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Nuestras opiniones sobre los demás nos hacen sufrir

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The Drawing hand, vía Grafolio

 

Esto es algo que percibo mucho, y una trampa en la que yo también he caído durante mucho tiempo. Me pasaba a mi a menudo y veo que le pasa a mucha gente.

Cuando te pasa algo con otra persona sufres doble. Por una parte sufres por el disgusto, sea el que sea: alguien que te ha dejado plantado, que no te ha tenido en consideración, alguien que te ha decepcionado, con quien has discutido, esa persona que tanto quieres y ves que te tiene en cuenta tanto como tu a ella, el compañero de trabajo que te clava la puñalada y mil cosas y casos más.

Es normal sufrir por una decepción o un maltrago. Pero nosotros, que todo lo pasamos por el ego, por el tamiz que todo lo filtra en clave personal, sufrimos también por la opinión que nos merece lo que ha pasado. El típico: “¿Cómo ha podido hacerme esto a mi con lo que yo la quiero, o con lo que yo hago por ella? Esas opiniones nos llevan incluso al peor de los sufrimientos, porque es algo que nos cuesta más gestionar que el disgusto en sí, que la gente a la que quieres no te respete es duro de roer.

El día que te das cuenta (después de un larguísimo proceso de años de maduración) que nada de lo que ocurre es personal, tu vida cambia. Te quitas de encima la gran losa de sufrir por la opinión que te merece lo que te pasa en la vida. Dejas de sentirte víctima, de sentirte menospreciado e infravalorado, y eso te lleva a pasar los maltragos con mucha más fuerza emocional, a vivir la vida, con todo lo que conlleva, sin que por eso tengas que sufrir el doble.

La gente no te clava la puñalada porque eres tu, lo que hacen los demás no es tuyo, lo que te hacen es suyo.

Construir tu propio suelo, por Mireia Simó

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Ilustración de Lisa Stubbs

 

Leyendo el post de Cris del domingo pasado me acordé de aquello que decía Fritz Perls, uno de los principales creadores de la Terapia Gestalt, sobre hacerse mayor. Él decía que madurar consistía en pasar del apoyo ambiental o dependencia al autoapoyo. Cuando un bebé nace, necesita al otro para todo, las palabras, la mirada, los mensajes, las caricias, el afecto, el alimento, para nutrirse, para sobrevivir, para ir creciendo y formándose como una persona diferenciada.

Conforme van pasando los años, y a partir de las experiencias relacionales vamos construyendo nuestro propio yo. Vamos haciendo sólido nuestro propio suelo y los cimientos de nuestra propia casa.
El énfasis en precipitar la autonomía de los niños y niñas lo que suele facilitar son personas adultas inseguras. Si no satisfacemos la necesidad de dependencia infantil no podremos ser independientes más tarde.

Si pretendemos que los niños y niñas hagan todo solos antes de tiempo, sobre todo, aquello que tiene que ver con necesidades emocionales, seguramente no tendrán la confianza suficiente ni el autoapoyo necesario en su vida adulta para afrontar las vivencias cotidianas.

Nuestro organismo, para estar sano, tiende al equilibrio. Cuando surge una necesidad esta quietud se altera, hasta que logramos satisfacerla volviendo así de nuevo a un estado de calma. Si tengo sed y bebo agua en la cantidad adecuada, mi necesidad se queda satisfecha, las ganas de beber se van al fondo, ya no están presentes. Si tengo sed y solo me mojo los labios, seguiré teniendo sed y allí donde vaya buscaré líquidos que puedan calmar mi necesidad insatisfecha.

Para que yo confíe en mi misma tengo que haber tenido antes la experiencia relacional de confianza. Para tener un buen auto apoyo antes he tenido que tener satisfecha la necesidad de apoyo ambiental o dependencia. Nos desarrollamos a partir de lo que registramos en nuestras experiencias relacionales.
Si nos quedamos a mitad trataremos de satisfacer las carencias eternamente, en cada oportunidad de relación, en cada experiencia vivida. Y entonces seremos personas adultas que necesitaremos continuamente la aprobación de los demás, que estaremos tan pendientes de lo de afuera, que no nos quedará atención disponible para centrarla en aquello que tiene que ver con sentirnos a gusto con nuestra esencia.

