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El problema con el “Si quieres, puedes”

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El post de hoy va a ser largo, y va a ser el último de este tipo hasta septiembre. Kireei, como siempre, continúa todo el verano, todos los días, pero los posts más de profundidad los volveré a retomar en septiembre.

Para empezar este post de manera contundente diré que aunque lo he titulado “el problema con el Si quieres, puedes” para mi no hay problema. Me gustan las frases de ánimo, las frases cargadas de positividad, las frases con mensajes inspiracionales y aspiracionales.

Por supuesto, sé que son frases, sólo frases.

Existen ahora dos corrientes muy potentes, que estiran cada una de un extremo tratando de estirar más que el otro y vencer.

Los positivistas del “Si quieres, puedes” y los detractores de este tipo de frases que argumentan que estas aseveraciones hacen más mal que bien porque transmiten una idea demasiado facilona, falsa y superficial que genera mucha frustración en mucha gente, que la toma literalmente y se hace falsas esperanzas.

Esperanza. Esta es una palabra clave para mi en esta historia.

¿Qué hay de malo en tener esperanza? La esperanza es el motor poderoso que ha cambiado el mundo, que ha cambiado la vida de muchas personas. Es un motor y una luz, incluso cuando las posibilidades de cambio son ínfimas.

Los detractores argumentan que mucha gente, aunque quiera, no podrá cambiar y por tanto no hay que repetirles machaconamente la frase ni intentar engatusarlos para que se metan en proyectos de los que no saldrán bien parados. 

Tal y como yo lo veo, todo el mundo puede soñar y esperar un cambio en su vida, aunque las posibilidades de cambio sean infinitesimales. Funcionar en positivo hace que las posibilidades aumenten y aunque el cambio finalmente sea de 0’00001 al menos será algo que antes no existía. Algunos cambiarán de 0 a 100, otros de 0 a 10 otros de 0 a 0’1 pero todos harán un avance, hasta que no se demuestre lo contrario.

También protestan ante la idea de que el universo te otorga lo que deseas. Tu propones y el universo dispone. Para mi es lo mismo, una frase positivista. Está claro que hay gente que lo cree con fuerte convicción. Pero así es el mundo, algunos son más cartesianos, otros más espirituales y místicos. ¿Qué hay de malo? El problema no es la espiritualidad, es el uso manipulador que se puede llegar a hacer. Pero no todos manipulamos. No todos los que estamos en el entorno de formar emprendedores, no todos los que estamos en el entorno de inspirar a personas nos movemos por la manipulación. Y desde fuera ponen a todos en el mismo cajón.

A mi el fenómeno positivista me gusta, porque está cargado de energía y esperanza, en un mundo en el que la mayoría de la gente navega por la vida con los ánimos por el suelo y desde arriba todo lo que nos llega nos lleva a perder la fe. En un mundo donde el desempleo parece no tener solución a no ser que nos inventemos algo por nuestra cuenta.

Dicho esto, y como además de positiva soy profundamente realista, quiero en este post argumentar también que sí, que ciertamente los mensajes son insuficientes. Hace falta mucho más.

En el mundo de la emprendiduría que es donde se ha puesto más de moda el positivismo hay que hacer un trabajo también de pisar el suelo con realismo y bajar un poco de la estratosfera.

El mensaje implícito debería quedar más claro, aunque luego usemos un slogan corto. El mensaje ha de ser: “Si quieres — y haces todo que necesitas hacer, sobre todo formarte y trabajar duro, podrás, y a veces, ni siquiera así podrás y puede que pases toda la vida intentándolo, y necesites tres vidas para eliminar los impedimientos que tienes”.

Claro, la frase así queda un poco larga para usarla de slogan. Pero haremos bien si los que nos dedicamos a formar a futuros emprendedores, somos bien claritos y realistas. Evitar vender humo.

Y eso no quita que seamos inspiradores, capaces de generar entusiasmo e ilusión, y esperanza, sentimientos positivos y enérgicos, no hay nada de malo en ello. No es cursi, ni cumbayá, ni happy flower. Es inspiracional, simplemente.

Yo me nutro e inspiro de mucha gente que me habla así,de mis referentes y me impulsa a avanzar más y mejor, y quiero eso también para la gente que me lee. Porque además de mucho realismo, se necesitan toneladas de esperanza y energía para intentar cambiar tu vida.

Para acabar, una pincelada en forma de la conocida parábola Sioux de los dos lobos que a mi me sirve para ilustrar esta idea ajustándola a la dualidad entre positivismo y realismo.

