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Somos lo que creemos que somos

Este post se publicó por primera vez el 23 de marzo de 2015.

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Ilustración de Liekeland

 

Fui una niña muy tímida, pero no nací así, el mundo me hizo creer que lo era, yo simplemente fui un bebé y luego una niña tranquila y sensible, de poco hablar y mucho observar y escuchar. A medida que el mundo empezó a decirme que era vergonzosa me lo fui creyendo. Y efectivamente, cumplí la profecía con creces, y lejos de ser cada vez más abierta me fui cerrando y apartando, para cumplir con las expectativas que se habían creado y para protegerme huyendo del foco de atención. 

Fui una niña fea pero no nací así, el mundo me hizo creer que lo era, me costó mucho tiempo, años, llegar a gustarme.

Fui una niña lenta pero no nací así, el mundo me hizo creer que lo era, y panoli, y poco sociable.

Bien, no sigo, ya se coge la idea. Somos lo que creemos que somos, lo que nos han dicho que somos. ¿Cómo evitarlo? Por ejemplo: no etiquetemos a los niños. Los niños son buenos y obedecen para sentirse queridos y para sentir que pertenecen y si a un niño se le etiqueta de inquieto y rebelde casi con toda seguridad hará caso. Es el efecto Pigmalión pero en negativo, dime qué puedo llegar a ser y lo seré. Dime que no valgo y no valdré. Como siempre exagero (aunque no tanto). 

El efecto Pigmalión en positivo es muy poderoso, lo que creemos que somos capaces de hacer es lo que dibuja nuestros comportamientos, pero lo mismo ocurre en negativo. La historia que nos cuentan desde niños, es la historia que nos contamos a lo largo de nuestra vida. No puedo, no soy capaz, no valgo, o bien, puedo, soy capaz, valgo. Una gran diferencia.

Carol Dweck en su libro Mindset: The New Psychology of Success (public library) habla de este tema, sobre el poder de nuestras creencias aprendidas, tanto conscientes como inconscientes, y como cambiarlas puede tener un impacto profundo en casi todos los aspectos de nuestra vida. Un libro revelador.

Hoy dedico este post cortito (que podría extenderlo pero al final iría a parar a lo mismo) a todas las mujeres, con el deseo de que hoy y todos los días del año, seamos lo que somos.

 

¿Cómo lo hago?

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Esta es una de las preguntas que más me hace la gente. ¿Cómo lo hago? ¿Cómo hago para hacer tantas cosas?

Necesitaría cuatro posts para explicar los pormenores, pero sin entrar en detalles micro, en el macro el secreto es muy sencillo. Os cuento:

Trabajo 8 horas al día, como todo el mundo. Pero son 8 horas que me cunden muchísimo, soy muy productiva, disciplinada, con mucha fuerza de voluntad y muy muy práctica. Esto hace que a esas 8 horas diarias le saque muchísimo jugo.

Todas estas cosas buenas tienen su cruz, porque todas nuestras fortalezas son también nuestras debilidades, pero de eso hablaré en otro post.

Como veis, no hay nada fuera de lo común. El otro día hablaba de hacer músculo, de ser muy constante. Esa es una de las grandes claves, que engloba la disciplina, la fuerza de voluntad, etc.

Por otra parte, bromeando siempre digo también que hago mucho porque tengo una vida muy tranquila. En casa estamos Biel y yo solos, vivimos en un pueblo pequeño, entonces las posibilidades de distracción son mínimas. Mis proyectos son mi ventana al mundo, mi diversión, en mi tiempo libro elijo leer algo relacionado con el marketing, o hacer algún curso como alumna, cosas así, ahora eso es lo que me divierte. Lo que más me apetece en mi tiempo libre es trabajar en mi proyecto. De ahí que saque también mucho jugo de los fines de semana, las vacaciones y las noches.

Otra de las claves, y es la que comento mucho en mi curso “Un trabajo a tu medida” que empieza la semana que viene es la gran pasión, o sed o amor que siento hacia lo que emprendo, las ganas infinitas que tengo de hacerlo posible, de hacer las cosas de otra manera, de demostrarme a mi y al mundo que se puede vivir contracorriente y no solo sobrevivir sino también hacer cosas fantásticas y coherentes y que tengan un impacto positivo.

Y una de las claves también está en las renuncias. Hago tanto porque dejo de hacer muchas cosas. Mi día tiene 8 horas y para hacer tanto en esas 8 horas tengo que dejar de hacer muchas cosas también. Mi elección de vida, ese deseo tan fuerte de hacer posible este proyecto me permite renunciar a muchas cosas. No podría renunciar a tanto si el proyecto no me diera tantísimo.

Resumiendo son cuatro cosas: trabajo muy efectivo, desarrollo de los proyectos en mi tiempo libre, enorme deseo de hacerlo posible y muchas renuncias.

