Marina Povalishina

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Ayer fuimos a ver la cabalgata de reyes en el pequeño pueblo donde vivo y nos encontramos algunas madres y padres de los compañeros del cole de mi hijo. Nos abrazamos efusivamente como si hiciera un año que no nos veíamos, cuando en realidad solo habían pasado los 15 días de vacaciones escolares.

El tiempo es un concepto paradójico. ¿No os pasa a veces, conduciendo desde casa al pueblo de al lado, un trayecto de unos 10 minutos en el que llegas a rememorar cosas que pasaron a lo largo de horas, o días, o meses? Algo así como lo que cuenta el protagonista de “El perseguidor” de Cortázar. Dice Johnny: ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? En otro fragmento dice: Esto lo estoy tocando mañana, una genialidad para transmitir las fronteras borrosas del tiempo y cómo su percepción es particular para cada persona. El tiempo es una dimensión escurridiza y muchas veces irracional.

Time warped: unlocking the misteries of time perception, de la escritora Claudia Hammond se presenta con esta frase: La percepción del tiempo es importante porque es la experiencia del tiempo la que nos ata a nuestra realidad mental. Hay varias cosas en este interesante libro que siempre me han llamado la atención: la relación entre el tiempo y la memoria por una parte, y lo que comentaba antes, la percepción tan contradictoria del tiempo. Hammond comenta que recordamos mejor los eventos que nos pasaron en nuestra adolescencia y primera juventud que los que nos han pasado más recientemente porque en aquella época aún hemos experimentado pocos eventos vitales, todo es nuevo, y por esa novedad quedan más fijados en la memoria, siempre se recuerdan más las primeras veces. También por la relación entre la memoria y la identidad. En esos años estamos conformando nuestra identidad, y por tanto todo lo que nos pasa queda más marcado en nuestros recuerdos, todo parece más significativo, todo se vive más emocionalmente y como tal queda.

Respecto a la percepción de la cantidad de tiempo transcurrido en los eventos Hammond distingue entre el tiempo experiencial y el tiempo evocado. El tiempo que transcurre mientras lo experimentamos corre mucho más veloz que el tiempo que evocamos cuando recordamos ese mismo evento, por eso cuando pasamos, por ejemplo, un fin de semana fuera de casa, cuando acaba pensamos que el tiempo ha volado pero cuando lo recordamos te das cuenta del millón de cosas que pasaron. 

Hay una cita de Gretchen Rubin en su libro The happiness project, que me gusta mucho y resume a la perfección la paradoja temporal: los días son largos, los años cortos. Los niños ya notan los desfases temporales desde bien pequeños. Mi hijo me pregunta: mamá, ¿Cuanto queda para mi cumpleaños?, le digo: 4 meses…y exclama: !qué poco! mira: 1, 2, 3 y 4.

Independientemente de nuestra percepción, una cosa está clara ahora mismo, las festividades de fin de año y las vacaciones escolares han acabado…

¿Qué tiene que ver esto con la obra de la pintora rusa Marina Povalishina? Todo, y nada…como siempre.

 

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