Un indio muy sabio se encontraba enseñando a su pequeño nieto una de las lecciones más importantes de la vida. Le contó al pequeño niño la siguiente parábola:”Existe una pelea dentro de cada uno de nosotros. Es una terrible pelea entre dos lobos”, le dijo.

“Un lobo es malo. Es furia, rabia, envidia, remordimiento, avaricia, arrogancia, autocompasión, resentimiento, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego. El segundo lobo es bueno. Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, empatía, verdad, compasión y fe”.

El nieto pensó sobre esto un momento. Entonces le preguntó al abuelo, “¿Que lobo ganará esta pelea?”

El abuelo simplemente respondió, “El que alimentes”.

Y otra parábola esta vez cristiana, que dice. Señor, dame serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, entusiasmo para cambiar lo que sí que puedo cambiar, y sabiduría para distinguir las dos cosas.

Para mi de toda esta historia lo importante es el auto-conocimiento, ayudar a la gente a conocerse, para que conozcan sus limitaciones y refuercen sus virtudes, porque virtudes todos tenemos y vale la pena volcarse en ellas.

FELIZ VERANO.

La vida es injusta

la vida es injusta

 

Sé que con esta frase no os estoy descubriendo nada nuevo. Todos sabemos que la vida es injusta, claro está. Lo sabemos.

Pero ¿lo tenemos realmente integrado? Me parece que no.

Sí, la vida es injusta y a muchos, a la mayoría, la vida nos ha dado mazazos injustos, inmerecidos y dramáticos. Además, no solo a nivel individual, a nivel colectivo vemos todos los días y sufrimos todos los días lo injusta que es la vida con los menos favorecidos de este mundo, vivimos con rabia e impotencia como la gente de a pie pierde, constantemente.

Y esto nos lleva a indignarnos y a sufrir. Por lo injusta que es la vida. El otro día preguntaba: ¿Cuál es la raíz de tus cabreos monumentales? Y muchos contestasteis: la injusticia.

Sufrimos por los mazazos que nos da la vida, y eso es duro. Pero además sufrimos el doble: por el mazazo y por lo injusto que es el mazazo, por nuestra indignación.

Por eso decía al principio que dudo que de verdad tengamos integrado que la vida es injusta, y sepamos vivir con ello. Lo dice una que se ha pasado toda la vida violín en mano, tocando una triste balada sobre la injusticia, y revolcándome en el fango con lo poco que me lo merezco y con lo mucho que me he merecido cosas que simplemente no han ocurrido ni ocurrirán.

Porque la vida es así de injusta.

Integrar esta gran verdad facilita las cosas. Desde hace unos años lo experimento, desde que entendí que lo que he perdido no lo podré recuperar y que no tendré muchas cosas que merezco tener que lo mejor. Desde que entendí que lo mejor que puedo hacer por mi y por el mundo es estar entera, estar serena y así me resulta más fácil vivir, a pesar de los pesares.

Ofrecer resistencia al hecho de que no merecemos ciertas cosas, hacia el hecho de que el mundo está lleno de injusticias solo nos aporta más dolor del que ya aguantamos.

Indignarse está bien, es lo normal, la rabia es natural pero tras indignarse se necesita pasar a la acción. Si queremos que el mundo cambie pasemos a la acción. Si queremos sentirnos mejor contémonos otra historia. Quedarse revolcado en el fango solo aporta más dolor.

Sé que no es fácil integrarlo, pero vale la pena intentarlo.

 

Nada es tan grabe

quote grabe

 

Cojo prestado el guiño de la frase de Juan Romero de Litera libros para el post de hoy.

Últimamente comento bastante con mis amigas y compañeras este tema. Debe ser que estamos ya todas en una edad en la que empiezas a relativizar tantas cosas que antes eran hiperimportantes y ahora ya no lo son.

La edad tiene ese premio de consolación.

De repente te das cuenta de que lo grave es tan grave que todo lo demás carece de importancia. Y lo grave cuando ya tienes una edad son solo cuatro cosas, las cuatro cosas esenciales. A todo lo demás ya no le dedicas energía. 

También te cuesta menos relativizar porque tienes menos miedo. El miedo y la importancia que le damos a las cosas está relacionado de manera muy potente. Si tengo miedo todo me parecerá crucial, si no lo tengo todo me parecerá nimio, sin importancia.

Otro premio de consolación que te da la edad, perder el miedo.

Este es el mejor estado en el que he estado nunca: sin miedo, y quitándole importancia a las nimiedades. Menos mal que de algo sirve hacerse mayor. 

¿Cuál es la raíz de nuestros cabreos monumentales?