“Muchas cosas me importan un bledo”, como escribía el otro día Cris en su post, es como decir que no necesitamos el reconocimiento del afuera. Que nos gusta recibirlo sí claro, sin embargo, es saber que si no lo tengo no me muero, ni me angustio, ni me destroza, ni eso interrumpe mi vida.

No es que seamos “más pasotas”, es que no necesitamos la confirmación del mundo para legitimar ni nuestras experiencias ni nuestra persona, no lo necesitamos porque eso ocurre desde dentro. Y eso no significa que no necesitemos a los demás, claro que nos necesitamos! No es aislarse, no es ser autosuficiente, es saber que yo puedo hacer las cosas por mí misma, y si me encuentro con otro que me acompaña estupendo y si no, pues a seguir igualmente.

Y cuanto más auto apoyo tenemos, más disponibles estamos para vibrar con la vida, para darnos el permiso de emocionarnos, para aceptar los acontecimientos, para sentirnos bien con nosotros y nosotras mismas, para tener más claro lo que necesitamos, lo que nos gusta y lo que queremos. Para encontrar la fuerza y ser congruentes en nuestros actos, para responsabilizarnos de nuestras vidas y no seguir esperando del mundo algo que tiene que venir desde dentro. Para no seguir exigiendo a los demás lo que tenemos en nuestro interior. Así que todo tiene su sentido.

Construyendo nuestro propio suelo es cuando nos podemos encontrar con otro y con la vida de manera genuina. Como dice Carmen Vázquez, terapeuta gestalt de reconocido prestigio:

“Yo hago mis cosas y tú haces las tuyas.
En muchas de las cosas que hago, tú tienes mucho que ver,
Y en muchas de tus cosas yo he contribuido.
Yo puedo ser yo contigo mientras tú puedas ser tú conmigo.
Yo seré yo mientras tú seas tú;
Y aunque por casualidad nos hayamos encontrado,
Continuemos juntos o separados,
Nuestra vida nunca volverá a ser la misma ya que
Nuestro encuentro nos habrá enriquecido”.

Por cierto, esto se consigue madurando en la vida y también es el objetivo del proceso terapéutico. Como una vez leí por las redes sociales, a terapia no solo va la gente que tiene problemas, problemas los tenemos todos, a terapia van las personas que están comprometidas con su vida y quieren ser conscientes y hacer algo para mejorarla.

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).

 

I don’t give a fuck y también lloro

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The Drawing Hand, vía Grafolio

 

El principio del título de este post hace referencia a un artículo que vi en redes sociales el otro día y que podéis leer aquí.

Básicamente dice que cuanto más mayor te haces más cosas te importan un bledo (give a fuck), cosas como las opiniones de la gente, los dictados ridículos de la moda, morderte la lengua, tus errores, quedar bien con los demás, tener un cuerpo perfecto, poder controlarlo todo, y así hasta trece “me importa un bledo”, incluso importarte un bledo que las cosas te importen un bledo.

Y así es, en mi opinión. Al meno yo lo vivo así y observo que lo viven mis amigas, amigos, conocidos, la gente que observo. Pasan los años y vas relativizando, convirtiéndote en más “pasota”. 

A mi ahora la mayoría de las cosas me importan un bledo. I don’t give a fuck about almost everything.

Pero atención, al mismo tiempo, en el otro extremo del espectro emocional, ahora más que nunca lloro por cualquier cosa, mucho más que antes. Lloro en las pelis de dibujos animados, en las bodas, cuando miro algún vídeo de internet de los virales con gran carga emotiva. El otro día puse en clase la peli “Mamma mía” en versión original, y me puse varias veces a llorar, en las escenas musicales!!

