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Maestros, artículo de Elena Ferro para Kireei 7

La siguiente es una introducción del artículo MAESTROS publicado en Kireei 7, escrito por Elena Ferro y diseñado e ilustrado por Rocío Mejías (Ciofont). En nuevos posts iremos publicando la aportación que nos han brindado todos los profesores que han colaborado en este precioso y profundo artículo. Desde Kireei les enviamos un millón de gracias por transmitirnos su visión de cómo es y cómo debería ser la escuela.

 

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La escuela es mucho más que un edificio. Sin embargo, cuando pensamos en la escuela es posible que no vayamos mucho más allá. “Es un edificio en el que hay alumnos y maestros, donde se enseña (¿el qué?)”.
Del mismo modo que se recrimina a docentes y administraciones que a menudo traten a los alumnos como si fueran un simple número, la sociedad tiende a pensar en los maestros como individuos estereotipados e intercambiables (punto este último que parece suscribir la Administración a tenor del sistema de provisión de puestos docentes vigente).
Familias, alumnos y docentes no son roles, son individuos con historia, ideología, sentimientos y preocupaciones, tejiendo una red de relaciones humanas entre ellos y con su entorno que determinará el contexto en el que se realizará el aprendizaje.
¿Y cuál es el papel del maestro en ese contexto? Quiero dejar de hablar del rol del maestro en genérico y no se me ha ocurrido nada mejor que empezar a hablar de maestros concretos. Es cierto que mi elección no es inocente. Los cinco docentes que os voy a presentar han sido escogidos porque me gustaría trabajar con ellos o tenerlos en la escuela de mis hijos. Están jubilados o en activo, cuentan con amplia experiencia o inician su carrera, son de primaria o de secundaria, hombres y mujeres. Os invito a conocerlos y a ver la escuela a través de su mirada.

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Carme Alemany
“Incluso en las peores condiciones siempre han existido buenos maestros y buenas escuelas; una cosa es el sistema y otra los profesionales.”
“Es muy difícil formar equipos coherentes y luchadores cambiando cada curso una gran parte del personal.”

Joan Girona
“En cada ciudad hay un centro gueto donde se reúnen todas las familias en riesgo de marginación social.”
“Los maestros también son ciudadanos que deben implicarse en el cambio para transformar las condiciones sociales.”

Manel Guzmán
“En el saco de las pedagogías “alternativas” hay modelos diametralmente opuestos, incluso en cuanto a finalidades educativas y sociales.”
“La educación es un acto vivo, dinámico y orgánico, que tiene lugar en la primera línea de fuego: el aula.”

Sergi del Moral
“Las escuelas son lugares maravillosos: por difíciles que sean las circunstancias, son espacios llenos de vida, de pequeñas personas con ganas de crecer y de aprender.”
“Los cambios que me interesan no son necesarios para el futuro, ¡lo son ahora!”

Begonya Folch
“El sistema, obsoleto, ya se habría derrumbado hace tiempo si no fuera por los maestros que salvan cada día a la escuela del naufragio.”
“Aprender duele, es abandonar una zona segura y confortable para adentrarse en lo desconocido. Y eso solo puede hacerse si se alimenta de confianza.”
“El profesor debe ser un creador de condiciones y necesidades, porque es de la necesidad de donde surge el aprendizaje.”

 

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Los discursos no nos salvarán

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Harto de sir Ken Robinson se manifestaba el otro día en twitter un profesor de secundaria al que admiro mucho por su labor y compromiso. Enseguida surgieron voces sorprendidas. “¿Cómo? ¿Por qué criticas a Ken Robinson? ¡A mi me abrió los ojos.”

Lo cierto que no es la primera vez que noto señales de esta insatisfacción y agotamiento entre los docentes, sobre todo entre aquellos que llevan tiempo planteándose cambios. No me refiero a una crítica personalizada en Ken Robinson sinó a una más general, que denuncia el exceso de teóricos que nos muestran lo mal que está la educación y la necesidad de abordar cambios genéricos, normalmente todo envuelto en un bonito discurso con palabras grandilocuentes y frases “para compartir en Facebook”. Algunos son gurús que hablan sin fundamento. Otros, como creo que es el caso de sir Ken Robinson, sí saben de lo que hablan y son útiles para despertar consciencias. Pero una vez abiertos los ojos… “¿qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?”, esa es la pregunta crucial.

