Bonito look

El búho lector, nuevo punto de venta de Kireei y Batiscafo en Oviedo

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El Búho Lector es una bonita librería situada en la c/ Nueve de mayo, 14, en Oviedo. Desde ahora punto de venta de Kireei y Batiscafo. Contentos de tener un nuevo punto de venta en Asturias. Podéis seguir sus actualizaciones a través de su Facebook.

 

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Ramo de flores de fieltro

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Sorprendente ramo de flores en fieltro como bouquet para boda, visto en Something Turquoise.

 

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Nuevo mundo, nuevos paradigmas

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Vía Ancient shades

Tener un trabajo es normal, ir a la escuela, cumplir las leyes y normas, comer en unas determinadas franjas horarias. Todo el mundo aspira a ser él mismo, a ser libre, pero a la vez aspira a ser normal. Aceptado. Singular pero normal.

Las rutinas y verdades que aceptamos como universales en nuestro mundo, ¿por qué son así?
Foucault nos diría que es una cuestión de poder: el poder es ejercido desplegando el control sobre los individuos a través del monopolio de la verdad. Las instituciones – la escuela, el hospital, la cárcel, la justicia, la empresa – se apropian de la verdad y marcan lo que es normal. Todo ello es resultado de un cambio de paradigma de las relaciones sociales surgido a partir del siglo XVIII como consecuencia del nuevo orden político, social y económico (capitalismo y sociedades industriales). Las antiguas formas de poder basadas en el ritual y la violencia son sustituidas por una sumisión más sutil: a la vez que el mundo ve triunfar la idea revolucionaria de libertad se establecen mecanismos de control en la escuela, el trabajo y la vida cotidiana en general. La obediencia es normalidad, la normalidad es obediencia.
Sin entrar a valorar la conveniencia o ética de que existan estos mecanismos de control para evitar el caos social, preguntémonos de nuevo por qué el mundo funciona como funciona.

Enviamos a nuestros hijos a la escuela porque el capitalismo necesitaba formar mano de obra y alfabetizar al obrero. La educación obligatoria se ha ido extendiendo con el tiempo porque los saberes que el mercado de trabajo exigía eran cada vez más complejos. Y eso sin perjuicio de que dentro de la institución escolar se hayan plantado también semillas de libertad por parte de ciertos agentes.
Tenemos relojes porque ya no basta ver el sol y escuchar las campanas para ordenar nuestro tiempo diario: la racionalización de los horarios es necesaria para el orden social y el funcionamiento del capitalismo. Por eso mismo nos desplazamos a centros de trabajo y cada día millones de personas inundan las carreteras, las calles y los transportes públicos, y por eso la mayoría vivimos en centros urbanos.

Nuestra sociedad es burocrática porque la creciente complejidad exigía procedimientos exactos y eficientes. Es necesaria la división de las tareas, la especialización, la jerarquía, el establecimiento de relaciones impersonales e intercambiables, aún a riesgo de perder flexibilidad, diluir la responsabilidad personal e incurrir en rigideces e inercias.
Cosas similares podríamos decir acerca del consumo, la sanidad, la cultura, la explotación del medio ambiente.

Un momento. La inercia. Nos hemos creído unas verdades pero el mundo ha cambiado. La sociedad postindustrial ya no tiene las mismas necesidades que la sociedad industrial. La información y el conocimiento ya no son monopolio de unos pocos. El control de esa verdad que marca lo que es normal se ha difuminado. Preguntémonos cuan estraño fue para nuestros antepasados plantearse horarios de trabajo exigidos por la fábrica cuando el trabajo estaba marcado únicamente por las horas de sol y la disponibilidad personal. Fue impensable durante un tiempo que existiera el concepto de vacaciones o de tiempo de ocio. También fue revolucionario escolarizar a todos los niños (¡e incluso a las niñas!) o poder acceder a una sanidad gratuita. Nadie hubiera pensado siglos atrás que pudiera existir el subsidio de desempleo, o que fuera posible trabajar a quilómetros de casa desplazándose a diario, o que un autor puediera cobrar derechos por su obra durante años o incluso durante toda su vida o la de sus herederos.