Y en este punto llego a donde siempre me gusta llegar, a las dualidades. Con el tiempo me he vuelto más extremista, es decir, más pasota en un lado del espectro y más sentimental en el otro.

¿Es posible vivir con esta contradicción? Pienso que no solo es posible, sino que además es más sano, como siempre digo, abrazar la dualidad, los opuestos, la contradicción, porque en ello está la totalidad de la complejidad humana, y por tanto, lo que es más natural para nuestra esencia.

Y lo que es natural es que no te importe lo que no es importante: lo banal y te importe lo que sí lo es: lo esencial. Y eso es lo que me ha pasado con el tiempo, afortunadamente. Algo bueno tiene que tener hacerse mayor.

 

 

 

¡Qué bonito, pero qué caro!

Post publicado por primera vez el 22 de noviembre 2014

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Ilustración de Liekeland

El otro día hablábamos sobre este tema en un hilo en redes sociales, esta es una frase que se escucha muchísimo en nuestro entorno, en el de los artesanos, artistas, y pequeños emprendedores y que tire la primera piedra quien no la haya pronunciado alguna vez. Pero bien, no es lo mismo decir: qué bonito, pero qué caro ante la foto de un apartamento de un millón de euros en la calle más cara de cualquier ciudad europea, que decirlo ante una taza de cerámica pintada a mano que cuesta 30 euros. Hay una gran diferencia y no lo digo por la cifra.

Vaya por delante decir que en el terreno de los precios hay abusos en muchos productos, sean del tipo que sean pero el lamento de aquel hilo es el que oigo a diario a la mayoría de pequeños productores con los que hablo, incluso yo misma lo vivo con mis proyectos. “No vendo mis creaciones porque la gente las encuentra caras”. Un momento: ¿Es cara una taza de 30 euros en la que se ha invertido más de una hora en hacerla y pintarla a mano?, ¿Una bufanda tricotada con lana de calidad? ¿Un bolso cosido a mano con telas naturales? ¿Una tarta casera?

En el terreno del “pricing” (así llaman en inglés al ponerle precio a las cosas), se distingue entre el coste y el valor. No es lo mismo lo que algo cuesta, que lo que algo vale. Es fácil verlo así: un apartamento que cuesta un millón de euros es caro (quizás muchos digan que no, que son las leyes de la oferta y la demanda, pero bien, eso es otro tema) Una taza hecha a mano que cuesta 30 euros no es cara, de hecho es barata. Y digo barata a propósito, porque barata tiene una connotación distinta a económica, porque al final lo que pasa con toda esta historia es que los propios artesanos están devaluando sus propias creaciones, rebajando sus precios y “abaratando” el entorno, con las buenas intenciones de poder vender a todos aquellos que de esta manera tan casual y rutinaria exclaman: ¡Qué bonito, pero qué caro! Vender una taza ilustrada a mano por 15 euros no beneficia a nadie, al contrario.

Lejos de querer crear polémica porque sé que el tema de los precios es muy delicado, lo que me gustaría resaltar es el valor real de lo que está hecho a mano, o en pequeñas producciones mixtas, animar a que se vea y se mida con el criterio justo, y crítico, también, porqué no decirlo, pero para ser crítico uno tiene que informarse y saber qué hay detrás de cada proyecto y que la próxima vez que pensemos: es bonito pero es caro, veamos si estamos hablando de lo que cuesta o de lo que vale. Lo suelo comentar en el acompañamiento: tu cliente es quien aprecia lo que vale tu producto (o quien puede permitírselo).

Hablando de permitírselo, muchas veces pensamos que no podemos permitirnos algo más costoso pero compramos sinsentido. Esas sí que son, en realidad, compras caras. Tener 5 vestidos de 20 euros sale muchas veces más caro que comprar una prenda de 100 euros, prenda que seguramente será atemporal, bien hecha, de calidad, y con un gusto exquisito y la usaremos durante años, por no entrar en cómo, de qué manera, dónde y quién produce vestidos a 20 euros. Mi madre suele decirlo: “todo lo barato es caro”, aunque luego es la primera que mira los precios con lupa y también pronuncia constantemente la frase en cuestión.