Decir “qué mal está todo” y “necesitamos una escuela creativa, que prepare para aprender durante toda la vida” es fácil. Lo difícil es cómo hacerlo.
Tengo la sensación de que muchísima gente cree que para hacerlo realidad basta con hacer “algo diferente”. Que cualquier “escuela alternativa” es mejor que la tradicional. Que el cambio es bueno en sí mismo. Veo a muchos profesionales incorporar creencias y preferencias personales a su práctica diaria, sin tener en cuenta la realidad social en la que trabajan o los resultados obtenidos. Veo a familias demandando soluciones individuales sin tener en cuenta el impacto colectivo. Veo a administraciones oscilando entre la rigidez y el “parcheo” del sistema. Intentando evitar cambios y, a la vez, dando algunos palos de ciego por si acaso aciertan la piñata y cae el premio gordo. Veo cursos de formación para docentes que predican las bondades de una manera diferente de enseñar… enseñando con el sistema de lección magistral desde una tarima. Y me veo a mi misma, en este momento, haciendo lo mismo que empezaba denunciando: “¡qué mal está todo!”.

Por suerte hay algunas personas que han decidido dar un paso más, centrarse en la acción y no en el discurso. Resolver problemas concretos en vez de simplemente enunciarlos y dejarlos melancólicamente en el aire por si se arreglan por arte de magia. A modo de excelente ejemplo os invito a conocer la experiencia del #betacamp, que tuvo lugar este verano durante cuatro días en una casa de colonias. Una formación para docentes, protagonizada por docentes, centrada en los intereses de cada uno de los participantes y que basa el crecimiento profesional en una relación horizontal entre aprendices, que promueve la colaboración y el aprendizaje entre iguales. Es decir, hacer lo que se predica. Podéis leer el relato de Abraham de la Fuente (en castellano) o el de Sergi del Moral (en catalán) si os interesa conocer la experiencia de primera mano.

En mi opinión, para el cambio educativo hacen falta dos cosas:

1. Docentes que lleven la renovación a pie de aula (no docentes de grandes discursos en twitter y práctica corriente en el aula). Esos docentes se unirán en red a otros, aprenderán entre iguales y compartirán sus experiencias, o no lo conseguirán solos.

2. Familias que además de buscar la mejor solución inmediata para sus hijos tengan mirada larga y conciencia colectiva. Que piensen no solamente en la formación de sus hijos sino también en la sociedad del futuro en la que tendrán que vivir y que, evidentemente, estará condicionada por la educación que reciban todos los niños del presente.

Yo lo tengo claro: dado que los discursos no nos salvarán, menos discursos y más betacamp.

 

 

 

Equivocarse

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Ilustración de Giovana Medeiros

 

Esta es una de las cosas por las que más nos castigamos, por aquello que percibimos como nuestras grandes equivocaciones.

Yo también lo digo: “me he equivocado”. Y ciertamente me equivoco todos los días, y a lo largo de la vida he tenido grandes equivocaciones. Pero esto es lo que digo, para entendernos, pero no es lo me cuento a mi misma. 

Nuestras creencias dirigen nuestras vidas y no me refiero a las espirituales, sino a lo que hemos integrado como nuestra verdad, nuestra cultura personal, lo que visualizamos como correcto. Si creemos que nos hemos equivocado, entonces pasamos toda la vida convencidos de que aquello o lo otro fue una gran equivocación, que cambió nuestras vidas, que nos hundió en la miseria, que nos hizo sentirnos terriblemente, perder oportunidades, meter la pata delante de los demás, quedarnos solos, perder algo o a alguien importante y un sinfín de malas jugadas, nefastas decisiones.

Si creemos otra cosa, si le damos la vuelta y nos contamos otra historia, aquello que etiquetamos como nuestras grandes equivocaciones no tienen porque serlo. Porque, ¿cuantas cosas de las que etiquetamos como aciertos podrían haber sido equivocaciones? Nunca lo sabremos. Si pudiéramos saberlo estoy segura de que nos sorprenderíamos. La pareja que elegiste, por ejemplo, si no hubiese funcionado, ahora estarías pensando que te equivocaste. Pero funcionó. 

Adonde quiero llegar es a ver las equivocaciones simplemente como vida. Porque ciertamente, si no te atreves no vives. Y cuando te atreves, por supuesto que no siempre encaja todo. Aunque parece que a algunas personas sí que les encaja siempre todo. Pero no, lo normal es que no. De todas las veces que pierdes el miedo, y te atreves y tomas decisiones, por supuesto, en algunas ocasiones, te equivocas.

