Regala Wonderland, de Lady Desidia y Cristina Camarena

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Muchos de vosotros conocéis ya Wonderland, ilustrado por Lady Desidia y escrito por mi, publicado hace seis meses por la editorial Lumen, de Random House Mondadori. Tanto Vanessa como yo estamos super contentas con la fantástica acogida que ha tenido, por los comentarios que nos enviáis y los que vemos con frecuencia en redes sociales. Estoy segura de que cuando pase el tiempo seguiré pensando con emoción en todo lo que ha representado Wonderland para mi. Todavía me sorprende haber sido capaz de sintetizar esta trayectoria vital que es Wonderland de esta manera.

Si todavía no lo tenéis lo podéis comprar en la tienda online, y si os apetece os lo puedo enviar firmado, para vosotros o para regalo, es un libro perfecto para regalar a una amiga o amigo.

Durante estos seis meses he publicado varios fragmentos del libro e ilustraciones, los podéis ver aquí en Kireei poniendo la palabra Wonderland en la casilla de busqueda. Podéis leer el primer post de presentación que publiqué aquí.

Las preciosas fotos son de mi compañera Heva. El bordado que aparece en Wonderland es de Srta Lylo.

 

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Idni

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Alguno de los complementos en ganchillo y madera de Idni van directos a mi wishlist de regalos para auto-regalarme estas navidades. Ya tengo un colgante de ganchillo y siempre que me lo pongo siento que llevo algo muy especial. De las manos de Ingrid salen estas piezas con tan buen gusto en los colores y con tanto carácter. Podéis ver todas sus piezas en su tienda Etsy, y este fin de semana también en el Fantastic Handmade Market.

Podéis seguir a Idni en su Instagram.

 

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Adviento día 7

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Yo compro en el pequeño comercio local porque…

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 Póster de Misako Mimoko

Yo compro en las tiendas de mi barrio porque… “Cada vez que gastas dinero, estás emitiendo un voto para el tipo de mundo que quieres”. Anna Lappé, Smallplanet.

A mi me gusta vivir en lugares a la medida de las personas, donde el tiempo deje huella, donde la gente se salude al pasar. No me gustan las ciudades levantadas únicamente con la fuerza del dinero, al gusto de las grandes corporaciones, clónicas a otras ciudades en la otra punta del planeta, siempre nuevas y relucientes con sus letreros de plástico y metal, con tiendas atendidas por dependientes mal pagados que llegan y se van sin echar raíces.

No, no me gustan esas ciudades habitadas por eternos desconocidos y en las que lo que nos resulta más familiar de las calles es aquello que antes hemos visto en algún anuncio en la televisión. “¿Estás hablando de tiendas? ¡Solo son tiendas!”, podría argumentar alguien. “¿Qué más da una tienda que otra? “ Pues no. No da lo mismo. El pequeño comercio de toda la vida está regentado por los propios vecinos, gente a la que le importa el lugar donde vive, que conoce a sus clientes, que se preocupa por lo que sucede a su alrededor.

El pequeño comercio contribuye a humanizar las ciudades, ofrece un trato más cercano y dinamiza la economía local, permitiendo a muchos vecinos ganarse la vida dignamente a la vez que proporcionan un necesario servicio a la comunidad.

Cuando gastamos dinero en un comercio local, el beneficio no se volatiliza en tan gran medida hacia manos lejanas (y ya demasiado llenas) sino que permanece en nuestro entorno, volviendo de nuevo al circuito y generando más riqueza y bienestar. 

En un pueblo o barrio con un tejido comercial sano, las calles son más seguras, la vida más agradable, el ambiente más feliz. Si escogemos bien, podemos encontrar productos de gran calidad a precios razonables y el consejo experto de aquel tendero que acumula años de valiosa experiencia en su sector.

Es posible, también, que nos sea más fácil averiguar el origen de los productos que compramos o de las materias primas con las que se ha fabricado. A menudo, el pequeño comerciante utiliza redes de proximidad: el carnicero que se abastece en una granja de la provincia que es de su confianza, el frutero que compra a la cooperativa, el pescadero que va a la subasta de la lonja…

Dentro del comercio local nos será también más fácil encontrar establecimientos que apoyen a artesanos y creadores; incluso puede que estemos ayudando a que se conserven muchos oficios tradicionales. Así, no solo estamos influyendo en la fisonomía de nuestro entorno más cercano sino también en el tipo de sociedad que se va configurando en nuestra comarca, en nuestro país.

Como sé el tipo de mundo que quiero, siempre que puedo compro en las tiendas de mi barrio. Ese es mi voto diario. ¿Y el vuestro?

 

Adviento día 6

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Fotografías de LuciaM Photography, prints en su tienda online

 

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La revolución verde urbana, artículo de Lídia Hervás y Eva Carot para Kireei 7

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Lídia Hervás, creadora de la web de nutrición infantil y ecologismo Niños Sanos, y la ilustradora Eva Carot realizaron el texto y las ilustraciones del artículo La revolución verde urbana, la naturaleza conquista la ciudad, un artículo precioso sobre las iniciativas en ciudades para enverdecerlas, bien con más espacios naturales bien con huertos urbanos. Un artículo que me encantó acompañado con unas ilustraciones que me encantan también.

Eva Carot explica en este post de manera muy bonita el proceso de trabajo de estas ilustraciones, y podéis visitar la web Niños Sanos aquí, una web llena de información significativa sobre la comida y los niños.

