intente abstraerme de mi propia casa para mirarla como miran Caterina y Mónica: con perplejidad, con ojos ajenos, con curiosidad.

Porque incluso las casas funcionales encierran cierto misterio, cierta historia, cierta tradición. La vida doméstica ha sido siempre una cuestión de mujeres, nos ha querido hacer creer la historia, pese a que los hombres también las habitan. Hoy son dos mujeres quienes nos muestran las casas como no las miraban nuestras madres y nuestras abuelas: , con poesía. Los dos monográficos de casas vienen a contarnos que lo doméstico va más allá, que un hogar amplía los márgenes de lo tradicional y ahonda en lo espiritual, me atrevería a decir, aunque suene del todo abstracto y yo, desde luego, huya siempre de la abstracción. El primer libro sobre casas me sedujo, fue toda una provocación: quería, simplemente, cambiar mi casa y reconvertirla, darle una nueva vida, intercambiar muebles, darle color a las paredes, reciclar objetos. Este segundo libro me pide, justamente, lo contrario: que lo deje todo tal y como está y que, simplemente, permanezca atenta a los aromas, los silencios, los juegos de sombras, cualquier… descuido.

 

 

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