Ikenaga Yasunari

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Bello, delicado, artístico,…no hace falta que siga. A mi estas cosas me llevan simplemente a un oh! gigante. El artista japonés Ikenaga Yasunari pinta estas maravillas con pigmentos naturales sobre papel y tela.

 

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Matilde Beldroega

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Si tuviera que hacer un ranking con lo más adorable y entrañable que he publicado en Kireei los muñecos Little beddy-byes de Matilde Beldroega estarían en los primeros puestos. No es la primera vez que os hablo de esta artesana portuguesa, ya lo hice aquí hace años. Muñecos de tela hechos a mano con materiales como el algodón, el lino, la lana, etc. Y algunos complementos como las casitas, camitas, y escenarios como la playa o la fiesta. Estos pequeños personajes incluso tienen su propio libro, no es de extrañar. Rita (así se llama en realidad) vende sus creaciones en su tienda online. 

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Hinke Schreuders

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Hinke Schreuders es holandesa, vive en Amsterdam. Su trabajo artístico se centra en combinar textil, bordado e imagen. A mi me parece sorprendente, además de precioso. 

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Bonita ropita

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Recupero esta sección que llevaba un tiempo en silencio: ropita bonita. Y lo hago con este vestido cosido a mano por The sewing rabbit a partir de un patrón, The Sally dress, y con la preciosa tela de Nani Iro de la que ya os hemos hablado alguna vez.

 

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El mito del autoempleo

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Fotos de Jen Causey

Ayer publiqué el post de Elena Ferro Todavía no sé qué hacer con mi vida y de inmediato me generó otra reflexión: el típico dilema entre trabajar por cuenta propia o por cuenta ajena. En estos tiempos de efervescencia del fenómeno handmade, emprendendedores, freelances, parece como si la quintaesencia de la satisfacción laboral fuese estar autoempleado, y lo es en muchos casos, de ellos hablamos mucho en Kireei, pero, como se suele decir, no es oro todo lo que reluce. Aparte de que conseguir vivir con comodidad de un pequeño proyecto creativo conlleva mucho tiempo, paciencia y trabajo, y aún así, no todo el mundo lo consigue, a mi entender, la satisfacción laboral la genera, no el tipo de empleo, sino la actitud personal.

No voy a entrar a valorar, en esta reflexión, las condiciones precarias que vivimos hoy día en ambos casos (como comentaba ayer Elena), ni tampoco, que el gran mito es hoy, en realidad, conseguir un empleo, cualquier empleo. A lo que voy es que, si observamos más de cerca, no todo el mundo es feliz autoempleado y tampoco todo el mundo es infeliz trabajando por cuenta ajena. Lo ideal para mi es trabajar con la actitud de “autoempleo” aunque trabajes para otros y con la actitud de empleo ajeno aunque lo hagas para ti mismo. Todo empleo es autoempleo al final, depende de uno mismo, lo acaba realizando uno mismo. Para navegar el día laboral con suficiente satisfacción uno ha de poner cierta actitud personal en lo que está haciendo, aunque la empresa no sea tuya. A su vez, trabajar en tu propia empresa no tiene porque ser trabajar aislado, con todo el peso sobre tus hombros. Hay maneras de crear conexiones y colaboraciones para nutrirse mutuamente y no tener la sensación de desamparo que se tiene trabajando solo. En definitiva se trata de integrar lo mejor de ambos mundos, sea cual sea el tipo de trabajo y integrarlo de la manera que sea más afín a nuestra esencia.