Intento no darle demasiadas vueltas a mis decisiones “catastróficas” por llamarlas de alguna manera. Si lo pienso bien, ¿cuántas veces podría haber fracasado y sin embargo, ha pasado lo contrario? Lo importante es tomar decisiones, atreverse, vivir.

Vivir es equivocarse y equivocarse vivir. ¿Y cuando volvemos a tropezar con la misma piedra? Pues también nos puede pasar. ¿Qué hay de malo en ello? A veces necesitamos muchos tropezones hasta que integramos algo importante y no pasa nada.

No pasa nada, si te cuentas a ti mismo que no pasa nada. Y no me refiero a no tener en cuenta que muchas veces hay terceros involucrados, a quienes dañamos. Eso también es vida, y por supuesto, hay que poner toda nuestra energía en evitar dañar a otros, pero a lo que me refiero es a cuidar también mucho lo que nos contamos a nosotros mismos. A tenernos también muy en cuenta y no castigarnos constantemente. ¿No lo haríamos así con los demás?

Por tanto, varias cosas: permitirse equivocarse, ver las equivocaciones como parte de la vida que además te llevan a crecer, y finalmente, lo más importante, atreverse, no dejar de vivir por miedo a equivocarse.

 

 

Sentirse bien

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No hay nada como sentirse bien.

Lo que acabo de decir parece una perogrullada pero yo no lo había visto tan claro hasta ahora, a mis 45 años.

No, no hay nada más importante. Ni el dinero, ni el trabajo, ni siquiera el amor. Sin sentirse bien con uno mismo todo lo demás cojea. O simplemente nos ponemos una venda en los ojos, porque ¿cómo no vamos a estar bien si lo tenemos todo? Pero a veces, aún teniéndolo todo, no estamos bien.

En los últimos años me he acercado mucho a ese estado de bienestar del que hablo, estado que no es que sea definitivo, y tampoco me propongo una meta que deba alcanzar, porque en realidad, una de las cosas que me han llevado a sentirme bien es aceptar las cosas como son, y no siempre son completas, ni creo que lo vayan a ser nunca. No es que haya dejado de soñar tampoco.

Aceptación…que no quiere decir resignación.

La aceptación es en gran parte lo que me ha llevado a sentirme bien y otra cosa crucial también: haber vencido el miedo.

Aceptar las cosas como son. Vencer el miedo. No me extenderé más ahora, ya lo haré en otros posts, porque todo va enlazado.

¿Y vosotros? ¿Qué necesitáis para sentiros bien? No vale decir nada externo, nada que no dependa de vosotros. Se trata aquí de descubrir quien eres, qué necesitas realmente. Espero vuestros comentarios.

 

Micromaltrato: la parte oculta del iceberg

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Hace unos días vi un vídeo hecho con un móvil en la calle. Un grupo de personas de piel negra había sido parado por la calle por la policía – no sé en qué país – y uno de ellos abría su mochila con mucha rabia, esparcía por la acera un mono azul y otras piezas de ropa y empezaba a voz en grito un discurso de rabia y desesperación: “Solo es ropa de trabajo. Voy al trabajo. ¿Por qué mi prisa es sospechosa y la de ellos no? ¡Porque ellos son blancos! Soy un ciudadano, tengo derechos como los demás. A ellos no los paras. ¿Por qué a mi sí? ¡Porque soy negro, soy sospechoso!”. Viéndolo se me ponía un nudo en la garganta. No es la primera vez que leo testimonios como este. Recuerdo el de una mujer – blanca – que había adoptado a un niño – negro – y acabando este de entrar en la adolescencia, su hijo ya había sido parado por la policía y tomado por sospechoso, mientras que sus amigos blancos – vestidos igual, educados igual, comportándose igual – no.  Si tienes el color de piel “correcto” nunca vas a experimentar una serie de situaciones injustas, y a algunos quizá les resulte difícil empatizar con los que sí las viven. “Son victimistas”, “algo habrán hecho”, “no hay para tanto”…

Homosexuales, mujeres, pobres, minorías étnicas, hablantes de lenguas minorizadas, ancianos, niños… Todos excepto los carentes de humanidad nos vamos a solidarizar con estos colectivos cuando sufren grandes discriminaciones o agresiones físicas. Sin embargo, su sufrimiento diario se debe a pequeños micromaltratos. Muchas veces esos micromaltratos han sido asumidos por los maltratados y ni siquiera son capaces de detectarlos. Es posible que incluso se hayan creído que son merecedores de ellos, que es lo normal. En el caso de las mujeres, esto se conoce como micromachismos. El menosprecio, el “eres una nenaza”, el referirse a las mujeres solo acerca de su belleza o su posición respecto al hombre, el ninguneo, el estereotipo… Es la parte del iceberg que no se ve, y la que es realmente peligrosa. La que es capaz de hundir el Titanic.