 

La vergüenza se supera con vulnerabilidad

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La vulnerabilidad es algo que siempre se valora en negativo, sin embargo, no puede ser más positivo. Nadie quiere ser vulnerable, por miedo a que te hagan daño, pero ir desnudo por la vida (pues eso es la vulnerabilidad) solo puede traerte cosas buenas. Una de ellas es superar la vergüenza.

Siempre que viene a cuento recomiendo la lectura de Brené Brown, o el visionado de alguno de sus vídeos, para entender la importancia de la vulnerabilidad y del porqué no hay que recubrirse el cuerpo y sobre todo el alma con corazas, con escudos, capas de cebolla, ya que la esencia está en el centro, y la esencia es lo más valioso. Por cierto, de sentirse valioso va el tema.

Brené Brown es doctora por la Universidad de Houston y se ha pasado los últimos 13 años estudiando la vulnerabilidad, el coraje, el valor y la vergüenza. Ha escrito varios libros, tres de los cuales han sido #1 New York Times bestsellers, y tiene una plataforma online que constituye una comunidad de seguidores súper nutrida. Su charla TED del 2010 titulada “El poder de la vulnerabilidad” es una de las 5 más vistas en la historia de TED con más de 25 millones de visionados. Os recomiendo que la veáis si no la conocéis.

Resumiendo su investigación y espero explicarlo bien, porque pienso que entender esto, entenderlo profundamente, te lleva a entender muchísimas cosas acerca del comportamiento humano y a ser más consciente de tu propio comportamiento.

Brené empezó su investigación estudiando el concepto de “vergüenza” y el concepto de “conexión”. Y descubrió un modelo de comportamiento en la gente que sentía vergüenza. Este tipo de gente sentía con frecuencia vergüenza porque no se sentían válidos, no pensaban que valían lo suficiente. No se sentían suficiente listos, suficiente guapos, suficiente valiosos para los demás, suficiente válidos para ser queridos y para pertenecer. Y por tanto les costaba más conectar.

De las miles y miles de entrevistas que realizó durante años separó aquellas que mostraban el mismo modelo de comportamiento, y encontró que aquellos que no sentían vergüenza, abrazaban la vulnerabilidad, la imperfección, los mal tragos de la vida, y que al hacer esto, poseían lo que ella llamó “whole-heartness” que se podría traducir como “plenitud en el corazón”. La gente en este grupo, al abrazar la incertidumbre, al caminar por la vida desnudos, eran también más capaces de vivir con alegría y con gratitud.

Mientras que quien no abrazaba la vulnerabilidad, por miedo y por vergüenza, al tener que insensibilizarse hacia la parte negativa de la existencia, es decir, al tener que huir del miedo, o de esconderse de lo que les produce vergüenza, también se insensibilizaban de la parte positiva: de la alegría, la autenticidad y la gratitud.

A Brené este descubrimiento le causó una crisis existencial, porque acostumbrada a su manera de vivir, sus hallazgos le parecieron contradictorios. Escuchad la charla y poned los subtítulos. No es fácil de asimilar a la primera pero si lo piensas, todo lo que dice es de sentido común, porque solo cuando te desnudas puedes sentir plenamente, cuando te quitas las corazas. Los que no se desnudan, los que no aceptan sus imperfecciones, por miedo, por vergüenza, curiosamente son los que parecen más seguros y más fuertes, pero esto es simple fachada, es la fachada que construimos para esconder lo otro.

Se produce una especie de contradicción pero es de lo más lógica. Para superar la vergüenza (y la vergüenza es miedo), no hay que esconderse, sino exponerse.

Ser vulnerable, saberse vulnerable, abrazar la imperfección, sentirse suficientes, valiosos. Esas son las claves.  

