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Salir de Matrix

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No se me ocurría cómo retomar mis posts de domingo, hasta ayer por la noche no había decidido sobre qué reflexionar. Hasta que me dije: “empecemos por el principio”.

En mi vida hay muchos antes y después y uno de ellos es el antes y después que ha supuesto el entorno de internet en el que empecé a navegar hace unos 10 años y todos los entornos que han ido enlazándose, como suele pasar cuando haces click en un sitio y tiempo después apareces en otro que hace click en tu cabeza, que te abre todo un mundo. Seguro que también os ha pasado. De hecho, estar ahora aquí, en Kireei, es fruto de todo ese proceso de navegación y de descubrimiento y conexión. Anteriormente había usado internet, cuando aún estaba en pañales pero lo hacía con fines pedagógicos. Recuerdo cuando propuse a los chavales en mis clases de inglés en secundaria, abrirse un blog para publicar en inglés, aquellos primeros blogspot. Fue divertido y motivador, toda una novedad.

Pero bien, a lo que voy. La expresión “Salir de Matrix” la escuché y usé por primera vez en los foros de crianza en los que empecé a navegar por internet hace unos 10 años. Luego la he escuchado en otros entornos también, incluso en política. 

Seguro que conocéis la película, “Matrix” y la metáfora que presenta. Salir de Matrix se refiere en la película a salir del mundo-cárcel en el que viven los protagonistas y escapar al mundo real. Se trata de una alegoría a la libertad. No voy a entrar en el intrincado guión de la película, porque además entraríamos a discutir ese mundo real que en la película es desolador. Solamente quiero quedarme con esa sencilla metáfora.

Internet ya sabéis lo que nos ha permitido a todos, hablando en positivo: acceder a información y comunidades de gente más afines a nuestra manera de ver el mundo. En el entorno de la creatividad esta ventana ha hecho posible que se haya formado esta gran comunidad nuestra que se ha formado, y que hayamos podido compartir infinidad de información y recursos. En muchos otros ámbitos, también. Y el acceso al conocimiento y el poder compartirlo horizontalmente nos ha hecho a todos más libres, porque saber te hace más libre. Esa es una de las maneras que tenemos de salir de Matrix, informándonos, indagando en las fuentes y siendo críticos para actuar con más criterio. Internet ha supuesto en estos diez años para mi, un gran salto fuera de Matrix.

Y no solo por internet, sino por mi propia evolución también ha habido una salida de Matrix en política, y todo lo que engloba, sobre todo la educación.

Pero ha habido muchos saltos más, sobre todo emocionalmente, o en mis relaciones con los demás, no solo en el área del conocimiento. Salir de Matrix, socialmente, ha supuesto tenerme más en cuenta, ser más consciente de lo que realmente necesito y me gusta y dejar de hacer cosas para pertenecer, cosas que en realidad ni me pertenecían, ni me hacían feliz. Y salir de Matrix emocionalmente o se podría decir incluso que espiritualmente, ha supuesto salir de mi propio ombligo, como comento siempre, y mirar el cuadro entero, no pasarlo todo por mi ego personal, no juzgarlo todo. Salir de mi propia cárcel. 

Nada que yo haya inventado, liberarse del yugo que puede suponer nuestra propia mente es algo que han dicho filósofos, escritores y psicólogos, desde hace siglos. Rebuscando entre citas que guardo encuentro esta de Roosevelt: “Los hombres no son prisioneros de su destino, son prisioneros de sus propias mentes”.

El salto en el conocimiento y la información ha sido importante, porque ha enriquecido mi vida de maneras que antes podía imaginar pero no sabía como conseguir. Me ha abierto mundos a los que antes no tenía acceso. El salto social también ha sido importante. No preocuparme por las apariencias, por qué pensarán de mi, por hacer cosas para ser aceptada o no hacerlas por miedo a ser rechazada. Hacer mi propio camino, tranquilamente y ver cómo no se acaba el mundo. Subida de autoestima inmediata y vivir como quiero vivir.

Pero de todos los saltos fuera de Matrix el más crucial para mi ha sido el tercero, el personal, el que me implica solo a mi con mi relación conmigo misma. Ahora mucho más sana, más libre, con menos mochila.