Frente a las acusaciones de victimismo, frente al fastidio por el uso de un lenguaje políticamente correcto (a menudo usado para evitar la reflexión profunda sobre el problema), frente a la pasividad, ¿qué podemos hacer?

Poner de manifiesto cada pequeño micromatrato, microdiscriminación; esos actos invisibles diarios, que gota a gota van llenando el vaso de la desigualdad. Y, sobre todo, intentar empatizar. Si eres blanco, si eres hombre, si eres un adulto en plenitud de capacidades, si tu lengua materna – la de tus afectos – es una lengua de uso internacional, si tienes un buen trabajo, si eres heterosexual… ponte por un día en la piel de aquel que es otra cosa, pero que es capaz de sentir la injusticia como la sentirías tú.

 

Nada es importante, todo es importante

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Me encanta hablar de las dualidades, ya lo sabéis. De los opuestos. Entiendo la vida como la unión de los dos extremos, como el puente que va desde una parte a la otra. Pienso que vivir atendiendo solo un extremo es no tener en cuenta toda la complejidad, lo integral. Mi lema es: “abraza la dualidad”.

Alguien dijo que lo contrario de una verdad es otra verdad. En los refranes se aprecia bien la idea. “A quien madruga Dios le ayuda”, sin embargo “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Válidos ambos, ¿verdad?

La dualidad del título del post de hoy también es válida en ambos casos, en mi opinión. No quiero escribir hoy un post muy largo, ya me explayé ayer largo y tendido. Creo que el título se entiende perfectamente.

Nada es importante, absolutamente nada…excepto las tres o cuatro cosas importante que todos sabemos: nuestra integridad, la de los nuestros, los derechos universales para uno mismo, para los demás y para el mundo…y poca cosa más.

El otro día hablaba de salir de nuestro ombligo, de vaciar mochila. Cuando lo haces y miras la vida desde fuera aprecias de manera potente que nada es importante, que no se acaba el mundo por nada. Sin embargo, vivimos nuestras pequeñas vidas aferrados a las pequeñas vicisitudes del día a día, cargados de los malestares que el mundo nos ocasiona. Y menos mal que suele ser cierto ese refrán de “mañana será otro día” y el de “no hay mal que dure cien años”. Y se nos pasan pronto, los malestares. Señal de que nada es tan importante. Pero ojo, muchos malestares somos incapaces de dejarlos atrás, yo la primera.

Por otra parte, todo es importante. ¿Porqué no?

Cada uno es libre de decidir a qué le otorga importancia y a qué no, nadie nos quita eso. Es común la frase bienintencionada “no te preocupes, no es importante”. Pero no, eso no es empatía. Para mi en estos momentos esto es importante y de momento necesito vivirlo así. Hasta que ya no lo sea. Ya le quitaré yo el hierro cuando sea mi momento.

Y también es importante lo insignificante, lo pequeño, lo cotidiano, la vida de cada uno, tal y como decidimos vivirla, otorgándole magia allá donde queremos verla. Porque eso es la magia. 

Cierro el post con este precioso poema de Mary Oliver, que habla de esto. Feliz domingo de importancias grandes, pequeñas e inexistentes.

The summer day

Who made the world?
Who made the swan, and the black bear?
Who made the grasshopper?
This grasshopper, I mean-
the one who has flung herself out of the grass,
the one who is eating sugar out of my hand,
who is moving her jaws back and forth instead of up and down-
who is gazing around with her enormous and complicated eyes.
Now she lifts her pale forearms and thoroughly washes her face.
Now she snaps her wings open, and floats away.

I don’t know exactly what a prayer is.
I do know how to pay attention, how to fall down
into the grass, how to kneel down in the grass,
how to be idle and blessed, how to stroll through the fields,
which is what I have been doing all day.
Tell me, what else should I have done?
Doesn’t everything die at last, and too soon?
Tell me, what is it you plan to do
With your one wild and precious life?

El día de verano

¿Quién creó el mundo?
¿Quién dio forma al cisne, al oso negro?
¿Quién hizo al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que acaba de saltar en la hierba,
el que ahora come azúcar de mi mano,
el que mueve las fauces de atrás para adelante y no de arriba abajo,
el que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta una de sus patas y se lava la cara cuidadosamente.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.

No sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?
Dime, ¿qué planeas hacer con tu salvaje y preciosa vida?