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Cambiar el “pero” por “y”

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Ilustración de Boyoun Kim

 

Fijaos como cambian estas frases.

“Quiero lanzarme a la piscina, pero tengo miedo”.

“Quiero lanzarme a la piscina, y tengo miedo”.

“Lo paso muy bien con él, pero me pone de los nervios”.

“Lo paso muy bien con él, y me pone de los nervios.”

“Quiero hacerlo todo, pero no llego”.

“Quiero hacerlo todo, y no llego”.

“Me gusta mi trabajo, pero está muy mal pagado”.

“Me gusta mi trabajo, y está muy mal pagado”.

“Quiero vivir a mi manera, pero la gente no lo entiende”.

“Quiero vivir a mi manera, y la gente no lo entiende”.

“Me gustaría cambiar el mundo, pero no puedo hacerlo sola”.

“Me gustaría cambiar el mundo, y no puedo hacerlo sola”.

¿Os dais cuenta de cómo cambia el mensaje que te cuentas? ¿Cómo cambia tu narrativa mental cuando usas “y” en vez de “pero”? Abrazar la totalidad te quita un peso de encima estratosférico. Hace posibles las cosas, te quita palos en las ruedas, borra de tu cabeza los impedimentos que te pones en la cabeza.

No esperéis mucho a aplicarlo con asiduidad. Es difícil “y” podéis hacerlo. Que no sea porque no lo habéis intentado.

¿Qué harías si no tuvieras que hacer todo lo que haces?

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 Ilustración de Seng Soun Ratanavanh

 

Hoy un post en el que os hago una pregunta: ¿Qué harías si no tuvieras que hacer todo lo que haces?

Si tuvieras mas tiempo. Porque eso es lo que suele pasar, ¿no? No hago esto o aquello porque no tengo tiempo.

Este sería mi listado.

1. Cuidar más mi alimentación y cocinar todos los días.

2. Leer más (libros, libros, libros).

3. Navegar por redes sociales menos.

4. Hacer ejercicio todos los días, al menos una hora al día.

5. Retomar algún hobby o empezar uno nuevo.

6. Llamar o escribir más a mis amigos y familia. Pasar más tiempo con ellos.

7. Navegar por internet como lo hacía antes, por disfrute y no por no querer perderme nada.

8. Escuchar más música, sin hacer nada más que eso.

9. Salir a pasear todos los días, al menos media hora, a poder ser por la naturaleza.

10. Pasar más tiempo con mi hijo, con la atención plena en él.

11. Asistir a más eventos culturales: teatro, exposiciones, etc.

12. Escribir más.

13. Estudiar con profundidad una única cosa, en vez de con superficialidad muchas cosas.

14. Involucrarme más en mejorar el mundo.

El final de este post es otra pregunta. ¿Qué cosas dejarás de hacer para empezar a hacer lo que realmente para ti es IMPORTANTE?

 

El poder de las decisiones

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Foto de Amara Montes realizada por Montse Mármol

 

Estamos acabando el libro monográfico PEQUEÑA EMPRESA CREATIVA, libro que lanzaremos en diciembre, con casi 60 emprendedores, casi 300 páginas y tapas duras. Montse Mármol y yo hemos estado viajando por todo todo el país realizando sesiones de fotos de los creadores de estos 59 proyectos creativos.

Mientras releo las entrevistas, algunas cosas salen en casi todas, siendo una de ellas, el poder de tomar decisiones.

Cómo decía el dicho: ¿Qué tomas para ser feliz? – Decisiones.

Lo que es común en todos estos proyectos y yo diría que en la vida de toda la gente que se mueve hacia adelante y busca un cambio en su vida, es la toma de decisiones.

No es fácil. Decidir es una de las partes más difíciles de la vida. Y por lo que sea, nos enseñan a no atrevernos demasiado, a conformarnos con el camino cómodo, a temer a los cambios, a que valga más “pájaro en mano que ciento volando”.