Y lo que es mejor, que salir de Mátrix del todo ya no me importa, ahora que veo el cuadro entero ya soy más consciente de cuales son las barreras y convivo con ellas, cosa que no quiere decir rendirse o conformarse, simplemente integrar. Salir de Matrix, como expresión, es simplemente anecdótica, a mi me hace gracia su uso, y la peli me gustó bastante, aunque en su momento no la relacioné con todo esto. La libertad personal es lo que me importa, un proceso que es muy lento, y soy consciente de que aún me queda camino pero, de nuevo, no me importa, no tengo prisa… no me la impongo. 

 

 

¿Qué suponen para la mujer las exigencias estéticas?

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Hace unos días vi esta noticia sobre la actriz Tilda Swinton: No os perdáis los comentarios de la actriz sobre su increíble cambio de look. Sé que hay mucha gente que se pregunta cómo puede ser que pudiendo tener este aspecto tan “atractivo”, prefiera ser como es habitualmente. Y pensando sobre esto, el otro día veía con los niños un episodio de la serie Arrow (si no la conocéis es lo de menos) donde todas las mujeres aparecen con una capa de pintura de centímetro, todas con las cejas iguales, todas bien “apretadas” en el vestir… No se trata de que el look guste o desagrade, ni que esté mal ir así (lo aclaro por si es necesario: a mi no me parece mal si a ellas les parece bien, jamás le diría a una mujer que se pinta demasiado o “se arregla” de manera inadecuada: tanto si parece Barbie como si quiere llevar el maquillaje de Kiss a diario).

Se trata de que se da por supuesto que las mujeres simplemente son así. Todas. Con un determinado aspecto del que no pueden apartarse. Y si no lo son, tienen un problema. El maquillaje y los peinados vienen de serie. Vienen tanto de serie que en Falling Skies (sobre una invasión alienígena que ya dura años a estas alturas) todas las mujeres van siempre con el pelo planchado y perfectamente peinadas, y el maquillaje perfecto – no un maquillaje “natural”, no, sombras de ojos, colorete a tope… Pasan hambre, no tienen medicamentos ni antibióticos, ni povidona yodada, ni agua oxigenada, ni agua corriente, pero sí tienen maquillaje y productos capilares, ¡y tiempo para aplicarlos CADA DÍA mientras los aliens los atacan! Y qué decir de Jurassic World, con la protagonista huyendo por la selva con tacones.

Pero, ¿qué supone este modelo de mujer? No sobre la imagen (soy partidaria de que todo el mundo pueda ir como quiera, tanto si quieres tener un look ideal para una fiesta en los Hamptons como el de Björk en un concierto o, por qué no, ir con la cara lavada) sino los simples efectos psicológicos y modificación de la conducta – o, incluso, de la personalidad – que suponen ciertas exigencias estéticas. ¿Qué supone para un ser humano caminar siempre – no ocasionalmente – sobre tacones, que hacen daño y cuando dejan de hacerlo significa que ya tienes tu esqueleto deformado? ¿Qué supone para un ser humano tener que estar todas las horas del día con el automatismo de no frotarse los ojos, no llorar, no tocar demasiado la cara, no morderse los labios, vigilar cuando comes, estarte mirando en el espejo cada vez que puedes para ver si tu maravilloso maquillaje matinal te ha trasformado en una versión del payaso de Micolor a media tarde? Tener que llevar ropa que pica, que aprieta o que es manifiestamente incómoda. Tener que vigilar cómo te sientas. Cómo andas. Si se te ve barriga, si te sale el michelín… ¿En qué clase de ser se transforma una persona que a diario tiene que ocupar sus pensamientos con todo esto?

No quiero esto para mi hija, ni quiero que le digan como a mí me ha pasado alguna vez, “es que tú no te arreglas”, como si estuviera estropeada. A mí no me importa a estas alturas, pero ¿y si a ella, en algún momento de su vida, sí? No quiero que la juzguen por su aspecto físico. Porque, al final, si se rinde y se “arregla”, también la acabarán juzgando negativamente. También habrá quien la critique. Por frívola. O por buscona. O por tonta. Porque las mujeres, ya se sabe…

 

Sonríe más habla menos

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Esta es una frase a tener en cuenta. Cuando me la encontré navegando por internet pensé, mirándola de refilón, que era una frase más pero luego me fijé mejor y me dí cuenta del jugo que tenía. 

No hace falta argumentar el beneficio de sonreír más, es obvio que el mundo necesita más sonrisas pero es que además, los primeros que la necesitamos somos nosotros mismos. 