Esta semana lanzo mi curso “Un trabajo a tu medida” en el que cuento cómo desarrollo mis proyectos y muchísimas cosas más. Es un curso inspirador y práctico, macro y micro. En el podréis entender qué hace falta para hacer posible un proyecto sólido y también veréis concretamente cómo hacerlo.

 

 

 

Un buen estado de ánimo mejora tu vida y mejorar tu vida mejora tu estado de ánimo

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Ilustración de Tatsuro Kiuchi

¿Qué es primero? ¿el huevo o la gallina?

Ahora que estamos todos con el tema de los propósitos le he estado dando vueltas a esta idea circular (nunca mejor dicho).

Cuando alguien se siente bajo de ánimos se suele recomendar lo siguiente: hacer algo de deporte, intentar salir a la calle a tomar el sol, a socializar, comer mejor, arreglarse el aspecto físico, etc. Y sin duda funciona.

Pero a mí me suele costar mucho hacer todas esas cosas cuando estoy baja de ánimo, lo único que quiero es meterme en mi propio capullo, no ver a nadie, llevar una vida en piloto automático que implica no moverme demasiado, no comer demasiado bien, pasarme el día en pijama, no pisar la peluquería en meses, etc.

Este año lo empiezo con la nevera llena, saliendo a la calle a tomar el sol, socializando más, haciendo algo de ejercicio, arreglándome más. Y empieza así porque estoy mejor de ánimo, porque me siento bien, con la ilusión alta, con muchos proyectos, tranquila con mi relación con la familia y los amigos. Sentirme bien me hace tener la fuerza necesaria para adquirir esos buenos hábitos.

Pero ciertamente algo he hecho para tener un buen ánimo, no me ha llegado caído del cielo, ha sido un trabajo personal, una coctelera de cosas que me han llevado a sentirme bien.

Lo cual me lleva a lo que siempre cacareo, que la vida es dual, que es tanto el huevo como la gallina, que hay que abrazar la totalidad. Hacer cosas para sentirse bien, hacer ese esfuerzo aunque nos sintamos mal es necesario, pero también es necesario entender que haremos más y más fácilmente cuando nos sintamos mejor, porque lo normal cuando estamos bajos de ánimo es no querer hacer nada.

No fustigarse, en una palabra, porque si nos fustigamos por no hacer el esfuerzo de mejorar, aun nos sentiremos peor.

Me ha salido un post un poco trabalenguas, que es lo que pasa con las cosas circulares.

 

 

¿Cómo quieres sentirte?

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Ilustración de Ohgigue

 

Yo me quiero sentir importante.

No en el sentido de famosa, ni en el sentido de admirada. Me quiero sentir importante por haber hecho las cosas que me importan, lo que para mi tiene valor. Cuando llegue a viejecita quiero estar sentada en un sillón orejero, rodeada de gatos, con un libro de poesía en una mano y un té en la otra y pensar que ayudé, compartí, animé, inspiré…

También quiero sentirme alegre, entusiasmada, todavía maravillada de la magia de los días y de los otros. Esto está relacionado con lo anterior, porque cuando hago las cosas que me importan me siento más alegre.

Y quiero sentirme tranquila, contemplativa, en paz. Y esto también va ligado a lo anterior.

¿Cómo quieres sentirte tú? 

Quizás quieras sentirte comprendida, acompañada, reconocida, apoyada. Y no hay nada de malo en ello. Pero tiene un peligro, porque es ponerlo en manos de otros.

Hasta que eso llegue, hasta que los otros te comprendan, acompañen, reconozcan y apoyen conviene que lo hagas tú primero. Que tú te comprendas, te apoyes, te acompañes, te reconozcas. Quizás los demás te sigan, impulsados por el ejemplo.

 

Para cambiar necesitas ser como eres

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Ilustración de Christopher Delorenzo

 

Cuánto sufrimiento me habría ahorrado en la vida si nadie me hubiera empujado a cambiar desde bien pequeña. Porque si nadie me hubiera empujado habría cambiado naturalmente.

Esto lo entendí hace unos diez años cuando hice un curso de formación en terapia Gestalt y vimos La teoría paradójica del cambio, según la cual, para cambiar, todo tiene que permanecer como está. Una paradoja en toda regla. Ideal para mi, que tanto me gustan las paradojas y las dualidades.

Arnold Beisser enunció esta teoría de la siguiente manera:  el cambio se produce cuando uno se convierte en lo que es, no cuando trata de convertirse en lo que no es.

¿Cuántas veces os habéis cerrado más en banda cuánto más os han dicho que tenéis que cambiar?

Yo fui una niña del tipo tranquilo, tímido, introvertido. Cuánto más me decían, con toda la buena intención, que cambiara, que me abriera, que no fuera tan vergonzosa, que hablara más con la gente, etc, más me cerraba en mi caparazón. Cuanto más me empujaban al borde del precipicio, más retrocedía, lógicamente.

Y menos me gustaba a mi misma, por no encajar.

Uno no deja de ser como es porque otro le diga que sea distinto. Uno deja de ser como es, cuando está tranquilo, cuando se acepta, cuando se gusta. Es entonces cuando se abre, casi sin darse cuenta, de manera natural, creciendo, sin más.