 

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Y aquella ciudad me sepultó. Lo recuerdo perfectamente. Me había convertido en madre hacía 3 meses y aquel día salí con mi bebé a aquella preciosa librería del centro que tanto me gustaba. Fue al cruzar Diagonal para llegar a Paseo de Gracia, cuando aquella gran ciudad cayó sobre mis hombros. Cómo quien despierta de un sueño, de 8 años, de repente no podía respirar, y me sentía profundamente agredida por un ruido constante. Me senté agitada en un banco, vi mi rostro en un escaparate y creo que, aunque tardaría años, en aquel instante decidí marcharme.

Mi diagnostico hoy sería aquello que Richard Louv, en su conocido libro “The last child in the woods” definió como déficit de naturaleza. En mi puerperio y el estado de alerta que le acompaña, había traspasado el umbral, lo que yo podía soportar sin silencio, aire limpio y contacto prolongado con la naturaleza.

Había llegado a la ciudad, como tantos miles, buscando libertad, oportunidades, espacios de relación, creación, cultura. Y toqué el cielo. Luego la ciudad me expulsó.

Sin embargo, no tengo duda. La ciudad es, en cierta forma, el hábitat natural del ser humano. Estos extraordinarios espacios de intercambio y convivencia albergan hoy más de la mitad de la población mundial. En cierta forma la ciudad es naturaleza, pero sin la naturaleza.

Pero, la frontera entre rural y urbano empieza a quebrase. Y en una bella paradoja, las nuevas ciudades, más verdes, estan naciendo de lo viejo, lo abandonado, los solares de miseria y escombros. Así lo expresa Pablo Llobera, uno de los coordinadores de la Red de Huertos Urbanos Comunitarios de Madrid. Pablo instaló en 2010 en su barrio, las Tablas, un compostador comunitario, y con el surgimiento del 15M invitó a usarlo a los vecinos. En noviembre de ese mismo año ocuparon una zona verde y le dieron vida, se convirtió en un espacio para cooperar, encontrarse, aprender, cultivar, respirar…

Los nuevos movimientos sociales van ligados a un empoderamiento y recuperación del espacio público. Recuerdo durante el 15M el impacto que me produjo ver los jardines de plaza de Catalunya sembrados de hortalizas. La naturaleza, la tierra, la agricultura ligada a la idea de participación, de derecho, de bien común.

En la ReHd de Madrid, existen 40 huertos con esta dimensión comunitaria. Algunos se han convertido en autenticas plazas: Cantarranas, Tabacalera, Campo de la Cebada, Adelfas, Aliseda o el conocido Esto es una plaza. Son hermanos de L’Horta de Porta o L’Hort indignat del Poblenou, en Barcelona. Huertos que nacen por iniciativa de los vecinos, que deciden salir del encierro de sus pisos y ocupar aquel solar en desuso que la crisis regaló y darle vida. Estos nuevos paisajes llenan nuestra mirada de dignidad.

Para mi son trincheras contra el cambio climático, espacios de salud libres de pesticidas, escuelas de nuevas formas de vivir más sostenibles, rincones de aire más limpio, refugios de ese silencio de pájaros que lo cura todo, de risas que borran la soledad del ático, de madres que comparten dudas, de miradas infantiles excitadas, conectadas, ante aquel gusano descubierto, de manos pequeñas que acarician caracoles.

Para Pablo son el alma de los nuevos barrios, conquistas sociales, grietas en el sistema neoliberal, fallos de ese ‘tu piensa sólo en ti y en los tuyos’ porque en estos espacios reinan otros valores, como el apoyo mutuo, la solidaridad, la cooperación, el trabajo intercultural e intergeneracional… También son islotes, que pueden ser archipiélagos cuando suba el mar, ante una previsible crisis de recursos energéticos, formas de resiliencia, de tener opción a cultivar los propios alimentos.

El siglo XXI nos traerá el regalo de la renaturalización de las ciudades, de mano de gente como Pablo Llobera en Madrid, Josep Tamarit (la revolución de la lechuga) en València, Josep Maria Vallès (cooperativa Tarpuna) en Barcelona…Y tantos otros. Es un movimiento imparable, de fondo y alcance mundial. El viento viene de Nueva York, con sus más de 700 huertos ya regulados y el desarrollo de la High Line, un triunfo ciudadano que ha conseguido un parque público sobre una antigua vía ferroviaria; viene de Seúl y el derribo de la autopista urbana de Cheonggyecheon o de Paris con la Fôret Linéaire, un bosque lineal aprovechando terrenos en desuso, y el plan de la alcaldesa Anne Hidalgo de invertir 8 millones de euros para potenciar la agricultura urbana, viene del exitoso pla Buits de Barcelona o el proyecto Canòpia Urbana, de plaça de les Glòries.

Cuando vuelvo a la ciudad y revisito estos espacios, siento una alegría inmensa de comprobar cómo nos reinventamos para volver a lo esencial. Los ciudadanos se empoderan y empiezan a transformar las ciudades para mejorar su vida. En el año 2000 había en España apenas mil parcelas de huertos urbanos. Hoy, son ya más de 15.000 que ocupan una superficie de 1,6 millones de metros cuadrados. Es un fenómeno viral, contagioso, imparable… En 2030 las ciudades acogerán más del 60% de la población, y es en ellas donde nos jugamos todo, el futuro del planeta y el de nuestras hijas, que viene a ser lo mismo.

 

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