Malin Koort

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Isabelle, lectora de Kireei y creadora de Paseando con Jorge, me habla de Malin Koort, ilustradora sueca creadora de estas escenas que veis, esculturas en papel. Me encanta. Gracias, Isabelle.

 

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La pianista

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Vía Ignite light

 

1930. Tiene dieciocho años. Su mano se posa sobre las teclas del piano mientras oye como el rollo de la película empieza a girar. En el café-teatro de su familia se proyecta cine mudo los fines de semana. La gente del pueblo viene y se sienta en las sillas del bar que se han dispuesto en la sala, frente a la pantalla. Ella interpreta la música mientras los actores se mueven gesticulando en silencio. La época del cine mudo está llegando a su fin, pero en el pueblo todavía no lo saben. Entre el público hay alguien que no mira la pantalla, solamente la mira a ella.

1940. No hay piano, no hay cine. Solo hay miedo y hambre. Su marido, con el que se casó poco antes del inicio de la guerra, vive escondido. Fue soldado republicano y teme las represalias. De eso, no se habla. Coser, alimentar a la gallinas, hacer truque con los vecinos, sobrevivir. De eso se trata.

1950. Hay una niña pequeña en casa. La tuvieron pasada la treintena, muy mayores para lo esperado. Culpa de la guerra, dice ella. “No queríamos traer a nadie a pasar hambre y frío”. Será hija única.

1960. Su marido ha hecho un esfuerzo, fue a la capital de la comarca y encargó un piano. Es un modesto piano de pared. Ella se sienta en el taburete frente a él. Acaricia las teclas. Cierra los ojos. Le parece ver de reojo a Buster Keaton. Hacía veinticinco años que no tocaba.

1975. La niña que ya no es niña está casada y viven todos juntos. Hay dos nuevas niñas en la casa. Se mira al espejo, su pelo ya es casi todo blanco. Ahora es una abuela que despierta nietas, prepara desayunos y meriendas. Se mueve en un segundo plano en la que fue su casa, gobernada ahora por gente joven que sabe mejor lo que conviene. Pero la cocina sigue siendo su domino y el piano su refugio.

2000. La nieta mayor ha invitado a toda la familia a su casa para celebrar el nacimiento de su hija, la bisnieta. Es un bebé precioso. El piano de la abuela decora ahora el comedor de la nieta, y está jalonado de fotografias familiares. En ninguna aparece quien fue la propietaria, la pianista que hace tanto se desvaneció. “Abuela, toca algo”. Hace tanto… pero se sienta y con sus manos temblorosas de casi noventa años se atreve a interpretar Claro de Luna. No lo sabe pero será la última vez que acaricia las teclas de un piano.

2015. Alguien escribirá sobre ella en un blog, y recordará a la pianista de cine mudo como si la hubiera visto tocando ochenta y cinco años atrás. La vestirá y la peinará con la ropa y los peinados de los años treinta que el cine le habrá mostrado. Reconstruirá su vida con retazos y suposiciones. Dará testimonio de que ELLA fue, vivió, amó y soñó. Y que, por lo tanto, existe.

Elena Ferro

 

Una casa bella

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Sé que las casas bellas van a la sección de los viernes, pero me ha apetecido mostraros en solitario esta casa tan bonita. Dan ganas de hoy domingo, brindarle un poco de amor a la casa y embellecerla en la medida que nos sea posible. Vía Coco Lapine Designs, seguid el enlace para verla entera.

 

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Cosas que nunca volveré a vivir

 

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Fragmento de una ilustración de Coaner, para Kireei 5

 

El otro día pedí en mi perfil de facebook sugerencias de temas para posts de reflexión de fin de semana, y este es el que elegí para hoy: Los cambios de ciclo, cómo asumirlos, cómo mirar hacia delante ¿sin nostalgia? por ejemplo, asumir que no volverás a tener un bebé aunque una parte de ti quiera sentir todo aquello…

Me decanté por reflexionar sobre este tema porque me llevó inmediatamente a la época en la que tuve que asumir que no volvería a ser madre, a mi que me hubiera gustado tener tres o cuatro hijos. Fueron unos tiempos duros, de pasar por un proceso de aceptación, el mismo que pasé cuando asumí que no sería madre con pareja, como siempre había soñado. Se trata de una perdida y como tal, requiere un proceso profundo de aceptación e integración. Por fases: perdida, enfado, negación, aceptación. No se si el orden es este pero va por ahí. Porque ¿Cómo no nos va a doler una perdida? ¿Cómo no sentir rabia y enfado? ¿Cómo no negarla? No, eso no me puede pasar a a mi, yo necesito volver a ser madre, yo nací para ser madre de más de un niño.

Este proceso, bien llevado acaba en la aceptación. Y mal llevado acaba en rechazo, en la sensación de que la vida no es justa, y tu no te lo mereces y te quedas anclada en un estado de “enfado general hacia la vida”, enfado que se canaliza de las más diversas maneras, con actitudes difíciles. Y la vida, ciertamente, no es justa. Tu propones, pero la vida dispone, que dirían nuestras abuelas (ellas ya saben cual es el resultado de una vida, nosotras aún no).