Las personas que ven en los cien pájaros, cien oportunidades, se mueven, se atreven. No pasa nada si aún necesitas ese pájaro en mano, pero es conveniente e interesante saber que no será siempre así, y que llegará el día en el que echaremos a volar nosotros también.

 

Sentir pena de uno mismo

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Lettering de Matt Vergotis

 

“La vida ja és la vida” Josep Palau i Fabre.

Motivos para sentir pena de uno mismo todos tenemos. Algunos más que otros, por supuesto. Parece que la vida a algunos les brilla desde que nacen y otros, sin embargo, se arrastran por un camino lleno de escollos y penurias, de ausencias y carencias.

Durante muchos años yo sentí pena de mi misma, porque claramente no había tenido ni tenía la vida que merecía. La que todos merecemos. Y aún no tengo la vida que merezco, la que siempre he soñado, pero ya no siento pena por mi misma. En algo he madurado. Y he madurado en la manera en la que he sido capaz de integrar que hablar de merecer es un sinsentido, porque está claro que la vida no es justa. Ni para mi ni para nadie.

La vida es maravillosa, pero también es atroz, es las dos cosas. Y aunque no soy creyente ni religiosa sí que soy espiritual y sí que he sido capaz a lo largo de los años de salir de mi propio ombligo y sentirme parte de algo más grande, que se me escapa de las manos. Algo que no se rige por la razón, ni la justicia.

Las cosas que no tuve no puedo tenerlas ya, paso su tiempo. Ojalá no hubiera sufrido de más, con esa narrativa que me he contado toda la vida, del merecimiento, de la injusticia, de ¿Porqué yo?. Ojalá todos seamos capaces de no tener dobles sufrimientos, el de las carencias por un lado y el de la pena que te producen. Con uno ya es suficiente. Porque con dos, el primero se vive mucho peor.

La vida es así de inexplicable, no es justa, sencillamente. Y solo hay que vivirla.

 

El miedo. Cómo nos afecta

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Ilustración de Sveta Dorosheva

 

“Aprendí que la valentía no era la ausencia de miedo, sino el triunfo por encima de el. La persona valiente no es quien no siente miedo, sino la que lo conquista”. Nelson Mandela.

Si pudiera volver atrás en mi formación digamos base, me centraría en psicología, y mas concretamente me gustaría haber podido especializarme en el fenómeno del miedo. He leído mucho sobre el tema porque me fascina entender cómo el miedo afecta nuestras vidas. Casi todo lo que hacemos, muchas veces de manera inexplicable, tiene que ver con el miedo, nuestro futuro muchas veces no puede ser de otra manera por causa del miedo, o más bien por no poder superarlo.

Y también me interesa cómo nuestra vida cambia cuando conseguimos bailar con el miedo y convivir tranquilamente con el. Porque efectivamente, el miedo no se supera nunca, simplemente se acepta, se integra, se convive con el de manera amistosa. 

Cuánto menos crédito le damos menos nos molesta, cuánto más tratamos con el de manera natural más se aburre y se marcha.

El miedo es algo natural, mantuvo vivos a nuestros ancestros cuando fueron capaces de ponerse a salvo ante los peligros que les acechaban, y eso ha pasado de generación en generación de manera natural. Nuestro cerebro reptiliano nos avisa de los peligros a través de nuestra amigdala. Gracias a eso nos ponemos a salvo.

El problema es cuando el miedo no viene de nuestro cerebro reptiliano, sino de nuestro cerebro cognitivo y de nuestro cerebro emocional, el cerebro límbico y el neocortex.

Cuando entran los razonamientos entran toda una serie de aprendizajes adquiridos desde pequeños que “juzgan” las cosas que pasan. Y es en ese juzgar cuando pasan cosas inexplicables, como que tengamos miedo a quedar mal, a no estar a la altura, a hablar en público por si metemos la pata. Cosa inexplicables como que la gente no nos quiera, que nos quedemos solos por siempre jamás, miedo a no pertenecer, miedo a salir de nuestra zona de confort, miedo al fracaso, miedo al éxito, miedo a la catástrofe sin que ni siquiera haya señales de que vaya a pasar.