¿Sigue siendo todo esto posible hoy? ¿Son necesarias todas estas cosas? ¿Algunas podrían hacerse de otro modo y podría esa nueva manera ser mucho mejor? ¿No podría ser lo normal mañana algo que hoy nos parece un absurdo?
Muchas de las cosas que he dicho son logros sociales que nos han dado una mayor calidad de vida y más derechos, a los que no podemos renunciar sin algo mejor a cambio. Sin embargo, también son mecanismos que aseguran la paz social y el orden en una sociedad determinada. Cuando todo esto cambia, ¿pueden esos mecanismos seguir garantizando esa paz social? ¿No es la crisis que estamos viviendo – no solamente económica – un síntoma de que se avecinan tiempos de cambio?

Me gustaría que en esta ocasión no fuera solamente el mantenimiento del orden social lo que configurara las nuevas instituciones del mundo que ha de venir. La vieja idea de libertad, junto con la de dignidad humana, deberían ser centrales. Emponderar a las personas y ponerlas en el centro de toda decisión debería ser la guía para el cambio. ¿Qué necesita el ser humano? Y no me refiero a lo que le han hecho creer que necesita para hacerlo esclavo de un sistema. ¿Qué necesitamos de verdad? ¿A qué aspiramos? ¿Cómo hacer del mundo un lugar más justo y bueno?

Elena Ferro

 

 

Katya Larkz

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Hay cosas que vuelven a ráfagas, que alcanzan a reproducir durante un segundo las vivencias profundas…

Julio Cortázar

Fotografías de Katya Larkz

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Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH

 

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Lo que pasó cuando dejé de estar enfadada con la vida

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Ilustración de Isabelle Arsenault

 

Recuerdo haber estado enfadada con la vida durante muchos años. Demasiados. Prácticamente todos, hasta hace poco. 

Enfadada por no haber tenido una infancia tranquila y suave, por haber transitado por la adolescencia con tantas soledades e inseguridades, por haber entrado en la edad adulta con mucho esfuerzo y dedicación. Enfadada por no haber encontrado una pareja con quien compartir media vida, por no haber tenido más hijos, como ya comenté el otro día. Enfadada por no haber tenido nunca nada regalado, por no encontrar los apoyos emocionales que necesitaba para algunas cosas, por no haber tenido la vida que merecía. Ya pilláis la idea, no quiero alargar la lista de enfados, porque en realidad este post va sobre la gratitud.

Lo que pasó el día que dejé de estar enfadada con la vida fue que me topé de frente con la gratitud, y no hay día que no saboree plenamente sus efectos. Cada día me siento agradecida por la niña que aún vive en mi, y que revive junto a mi hijo, agradezco la adolescente que también sigue conmigo y que me hace empatizar con ese mundo, mantener cierta inocencia y creer aún en el sueño. Agradecida por haber amado intensamente, por la maternidad tan bonita que he podido vivir. En definitiva siento gracias por la persona que he llegado a ser, a pesar de tanto tumbo.

La vida es injusta, para la mayoría de la gente, y todos nos enganchamos a nuestros pequeños y enormes enfados, y con razón. Muchos los arrastramos media vida, soportando así no solo las catástrofes que nos pasan sino también el lastre que dejan. La gratitud es un superpoder, le da la vuelta a la historia que te cuentas, pero no funciona si no se suelta ese lastre. Decidir dejar de estar enfadado con la vida no es fácil, es un proceso larguísimo, a mi me ha costado siglos, porque de hecho, uno no es consciente del enfado. La gratitud es la gasolina para el entusiasmo, para la generosidad, te recuerda lo que tienes, y lo que vale la pena. Y te ayuda a vivirlo plenamente. Cuando dejas de estar enfadado por no tener la vida que mereces, empiezas a vivir la vida que tienes.

Y ahora sigo enfadándome, pero ya soy consciente, y suele ser por cosas pequeñas que vuelan rápido. El gran enfado ya lo acepté y abandoné, cosa que agradezco enormemente.