Una de las cosas que me ayudó a aceptarlo fue descubrir que sí que podía volver a ser madre, aunque no a la manera clásica, más bien de manera metafórica. Porque yo en realidad, de lo que tengo vocación es de maternar. Recuerdo una especie de epifanía que tuve viajando en tren, desde Barcelona a Valencia. Había pasado el día con mi amiga Caterina, y pensando en las cosas que habíamos hecho me llegó ese momento eureka: “that’s it”, no volveré a tener un bebé, tendré cientos (llamadme cándida, lo soy). Y todos los días me doy cuenta de donde coloco mi impulso maternal, ahora sé reconocerlo en muchísimas de las cosas que hago, y es bonito. No es lo mismo que experimenté cuando fui madre, ni mucho menos, y tampoco lo vivo como sucedáneo, no es una venda en los ojos, no, es otra cosa. Me gusta ser madre y puedo serlo de otras maneras, simplemente. Así lo vivo ahora, después de la tormenta.

Solemos vivir de manera lineal, o cartesiana por decirlo de otra manera, y nos dejamos otras maneras de experimentar la vida también valiosas. Cuántas veces recordamos con nostalgia las cosas que hacíamos de niños, o de adolescentes, y pensamos con tristeza que nunca volverán, que ya no podemos hacerlas. Pero, si lo pensáis, seguro que seguís jugando, o haciendo pequeñas estupideces, o soñando con un mundo mejor, o llamando a una amiga y contándole el último cotilleo. No dejamos de ser niños, ni tampoco jóvenes, lo somos y seremos siempre. Está bien reconocerlo, y no ocultarlo, o perdérselo por no ser consciente.

¿Qué hacer con la tristeza, con la nostalgia, con el dolor que nos producen las pérdidas que suponen los cambios de ciclo? Esta era la pregunta inicial y quien dice volver a ser madre dice cualquier otra cosa que suponga un cambio de ciclo. ¿Qué hacer? Pues nada y todo, diría yo. Reconocerlo. Es al reconocer que algo te apena cuando puedes empezar a aceptarlo, a pasar página. Cuando eso pasa, ya no situamos en nuestra memoria las cosas en un espacio de tristeza que queda fosilizado sino en uno de alegría con toques de nostalgia, por haberlas vivido y poder seguir viviéndolas, aunque sea de otra manera.

 

 

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Obtuso pertinaz

Este post se publicó el 23 de mayo de 2014

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Continuamos con las presentaciones y reseñas de los cuentos incluidos en el libro Batiscafo en el mar. Os hemos hablado ya de cuatro de los cuentos y nos queda por descubrir tres, muchos de vosotros estáis haciendo la compra anticipada online, tanto en castellano como en catalán. El libro saldrá de imprenta a mediados de junio.

Hoy es el turno de Obtuso pertinaz, de Elena Ferro, ilustrado por Mariona Cabassa. Hasta ahora era la propia Elena quien reseñaba los cuentos pero en este caso, por razones obvias, lo hemos hecho nosotros. 

Obtuso Pertinaz vivía en un mundo inhóspito y desolado. No se podía contar con nadie allí. Cargaba con un saco lleno de cosas valiosas. Nunca sabía uno cuando las podría necesitar.

Así empieza el cuento que ha escrito Elena Ferro para Batiscafo en el mar.

Cuando leí este principio supe que estaba delante de un cuento distinto a los demás, especialmente porque el personaje es, como bien sugiere su nombre, muy obtuso. Y pertinaz. El cuento nos describe un ser huraño, egoísta, antipático y obsesivo. Ubicado además en un mundo desolado y desolador.

A primera vista pueden parecer ingredientes poco apropiados, pero el conjunto, un cuento extraño pero cautivador, funciona bien, el paisaje del cuento y los seres que lo habitan tiene cierta fascinación, (como cuentos como el Momo de Michael Ende por ejemplo) y lo que es más, la autora no busca soluciones fáciles. El obtuso sigue en sus trece. Como muchos de su calaña!

El cuento de Elena Ferro es una fábula, un relato que nos sugiere que la avaricia rompe el saco, y nunca mejor dicho, que no siempre el que tiene cosas en abundancia es más feliz, aunque si quizás el más empeñado! Y llaman la atención los personajillos humildes, que acaban heredando esa tierra! Pero evita moralejas obvias, estas conclusiones se sacan después, hablando del cuento (esa parte tan clave de la co-lectura)

Mariona Cabassa tiene antes sí un reto creativo con un texto en principio no demasiado fácil de ilustrar. Ha logrado capturar y dibujarnos este mundo extraño, con un obtuso como es, avaricioso y cruel pero con un punto entrañable que despierta el interés en el y su inevitable destino. Conforme la historia progresa hacia un mundo más amable también notamos en la ilustración ese cambio, con la incorporación de nuevos colores y elementos. Colores, texturas, capas, un estilo de ilustración muy artístico que le da a Batiscafo justo la variedad que buscábamos, para ofrecer al niño una amplia visión de lo que es imaginar historias a través de dibujos y todas sus infinitas posibilidades. 

 

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