Yo dejé de ser tan tímida por inmersión total, a lo puro y duro, tirándome a la piscina sin flotador, cuando me fui, a los diecisiete años a Londres de Au-pair. No tenía más remedio que abrirme. Esto no es un crecimiento natural, es un crecimiento acelerado. En situaciones límite, crecimiento límite. Nos pasa también cuando somos padres, por ejemplo, porque es una situación tan potente, que pierdes inseguridades, es una experiencia que te hace más poderosa. O con grandes perdidas, cuando algo te golpea en la vida de manera rotunda. Con situaciones potentes, en definitiva.

Pero lo ideal es crecer de manera natural, lentamente, a fuego lento, y eso significa aceptarse, y que los demás te acepten. Solo así puedes estar en paz contigo misma y con el mundo, y abrirte, sin miedos.

Y esto, lo de aceptarse, se aplica a tantas facetas de la vida. En educación, por ejemplo. Si aceptáramos como son nuestros hijos, y nuestros alumnos, cuánto sufrimiento se podría evitar, para las dos partes, pero sobre todo para los niños, que se ven empujados a ser quienes no son. Y no encajan.

O en el trabajo. Ahora que estoy inmersa en mi curso online de La Mirada, “Un trabajo a tu medida”, también salen cuestiones de este tipo. Centrarse en quienes somos y reforzar quienes somos es la única manera de alinearse bien con tu trabajo.

Cuesta mucho apagar todo ese ruido que arrastramos durante años. Aceptarse, es la manera más rápida y efectiva de cambiar, de crecer.

 

Nada es fácil

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Ilustración de Ceci Moreno

 

Llevaba unos meses despertándome triste, con una sensación de peso y cansancio que iba disminuyendo a medida que pasaba el día. Me preocupaba ese bajón. No tengo grandes motivos para estar triste, aunque sí algunos. Me preocupaba más que nada, no sentirme más feliz. Tengo mucho en mi vida para sentirme feliz…entonces…¿A qué viene esta tristeza?

Y así pasaban los días, con la tristeza que sentía sumada a la lucha contra ella. Me fastidiaba sentirme triste. A mis años, casi 47, me conozco bastante bien, y sabía que mis desdichas, aunque importantes, no eran suficientes para sentirme así. Y de ahí, mi extrañeza.

Cuando era más joven me hubiera costado entender de dónde venía mi tristeza, porque era una cebolla de mil capas y mi esencia estaba en la última capa, pero ahora ya no me cuesta tanto porque ya conecto bastante con mi esencia. Afortunadamente me he quitado capas, poco a poco, una a una. Es lo bueno de cumplir años, o como diría un amigo, es el premio de consolación de hacerse mayores.

Y hace unos días comprendí una cosa, que esta tristeza va conmigo e irá conmigo ya siempre. Habrá épocas que me sentiré más arriba y épocas de más bajón incluso, pero esto es simplemente tristeza, no tiene porque ir ligada a nada en particular. Y he dejado de sentirme triste por estar triste.

Ahí afuera todo nos empuja a pensar que tenemos que estar alegres todo el tiempo. Las redes sociales nos muestran principalmente el lado alegre de la vida de la gente, las bonitas casas, las bonitas familias, los bonitos proyectos, los viajes, las compras. Todo brilla. Todo es fácil.

Sin embargo nada es fácil y esta frase la uso como guiño a un amigo que la usó el otro día, precisamente en redes. Porque es así, nada es fácil, ni siquiera cuando las cosas te van bien, la vida cansa. La vida cansa mucho. Y yo estoy cansada.

Desde hace unos días, como digo, me siento más tranquila con esta tristeza mía. Simplemente la he aceptado, ya no lucho contra ella. Buenos días, tristeza, vamos a enfilar el día, vamos a enfilar los días.

La exaltación de la alegría y la felicidad nos lleva a negar una parte nuestra que existe, por muy bien que nos vaya la vida. Y la tristeza no tiene porque ser negativa en sí misma. Ojalá de pequeños no nos empujaran siempre a ser la alegría de la huerta y nos dejaran en paz cuando nos sentimos más encerrados en nosotros mismos, más cabizbajos. Y no solo de pequeños, también de adultos, todos los mensajes son de tipo: ánimo, te puedes comer el mundo. Perdona, pero no, muchos días el mundo me come a mí.

Ayer fui con mi hijo a ver la peli Trolls, una de dibujos. Es muy divertida, me gustó mucho y me reí mucho. El tema de la peli va precisamente de estos dos opuestos, de la tristeza y la alegría. Su tesis principal es que todos llevamos la alegría dentro, no hace falta tomar nada para estar alegre, solo hace falta mirarte dentro porque la alegría está ahí, solo hace falta sacarla y yo añadiría además que todos llevamos la tristeza dentro también, y que también hacer falta mirarse y verla. Y dejarla en paz, sin más.