Dicen los expertos que la sonrisa es el gesto con más contenido emocional positivo que existe. Además, también dicen que la sonrisa no solo aporta alegría al que la recibe, cada vez que sonreímos se produce un efecto bucle de ida y vuelta, de manera que cada sonrisa produce una carga de alegría a quien la emite también. Y además, no solo transforma la sonrisa nuestro cerebro en ese instante sino que además queda “registrada”, y se da un efecto acumulativo. El cerebro “sabe” que has sonreído mucho y te devuelve salud, bienestar y energía.

Estas cosas me fascinan.

Respecto a la segunda parte de la frase, habla menos, di menos, también es algo a aplicarse. Una de las cosas que más necesitamos en nuestras relaciones con los demás es empatía, comprensión, y para eso no hace falta decir nada, solo escuchar activamente. La escucha activa es el mejor acompañamiento, cuando alguien necesita eso, acompañamiento.

Conversar es de ida y vuelta, pero cuántas veces conversamos cuando lo que el otro necesita es escucha! El mal del que pecamos la mayoría es el del “yoismo”, ¿verdad? yo, yo, yo y siempre yo.

Y no hay nada más molesto que necesitar hablar y que te escuchen y que la persona que está delante de ti no te escuche y solo hable de sí misma. Seguro que estáis de acuerdo conmigo en que hay pocas cosas más de agradecer que poder hablar y que te escuchen.

Y si encima es con una sonrisa, el beneficio es mutuo.

 

Hacemos lo que podemos

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Ilustración de Anne Laval

 

Somos expertos en culpabilizarnos, fustigarnos, arrepentirnos. Muchas citas de autores ruedan por ahí con esta idea: “no hay peor enemigo para uno mismo que uno mismo”. A las complicaciones que la vida nos trae de manera inexorable añadimos el látigo que sacamos cada dos por tres para darnos unos cuantos azotes, somos más duros con nosotros mismos que con nadie más. Necesitamos doble energía. Una para lidiar con la vida y otra para lidiar con la historia que nos contamos acerca de lo que nos pasa.

El otro día hablando con una amiga me contaba que se arrepentía de no haber aprovechado mejor los años que pasó en su trabajo anterior. Seguro que os resuena esto, a mi también. El típico: “si pudiera volver atrás” haría las cosas de manera diferente.

He cometido muchos errores en mi vida, como todos. Y también me he culpabilizado por ellos. Aunque con el tiempo me he vuelto más benevolente hacia mi persona. Cada vez empatizo más conmigo misma y me cuento otra historia, la del titulo. Hacemos lo que podemos, en cada momento. Si no sabemos aprovechar mejor nuestros momentos vitales, o no sabemos ver que estamos metidos en algo tóxico es porque no estamos en ese momento preparados para verlo o para aprovecharlo.

Esto no está reñido con querer mejorar, es simplemente una actitud de aceptación hacia cómo va discurriendo nuestra vida, comprender que en cada momento estamos en un punto distinto y si no vemos algo es porque en ese momento no estamos preparados para verlo, llamadlo madurez, o como queráis.

Equivocarse es algo muy digno y ayuda a crecer. En todo momento, haciendo lo que podemos estamos avanzando, siempre hay algo que integraremos más tarde, aunque no sea fácil ver qué. Seguro que conocéis personas que han integrado aprendizajes décadas después, incluso al final de su vida. A veces, incluso retrocedemos para avanzar. En la conversación con mi amiga, las dos nos dimos cuenta de que aunque aparentemente no había aprovechado mejor el tiempo en su anterior trabajo, el aprendizaje vino después. Como decía Steve Jobs: “You can’t connect the dots looking forward; you can only connect them looking backwards. So you have to trust that the dots will somehow connect in your future.”. Unir los puntos mirando hacia atrás. El dibujo lo ves, cuando has unido muchos puntos, cuando te alejas y ves la figura que forman. Tienes que confiar que los puntos se unirán en el futuro.

Hay una esfera en la que esto es muy evidente, en el amor. Cuántas veces nos lamentamos de habernos involucrado en relaciones sentimentales que no solo no fueron felices sino que además nos dañaron. Nos preguntamos al cabo de los años cómo es posible que no lo viéramos. O al revés, nos culpabilizamos por haber arruinado relaciones que años después vemos claramente que eran hermosas y podían haber sido largas y sólidas.