 

No estamos preparados para la vida

Anna Kövecses

Anna Kövecses

 

Dicen que no estamos preparados para la muerte. Me da la impresión de que tampoco estamos preparados para la vida.

Puse esta frase el otro día en mi perfil de Facebook y avisé que este sería el inicio del post del domingo, y pienso que la gente creyó que iba a hablar de que hay que saber aprovechar la vida, vivir el momento, no dejar que nos pase aquello que decía Lennon, que la vida es todo aquello que sucede mientras estás haciendo planes.

Pero no, no quería ir por ahí, aunque ciertamente lo suscribo, pero esa es una idea ya sobradamente captada (aunque sólo sea en teoría).

La idea que quiero aportar es esta: para lo que no estamos preparados es para los sinsabores, perdidas, soledades e injusticias que conlleva la vida. El lado triste y duro de la existencia es consustancial a la vida, sin embargo lo gestionamos a duras penas, y en muchos casos nos lleva a bajones particularmente potentes.

Pero no lo voy a argumentar con el consabido “hay que prepararse para la vida desde niño, para curtirse” o el consabido “cuántos más golpes te da la vida más maduras y creces, más fuerte te haces”.

No, todo lo contrario, pienso que cuánto más feliz eres de niño más preparado estás para todo lo que te trae la vida, más fuerte anímicamente. Cuanto más cubiertas tienes tus necesidades emocionales más preparado estás para la batalla diaria. Sentirse bien por dentro es un refuerzo, no una debilidad.

Tuve una infancia dura, pero eso no me preparó para no sufrir, al contrario, me preparó para sufrir más durante mi edad adulta, no me hizo más fuerte, me hizo más débil (aunque toda mi vida he pensado lo contrario, hasta muy recientemente). Solo ahora a partir de los cuarenta he rendido cuentas con el pasado, he dejado de estar enfadada con la vida, he tranquilizado mi alma y he integrado un montón de cosas, como por ejemplo que hay cosas que nunca viviré y que nunca recuperaré (y no puedo hacer nada porque la vida es así). 

Que el ser humano sea resilente no quiere decir que sea conveniente que tu vida sea una carrera de obstáculos, no hace falta curtirse desde pequeño. Preferiría ser menos sabia y menos madura y haber pasado una infancia más feliz. Cuando veo un niño con sus necesidades emocionales cubiertas veo a un adulto que será sabio por naturaleza, con la sabiduría que te da haber estado siempre emocionalmente tranquilo, no por los ajustes que has tenido que hacer para no naufragar. 

Lo veo todos los días en el instituto, los niños que tienen “problemas” suelen tener algún tipo de carencia emocional, y no, no son los más fuertes y preparados para el día a día, los más fuertes ante la frustración, la adversidad, los conflictos, y todas esas cosas que pasan en un entorno como es el escolar son los más tranquilos, los que están más en paz consigo mismos, los que más han sido arropados desde casa.

Leí no se donde que era más intensa la tristeza que la alegría, y también que duraba más. Y si os paráis a observar vuestro entorno y a vosotros mismos lo notaréis. ¿Qué os afecta y dura más, un bajón o una alegría?

Yo diría que no es que la tristeza sea más intensa, es que estamos poco preparados para soportarla, para gestionarla e integrarla. ¿Porqué? Creo que es porque, en general, nuestras necesidades profundas no han sido cubiertas, y llevamos mucho tiempo ajustando. Por supuesto habrá más factores y no quiero simplificar algo que es muy complejo pero pienso que esta razón es remarcable.

Lo digo siempre que puedo, y lo voy a volver a decir porque todo lo que he argumentado me lleva ahí: el mundo solo puede cambiar si cambia la manera de criar a los niños, si cambian los primeros años de crianza, con una atención totalmente respetuosa a sus ritmos y a su esencia, para crecer emocionalmente tranquilos y plenos. (Y así poder navegar por la vida sin miedo a naufragar y con entereza y serenidad cuando se ha naufragado).