En la dinámica laboral hay una parte tangible, la que todos conocemos (tejer bufandas, pintar cuadros,, atender una ventanilla, entregar paquetes de mensajería…) y hay otra que depende de cada uno, de lo que cada uno decide hacer con aquello. Decía Sartre que la vida no es “lo que a uno le pasa, sino lo que uno decide hacer con aquello que le pasa”. Esa es la diferencia de la que hablo. También decía no recuerdo quien (lo habréis visto mucho por redes sociales): “haz lo que amas, ama lo que haces”, y para llegar a esto hace falta un proceso, a veces corto, a veces muy largo, de autodescubrimiento, (otra cosa que empieza por “auto”). Cuando llegas a ese punto no importa demasiado si trabajas para ti mismo o para los demás. Es más, cuando llegas a ese punto lo que haces es empezar a tomar pequeños pasos (o grandes) para conseguir hacer el trabajo que encaje mejor con tu vida.

 

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Todavía no sé qué hacer con mi vida

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Fotos de Humans of New York

Hace poco oí esta frase, y no era de boca de una adolescente preocupada por decidir qué modalidad de bachillerato escoger, por qué carrera universitaria apostar, qué ciclo formativo iniciar… Era una mujer de 37 años, con dos hijos, una carrera universitaria y que había gozado durante un tiempo de un sueldo relativamente bueno y unas ciertas expectativas de éxito profesional – infundadas o no, pero muy interiorizadas.

La crisis económica ha ayudado a crear esta situación. La dificultad para compaginar maternidad y profesión, también. Pero no han sido esas las causas profundas de la desorientación actual de esta mujer, que coincide con la de muchas otras personas. “Estoy en mi plenitud y ¿a dónde he llegado, qué he conseguido, hacia dónde quiero ir?”. En su caso, no perdió su trabajo sino que decidió dejarlo porque ya no entendía qué hacía cada día en aquella oficina. Pero el sentimiento de cierto fracaso personal combinado con el deseo de encontrar una meta es compartido por muchas otras personas; algunos son hombres, pero en su mayor parte se trata de mujeres – con o sin hijos, con empleo o sin él, con pareja o sin ella, con estudios superiores o sin ellos – que se replantean sus opciones en la vida.

Desde las páginas de economía – ¡y también desde las de tendencias! – la prensa nos bombardea con la idea de que el trabajo para toda la vida no existe, que no solo cambiaremos de empleo periódicamente sino que tendremos que reorientar nuestra carrera profesional varias veces, que nunca podremos parar de estudiar y formarnos, y que reinventarnos va a ser la única constante de nuestras vidas. Muchas ya lo sabíamos, o lo sospechábamos, antes de leerlo en la prensa, y nos preguntamos también si la insatisfacción va a ser permanente.

¿Cuales son las causas de esta situación? Podría deberse a una mala orientación del sistema educativo, o a una expectativas poco realistas (la generación de nuestros padres, partiendo de la nada, llegó mucho más lejos de lo que habrían soñado, y esperábamos poder hacer eso y más). A lo mejor es un fracaso de la organización del mercado del trabajo, obsoleto para los cambios sociales que hemos experimentado. Quizá tenemos demasiado miedo a perder y nos cuesta aceptar la derrota como una oportunidad para aprender. Puede ser que las habilidades, intereses y deseos de muchas personas no tengan traducción en un mercado laboral limitado, en una sociedad que valora a las personas únicamente por su capacidad de transformar sus saberes en dinero contante y sonante. “Lo que yo sé, lo que yo soy, lo que yo puedo ofrecer… no vale dinero”.

Muchas personas en esta situación se han orientado hacia el voluntariado o hacia los pequeños trabajos creativos y autónomos que pueden reportar mayor satisfacción (aunque, normalmente, muy poco dinero). A veces me sorprendo al comprobar todo el talento, energía y sabiduría que se mueve por circuitos ocultos, subterráneos, marginales.

¿Es esto un fracaso personal o un fracaso social? Mi opinión personal es que se trata de un fracaso colectivo, pero no es inevitable que se convierta en un fracaso personal. Ser parte de la “gente del margen” tiene sus inconvenientes – como también los tiene navegar por la “corriente principal” – pero también algunas ventajas y oportunidades. No nos queda otra que seguir buscando nuestro lugar en el mundo.

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