Ninguno de estos miedos son naturales, son todos aprendidos. Por eso no tenemos todos los mismos miedos, y por eso hay gente que puede superar el miedo y gente que no. Porque algunos “desaprenden” sus miedos.

Me siento libre cuando el miedo no me domina. Qué sensación ¿verdad?

Yo ya la he sentido varias veces y espero sentirla cada vez más. Bailar con el miedo para que no te paralice, para poder tener la vida que mereces, para poder sentirte libre.

 

Conocerse a uno mismo

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“¡No estoy loca! Mi realidad es simplemente diferente a la tuya”. Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carrol. 

El otro día hablaba con unas amigas sobre como el desarrollo personal consiste en ir adquiriendo nuevos niveles de consciencia. Ser más consciente conlleva crecer, ser más libre, tener más claro lo que te hace feliz y lo que no.

Y esa es una de las claves pues hacia la felicidad o el bienestar personal, como lo queráis llamar. 

Ser más consciente, tomar mas consciencia, darse más cuenta.

En el post del domingo pasado hablaba de la gratitud como uno de los caminos hacia la felicidad, y efectivamente consiste en subir un peldaño más en la escalera hacia ser más consciente de lo que te importa y lo que no.

La consciencia de uno mismo también es una de las claves más potentes, uno de los últimos peldaños de la escalera. Porque ¿cuántas cosas de las que ahora os hacen infelices provienen de un pobre conocimiento de vosotros mismos? Seguro que si lo pensáis os dais cuenta de que es así.

Decía Herman Hesse: “He sido y todavía lo soy, un buscador, pero he dejado de preguntarle a las estrellas o a los libros, he empezado a escuchar las enseñanzas que mi sangre me susurra”.

Decía Lao Tze: “En el centro de tu ser, tienes la respuesta, sabes quien eres y sabes lo que quieres”.

Decía Montaigne: “Lo más grande del mundo es saber como pertenecerte a ti mismo”.

Todos los grandes pensadores han hablado sobre este tema, y todas las terapias del mundo inciden en despojarnos de todas las capas que esconden quien realmente somos.

Porque ese es el problema, la cantidad de capas que vamos echándonos a lo largo de la vida y que en mayor o menor cantidad nos van ocultando nuestra esencia real.

Capas que nos vienen dadas o nos ponemos nosotros mismos para conseguir una de las cosas que más anhelamos y necesitamos: pertenecer al grupo, ser reconocidos, ser queridos. No somos nadie sin la pertenencia al grupo, y para ello haremos lo que sea, hasta olvidarnos de nosotros mismos.

Haremos cosas como…

Dejar de hacer cosas que nos gustan porque no están bien vistas.

Hacer cosas que les gustan a los demás aunque a nosotros no nos hagan felices.

Hacer cosas para encajar aunque no nos resulten agradables.

Mantenernos cerca de aquello que no nos hace felices por miedo a rechazarlo y quedarnos solos.

Enmascarar con excusas e historias lo que realmente somos y queremos.

Tener un miedo constante, impuesto por los demás o autoimpuesto.

Ocultar la niña o el niño que fuimos, para ser el adulto que queremos ser o quieren que seamos.

Y todo esto nos lleva a no conocernos, a no saber donde están nuestras limitaciones, y tampoco saber cuáles son nuestra fortalezas reales, perdidos como estamos en ese laberinto en el que nos metemos par encajar. Intentamos hacer cosas para las que realmente no estamos capacitados, y sin embargo no hacemos aquello en lo que podríamos brillar.

Y no subimos mas peldaños y mas peldaños en el camino hacia conocerse mejor, para encontrar nuestro lugar natural, el trabajo que nos haga vibrar y nos salga natural, la gente con la que estamos como en casa. Por eso, porque despojarse de esas capas es difícil, porque despojarse de capas da miedo, porque seguir con las capas es más cómodo que la desnudez con la que te quedas cuando empiezas a quitártelas.