Con los años he entendido, al menos a mi me sirve y lo comparto, por si os sirve, que si no lo vimos es porque no podíamos verlo, porque hacemos lo que podemos, en cada momento de nuestra vida.

 

Cuando el desequilibrio es el equilibrio

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Vía Flickr

En Wonderland hablo mucho de las dualidades, de los opuestos, es un tema recurrente mío. La vida es dual, y es la integración de las dualidades lo que conforma nuestro equilibrio. Todos somos todo, alegres y tristes, activos y pasivos, trabajadores y perezosos, amables y no tan amables, y un infinito etcétera. Saber esto, aceptarlo e integrarlo ayuda mucho a estar tranquilo en la vida.

Dicho esto, ¿porqué no somos más equilibrados?, ¿porqué no somos todo, realmente? Todos somos todo, pero somos más de una de las partes, la que en general reconocemos como nuestros rasgos de personalidad o carácter que suele ser la parte más positiva. Dicen que tendemos a esconder los rasgos más negativos, llevarlos a lo que se conoce como la sombra. Los negamos, no nos gustan, y a la sociedad tampoco le gustan, los tacha, los juzga y como consecuencia se anulan.

Pero no desaparecen, están en la sombra, y salen de vez en cuando, a la palestra, para nuestro disgusto, porque nos hacen sentirnos mal.

Dicho esto, ¿qué hacemos entonces?, ¿nos empeñamos en sacar a la luz nuestra sombra para equilibrarnos? Sí, esa es una manera pero para mi la mejor manera es la de la aceptación y la integración del desequilibrio. Si estamos desequilibrados ¡reconozcámoslo, y aceptémoslo! Si somos hiper sensibles, o súper perfeccionistas, o mega sentimentales, o muy pesados, o muy perezosos, aceptémoslo. Aceptarlo es reírse de uno mismo, y eso es muy sano. O como decía un cartelito de los que pueblan redes sociales que vi el otro día: “Si no eres capaz de reírte de ti mismo, no te preocupes que ya me reiré yo de ti”.

Cuando uno acepta sus desequilibrios también obtiene la tranquilidad en la vida. Y es a partir de ahí cuando todo empieza a equilibrarse. La tranquilidad, más que nada, es lo más importante, el equilibrio que tanto necesitamos. 

Cuando nuestras quejas son nuestros malestares

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Ilustración de Yelena Bryksenkova

 

Cuando digo quejas no quiero decir actitud crítica. Esta es necesaria, es lo que nos hace avanzar como sociedad. Si hemos mejorando en algo en este mundo ha sido a base de quejarnos, y más que deberíamos, tenemos una grado de tolerancia demasiado alto y avanzamos muy lento. Pero bueno, esto sería tema para otro post.

Tampoco quiero decir tragárselo todo por miedo a no parecer floja, poco madura o directamente quejica. Es sano exteriorizar, y ojalá yo hubiera sabido quejarme mucho más a lo largo de mi vida, en vez de guardármelo.

Lo que quiero decir con el título de este post son las quejas que nacen de nuestros malestares personales. De esas hay muchas y en ocasiones no somos ni conscientes de que no sabemos gestionarlas de otra manera, de que cuando nos estamos quejando de algo, nos está pasando otra cosa distinta.

Fijaos en vosotros y en los entornos en los que os movéis. Alguien que se queja a menudo, que está a la defensiva y habla siempre en negativo no está tranquilo, tiene necesidades no resueltas. 

Yo me observo mucho, me miro mucho en el espejo metafórico y en este espacio de reflexión en Kireei levanto ese espejo metafórico para que os veáis reflejados. Y en esta observación descubro muchas veces que mis enfados o quejas esconden casi siempre algo detrás, algo que está rondándome la cabeza (o mejor dicho, el corazón) y no dejo marchar. 

Cuando estoy tranquila no necesito nada más, porque con la calma interior ya lo tengo todo, y lo que pasa en el exterior no tiene porque molestarme. Lo noto mucho en mi relación con mi hijo y en la suya conmigo. Cuando nos enfadamos, cuando hay una contestación fuera de lugar, esa energía en negativo siempre viene de atrás. A veces es simple cansancio, pero en muchos momentos es una necesidad concreta que nos está afectando, enfadando o entristeciendo.

Ser consciente de esto ayuda a empatizar con los demás, y sobre todo, contigo mismo y a trabajarse esas necesidades no resueltas. Al final de eso se trata, de necesidades.