Adviento 3 de diciembre

Hoy domingo solo publico este post de adviento. Estamos en Barcelona, en el We love cats Market y no he podido escribir un post de los míos de domingo. En este de adviento, siguiendo la idea de este año para el adviento publico imágenes y en este caso textos de colaboradores de Kireei.

Caterina Pérez ha colaborado muchas veces en Kireei, desde los inicios. Para El Libro de las Casas Bellas escribió este precioso relato de título “LA CASA VACÍA. Lo ilustró la ilustradora Raichel’s, otra colaboración que nos encantó tener en uno de nuestros libros. 

 

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—No la encontré yo, esta casa. Pasé meses buscando. Unos días decidía que debíamos vivir en el barrio que da al mar, otros me enamoraba de los zócalos y las vigas de un caserón que se hundía a trozos. Recuerdo que me encapriché de una planta baja que daba a una plaza con una fuente, pero cuando ya íbamos a entregar la paga y señal, pensé que era mejor buscar un piso amplio en una zona residencial. ¡Tu abuelo se desesperaba conmigo! Finalmente tomó las riendas de la situación y en un par de semanas encontró este ático de techos altos y suelos de colores.

Con el cuerpo acomodado en el butacón, sostiene una taza de leche caliente y anís. Yo la escucho sentada en la alfombra, los codos clavados en la mesilla de cristal, mientras acaricio el hilito dorado de mí tazón. Fuera, con un lamento, el viento empieza a mecer la noche.

—Recuerdo que cuando nos plantamos en el rellano y vi la enorme puerta roja, pensé que tu abuelo me estaba tomando el pelo. ¡Madre mía, aquello parecía la entrada de un burdel! Pero al cruzar el umbral, intuí que era perfecto para la familia que deseábamos formar. Un largo pasillo para que los hijos aprendieran a andar, un salón luminoso donde invitar a los amigos a comer, una cocina amplia para trastear… Así que quitamos el rojo de la puerta, pintamos las paredes de crema y llenamos la terraza de flores.

La contemplo como se recoge el pelo en un moño alto de melancolía y plata. Se anuda el quimono de seda a la cintura:

—Vamos a terminar con esto de una vez —dice incorporándose.

La sigo hasta la cocina. Enjuaga los tazones, los seca con cuidado, los envuelve en papel de periódico y los introduce dentro de una caja de cartón. Cojo mi bolso, que reposa encima de una torre de platos embalados.

—Menudo vendaval para una noche como esta —murmulla escudriñando la calle a través de la ventana del fregadero.

—Intenta descansar, abuela. A las ocho llegará el camión de mudanzas. Yo estaré aquí un poco antes para ayudarte ¿vale?

— ¿Por qué no te quedas?

Apenas me mira, concentra su atención en un montón de paños que va metiendo dentro de una bolsa. Parece como si hubiese empequeñecido, como si fuese un gorrión asustado que en cualquier momento se pondrá a volar golpeando las paredes de este hogar vacío. Vuelvo a dejar el bolso donde estaba. Algo cruje en el salón, quizás alguna balda que al sentirse vacía se aposenta:

—Al acostarme, cuando la casa se queda en silencio, todavía oigo la respiración de tu madre y de tu tío en la habitación de al lado. Y al mediodía, la cocina siempre huele a café, a ese café que durante tantos años nos tomábamos después de comer. ¿Sabes?, algunas madrugadas me despierta el suave rascar en las baldosas de unos piececitos que se acercan a mí cama. Y aunque no te lo creas, hay días que al pasar junto al salón veo a tu abuelo leyendo en el butacón. Deshago mis pasos para contemplarlo, y ya no está, pero sobre la tapicería su cuerpo ha dejado un surco donde se posa la luz que entra por la galería, y me siento, y noto el calor, y no alcanzo a saber si ese calor es el de su presencia, o el sol de la tarde —deja lo que está haciendo y agacha la cabeza—. Todo eso no se empaqueta, no lo puedo meter en una caja.

A punto estoy de soltar una banalidad para consolarla, pero me callo. Entiendo que está hablando de algo que no está pegado a las cosas. De algo que habita en este piso y que va a desaparecer mañana mismo, nada más bajar el primer peldaño.

—Te pondré otra manta. La noche está fría —dice alejándose por el pasillo—. No te olvides de apagar las luces cuando te acuestes, cariño.

Salgo a la terraza. El viento zarandea los árboles del paseo. Cierro los ojos y dejo que me sacuda. Una maceta de albahaca pierde el equilibrio y esparce su tierra junto a mí. Justo cuando me agacho para enderezarla, una fuerte ráfaga cierra el ventanal a mis espaldas con un golpe seco. Al darme la vuelta, veo pasar a la abuela luciendo un vestido rojo y el pelo suelto. Acerco la nariz al cristal y con la mano ahogo mí sorpresa. Estamos todos. La mesa es un revoltijo de migas de pan, envoltorios de polvorón, copas esparcidas y trocitos de rosco. El árbol de Navidad destella alegre al fondo del salón. Con una determinación temblorosa, empujo la puerta. El murmullo de las voces, la carcajada de mi tío, el jolgorio de los primos y una oleada dulzona de almendras y ciruelas asadas, me acoge. Me siento en una silla vacía. Nadie parece sorprenderse de mi presencia. En el butacón, el abuelo dormita. Con los dedos, desmenuzo un trocito de turrón y mi garganta se afloja. 

