I don’t give a fuck y también lloro

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The Drawing Hand, vía Grafolio

 

El principio del título de este post hace referencia a un artículo que vi en redes sociales el otro día y que podéis leer aquí.

Básicamente dice que cuanto más mayor te haces más cosas te importan un bledo (give a fuck), cosas como las opiniones de la gente, los dictados ridículos de la moda, morderte la lengua, tus errores, quedar bien con los demás, tener un cuerpo perfecto, poder controlarlo todo, y así hasta trece “me importa un bledo”, incluso importarte un bledo que las cosas te importen un bledo.

Y así es, en mi opinión. Al meno yo lo vivo así y observo que lo viven mis amigas, amigos, conocidos, la gente que observo. Pasan los años y vas relativizando, convirtiéndote en más “pasota”. 

A mi ahora la mayoría de las cosas me importan un bledo. I don’t give a fuck about almost everything.

Pero atención, al mismo tiempo, en el otro extremo del espectro emocional, ahora más que nunca lloro por cualquier cosa, mucho más que antes. Lloro en las pelis de dibujos animados, en las bodas, cuando miro algún vídeo de internet de los virales con gran carga emotiva. El otro día puse en clase la peli “Mamma mía” en versión original, y me puse varias veces a llorar, en las escenas musicales!!

Y en este punto llego a donde siempre me gusta llegar, a las dualidades. Con el tiempo me he vuelto más extremista, es decir, más pasota en un lado del espectro y más sentimental en el otro.

¿Es posible vivir con esta contradicción? Pienso que no solo es posible, sino que además es más sano, como siempre digo, abrazar la dualidad, los opuestos, la contradicción, porque en ello está la totalidad de la complejidad humana, y por tanto, lo que es más natural para nuestra esencia.

Y lo que es natural es que no te importe lo que no es importante: lo banal y te importe lo que sí lo es: lo esencial. Y eso es lo que me ha pasado con el tiempo, afortunadamente. Algo bueno tiene que tener hacerse mayor.

 

 

 

Park, Kyung-Yeon

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Desconozco todo sobre el ilustrador (o ilustradora) Park, Kyung-Yeon, solo sé que me gusta mucho. He encontrado algunas de sus ilustraciones aquí aquí.

 

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Algunas casas bellas

El viernes es bueno porque es viernes, y desde hace un tiempo también por esta preciosa sección de casas bellas.

 

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Decorenvy

 

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Coco Lapine Design

 

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Design Attractor

The Black Apple

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Si os apetece poner una lámina artística en la habitación de vuestros hijos que se salga de las tendencias que tan de moda están ahora mismo, The Black Apple puede ser una buenísima opción. Las ilustraciones de Emily Winfield Martin son ya todo un clásico, un referente. A mi me encantan, las encuentro adorables e intemporales, unas escenas y un estilo de los que no cansarse nunca.

 

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Annick Galimont

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Las preciosas cerámicas que veis son de Annick Galimont, ceramista con sede en Barcelona. Me gustan especialmente los detalles que hacen referencia a la ballena, como sus tazas, sus cucharas, y las tazas con flores que nacen inspiradas en una anécdota con su hijo y que ella misma cuenta en su web y que me ha parecido muy bonita y poética. Una tarde de juegos, mi hijo pequeño dijo está gran frase: “en el vientre de la ballena hay flores” y mi marido escribió un poema inspirándose en ella (El vientre de la ballena, Pequeño Buzo Somnoliento, Ed. Porkepik). Nació en mi la necesidad de decorar con flores las tazas. Desde entonces, las ballenas forman parte de mi lenguaje cerámico, y las he incorporado en objetos decorativos y utilitarios.
El mar omnipresente; sus criaturas, su gama de colores.

 

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¡Qué bonito, pero qué caro!

Post publicado por primera vez el 22 de noviembre 2014

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Ilustración de Liekeland

El otro día hablábamos sobre este tema en un hilo en redes sociales, esta es una frase que se escucha muchísimo en nuestro entorno, en el de los artesanos, artistas, y pequeños emprendedores y que tire la primera piedra quien no la haya pronunciado alguna vez. Pero bien, no es lo mismo decir: qué bonito, pero qué caro ante la foto de un apartamento de un millón de euros en la calle más cara de cualquier ciudad europea, que decirlo ante una taza de cerámica pintada a mano que cuesta 30 euros. Hay una gran diferencia y no lo digo por la cifra.

Vaya por delante decir que en el terreno de los precios hay abusos en muchos productos, sean del tipo que sean pero el lamento de aquel hilo es el que oigo a diario a la mayoría de pequeños productores con los que hablo, incluso yo misma lo vivo con mis proyectos. “No vendo mis creaciones porque la gente las encuentra caras”. Un momento: ¿Es cara una taza de 30 euros en la que se ha invertido más de una hora en hacerla y pintarla a mano?, ¿Una bufanda tricotada con lana de calidad? ¿Un bolso cosido a mano con telas naturales? ¿Una tarta casera?

En el terreno del “pricing” (así llaman en inglés al ponerle precio a las cosas), se distingue entre el coste y el valor. No es lo mismo lo que algo cuesta, que lo que algo vale. Es fácil verlo así: un apartamento que cuesta un millón de euros es caro (quizás muchos digan que no, que son las leyes de la oferta y la demanda, pero bien, eso es otro tema) Una taza hecha a mano que cuesta 30 euros no es cara, de hecho es barata. Y digo barata a propósito, porque barata tiene una connotación distinta a económica, porque al final lo que pasa con toda esta historia es que los propios artesanos están devaluando sus propias creaciones, rebajando sus precios y “abaratando” el entorno, con las buenas intenciones de poder vender a todos aquellos que de esta manera tan casual y rutinaria exclaman: ¡Qué bonito, pero qué caro! Vender una taza ilustrada a mano por 15 euros no beneficia a nadie, al contrario.

Lejos de querer crear polémica porque sé que el tema de los precios es muy delicado, lo que me gustaría resaltar es el valor real de lo que está hecho a mano, o en pequeñas producciones mixtas, animar a que se vea y se mida con el criterio justo, y crítico, también, porqué no decirlo, pero para ser crítico uno tiene que informarse y saber qué hay detrás de cada proyecto y que la próxima vez que pensemos: es bonito pero es caro, veamos si estamos hablando de lo que cuesta o de lo que vale. Lo suelo comentar en el acompañamiento: tu cliente es quien aprecia lo que vale tu producto (o quien puede permitírselo).

Hablando de permitírselo, muchas veces pensamos que no podemos permitirnos algo más costoso pero compramos sinsentido. Esas sí que son, en realidad, compras caras. Tener 5 vestidos de 20 euros sale muchas veces más caro que comprar una prenda de 100 euros, prenda que seguramente será atemporal, bien hecha, de calidad, y con un gusto exquisito y la usaremos durante años, por no entrar en cómo, de qué manera, dónde y quién produce vestidos a 20 euros. Mi madre suele decirlo: “todo lo barato es caro”, aunque luego es la primera que mira los precios con lupa y también pronuncia constantemente la frase en cuestión.