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Hace poco tomé una decisión equivocada. Entonces no sabía que lo era, lo supe cuando cogí un cabreo monumental en una situación en la que a pesar de ser estresante me suelo manejar con tranquilidad.

Después del gran cabreo me di cuenta de que lo que lo había provocado no era la situación sino el runrún que tenía en mi inconsciente, el pepito grillo que me daba golpecitos avisándome de la mala decisión que había tomado unos días atrás.

Qué señal más poderosa.

Puedes tomar decisiones del todo erróneas y si te escuchas bien descubrirlo a tiempo para rectificar.

Rectifiqué, y de repente noté como aquella gran losa desaparecía y volvía a sentirme tranquila.

¿Adónde quiero llegar con esta intro? Quiero llegar al hecho de que un cabreo monumental puede tener una raíz distinta a lo que pasa en aquel momento. La situación puede ser realmente cabreante y pensar que lógicamente has perdido los nervios, pero no los pierdes si estás tranquila, al menos no los pierdes de manera desmesurada.

Fijaos en vuestros enfados, si rebobináis podréis encontrar la raíz. A veces es cansancio o hambre pero muchas veces los enfados se deben a otras insatisfacciones que nos están haciendo un runrún continúo. Cuando te sientes tranquila contigo misma todo pesa menos, todo se relativiza, los conflictos los vives desde la barrera, los vives en frío, no en caliente. Escucharnos con atención nos da la clave para liberarnos de las losas que arrastramos.

 

La locomotora Camarena

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Hace poco mi estimado y admirado Germán Machado publicó un post sobre mi y sobre mi trabajo en su fantástico blog “Garabatos y ringorrangos”. Lo podéis leer aquí.

He decidido mostraros este post aquí en mis reflexiones de domingo para remarcar una cosa sobre todo. Mi locomotora personal es de todo menos energía física. Desde niña he sido una persona con un biorritmo muy tranquilo, de perfil muy bajo, muy flojita, para entendernos.

¿De dónde sale toda mi energía?

De otros lados: de la fuerza de voluntad, del entusiasmo, de la pasión, el amor, la generosidad, el deseo de impactar positivamente en la gente y en el mundo. Se que sonará vanidoso y que cuando se presume de virtudes muchas veces se recibe en negativo, pero aquí he venido a ser transparente y sincera, a no tener miedo de “cómo suenan las cosas que digo”, a poneros un espejo delante para que os sintáis reflejados (o no).

Mucha gente me pregunta cómo puedo hacer tantas cosas. Por muchas razones, una de las principales es porque soy muy práctica y renuncio a mucho, pero las otras principales son las que comentaba: el entusiasmo, la fuerza de voluntad, etc. Esos son mis súper-poderes. Quizás ha sido la compensación que me ha dado la naturaleza ante una energía tirando a flojita. Quién sabe.

Agradezco a Germán su post enormemente, mi hizo una ilusión bárbara que me describieras así, amigo.

 

 

 

¿Enfadarse? Sí, gracias

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El título de este post podría parecer contradictorio con el de la semana pasada que era “Cómo dejé de estar enfadada con la gente”.

En aquel post comentaba que hacer las paces con la vida me ayudó a dejar de enfadarme con la gente, es decir, solucionar el macro me ayudó a gestionar el micro.

Pero hubo algunos comentarios que explicaban que enfadarse también era conveniente, y de hecho al final del post yo misma también lo decía, que no estar enfurruñada con el mundo no quiere decir que no te plantes y des un puñetazo en la mesa de vez en cuando.

Y de esto va este post de hoy. Porque así como yo he sido la eterna enfadada con la vida, también he sido de las que han tragado carros y carretas sin enfadarme, sin decir ni mú. Puedo hablar de los dos casos porque soy una digna representante de los estragos que causan los dos casos.

Y he tragado carros y carretas por miedo, por inseguridad. El miedo: el causante de la mayoría de nuestros males.

Mejor no enfadarse, mejor no decir cómo te sientes por si acaso te dejan de querer, por si quedas mal, por si está fuera de lugar, por si te apartan del grupo, por si, por si… así actúa el miedo, prevé el futuro de manera catastrófica. Y no nos deja expresar alto y claro lo que realmente queremos, lo que necesitamos en cada momento, cuando chocamos con las necesidades de los demás.

Así es que sí. ¿Enfadarse? Sí, gracias. Enfardarse es sano, protestar, reivindicar, indignarse y poner límites. Decir que no, sin miedo, o decir que sí, sin miedo. Decir quien eres y qué necesitas, aunque sea con el morro fruncido.