Ya está todo cargado en el camión de mudanzas. Después del vendaval, el día ha amanecido azul. La abuela espera en el rellano. En el último momento ha decidido llevarse la maceta de albahaca y la sostiene en el regazo. Cierra tú, que me faltan manos, me pide. Dudo de si son manos o voluntad, lo que le falta. El estruendo de la puerta me achica por dentro, pero como si algo me empujara, hurgo en el bolso y saco la polaroid que me regaló el abuelo las Navidades antes de fallecer. Venga abuela, ponte junto a la puerta. Ella remolonea, pero finalmente consigo que acceda. Abraza la maceta y sonríe. Disparo y nuestras cabezas se juntan para contemplar como la imagen se va volviendo nítida. La abuela aparece preciosa, rodeada de hojas verdes. Y tras ella, la inmensa puerta de roble se tiñe de rojo, un rojo intenso. Me abraza. Siento su fuerza y su temblor, y algo se desarma entre nosotras. Susurra, tenía tanto miedo de despedirme de una puerta que todavía no estuviera cerrada, tanto.

Rocío Ledesma

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Rocío Ledesma es diseñadora gráfica e ilustradora nacida en Vigo. Tras trabajar en publicidad durante unos años se centró plenamente en ilustración y se instaló en Barcelona. Me gusta su estilo fresco y naif, estilo que se adapta tanto al mundo editorial como al diseño de prints y carteles. Podéis conocerla mejor en su web, y seguir sus actualizaciones en su Instagram.

 

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Adviento 2 de diciembre

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Dedicamos el día 2 de diciembre de nuestro calendario de adviento a esta bella fotografía de Cris Romagosa, fotógrafa que colabora con Kireei, en el último número de la revista que está a punto de salir de imprenta. Os recomiendo darle un vistazo a su portafolio. Evocador, inspirador y bello.

 

Algunas casas bellas

¿Qué tienen las casas bellas que te hacen soñar y soñar sin parar?

 

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CASAS BELLAS

SFgirl

 

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My Scandinavian Home

 

Adviento 1 de diciembre

Como cada año por estas fechas abrimos la primera ventanita de nuestro calendario de adviento virtual. Este año cada ventana guardará alguna ilustración o foto de algunos de los colaboradores que Kireei ha tenido a lo largo de estos años y empezamos con nuestra admirada Natascha Rosenberg, quien ilustró en la primera Kireei magazine y en el primer Batiscafo. Esta imagen corresponde al cuento “El número 7 de la calle Sebastopol, cuento que muchos de vosotros conocéis porque está incluido en Batiscafo en el mar.

Bienvenido diciembre, bienvenido mes que cierra el año para que cerremos cosas y disfrutemos de unos días de contemplación para coger energía para el año nuevo.

 

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Cambiar cuesta

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Helena Pérez-García

 

Muchos no cambiamos en años por la resistencia que tenemos hacia el cambio. Porque el cambio implica un esfuerzo descomunal, implica una gimnasia mental diaria, y así como hacer ejercicio a diario nos cuesta y no lo hacemos hasta que no tocamos fondo, algunos tampoco cambiamos hasta que no tocamos fondo.

 
Cambiar implica salir de la comodidad en la que te has instalado durante años, aunque sea una comodidad que te hace infeliz y que sabes que no te conviene. 
 
Cambiar implica hacer un trabajo emocional que te deja vulnerable y que te asusta.
 
Cambiar significa no tener a todos los tuyos de tu parte, más bien, tener que darle la espalda a gente que quieres para poder hacer tu camino sin ellos o al margen de ellos.
 
Cambiar da miedo, y danzar con el miedo es una de las cosas que más nos cuesta del mundo.
 
Cambiar es iniciar un proceso que te puede llevar años. No es ni rápido ni corto.
 
Cambiar es mirarte mucho, por dentro, y quizás ver cosas que no te gustan demasiado.
 
Por eso nos cuesta tanto TOMAR LA DECISIÓN DE CAMBIAR.
 
Sin embargo cuando la tomas, y empiezas a dar pasos hacia lo que sueñas ser y lo que sueñas tener en tu vida ocurren cosas que te van empujando y facilitando seguir, cosas como…
 
Una mayor tranquilidad de espíritu porque hacer lo que verdaderamente quieres se alinea automáticamente con tu esencia.
 
Un mayor amor hacia todos y hacia todo, porque empiezas a estar más contenta y eso te abre el corazón.
 
Ocurren más cantidad de cosas bonitas en tu vida, y eso es la siembra para que ocurran más.
 
Sueltas lastre, toxicidades, personas y situaciones que ya no son una carga.
 
Te caes y tropiezas pero cuando te vuelves a levantar lo haces reforzada.
 
Ganas en seguridad, confianza y auto-conocimiento y esa es la mejor gasolina para seguir cambiando y para seguir encontrando tu lugar en el mundo.