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¿Enfadarse? Sí, gracias

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El título de este post podría parecer contradictorio con el de la semana pasada que era “Cómo dejé de estar enfadada con la gente”.

En aquel post comentaba que hacer las paces con la vida me ayudó a dejar de enfadarme con la gente, es decir, solucionar el macro me ayudó a gestionar el micro.

Pero hubo algunos comentarios que explicaban que enfadarse también era conveniente, y de hecho al final del post yo misma también lo decía, que no estar enfurruñada con el mundo no quiere decir que no te plantes y des un puñetazo en la mesa de vez en cuando.

Y de esto va este post de hoy. Porque así como yo he sido la eterna enfadada con la vida, también he sido de las que han tragado carros y carretas sin enfadarme, sin decir ni mú. Puedo hablar de los dos casos porque soy una digna representante de los estragos que causan los dos casos.

Y he tragado carros y carretas por miedo, por inseguridad. El miedo: el causante de la mayoría de nuestros males.

Mejor no enfadarse, mejor no decir cómo te sientes por si acaso te dejan de querer, por si quedas mal, por si está fuera de lugar, por si te apartan del grupo, por si, por si… así actúa el miedo, prevé el futuro de manera catastrófica. Y no nos deja expresar alto y claro lo que realmente queremos, lo que necesitamos en cada momento, cuando chocamos con las necesidades de los demás.

Así es que sí. ¿Enfadarse? Sí, gracias. Enfardarse es sano, protestar, reivindicar, indignarse y poner límites. Decir que no, sin miedo, o decir que sí, sin miedo. Decir quien eres y qué necesitas, aunque sea con el morro fruncido.

 

 

Cómo dejé de estar enfadada con la gente

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¿Cómo dejé de estar enfadada con la gente?

Dejando de estar enfadada con el mundo y con la vida.

Es injusto que aprendamos a relativizarlo todo a partir de los 40, incluso rozando los 50. Y a entenderlo todo, o casi todo.

La de años de disgustos que me habría ahorrado si a los 20 y a los 30 tuviera la actitud ante la vida que tengo ahora. Como siempre digo, es el premio de consolación que nos da hacernos mayores. Algo bueno tiene que tener.

Cuánta energía malgastamos gestionando los conflictos personales, cuánta alegría esfumada.

Nos enfadamos con la gente a diario porque pensamos que el otro es un cretino, un insensible, un mal amigo, un pésimo cliente, un padre/madre que no nos entiende y no respeta nuestras necesidades.

Sin embargo eso ya no te afecta cuando maduras porque la actitud de los demás ya no te la llevas al terreno personal, simplemente está, la reconoces, la asumes, pero ya no te afecta.

Para dejar de estar enfadada con la gente en el día a día he tenido que hacer las paces con la vida y con el mundo. He tenido que entender que mis enfados siempre estaban sobredimensionados por mi malestar profundo o por mi manera de entender las cosas, algo que llevo arrastrando desde el principio de los tiempos por las carencia de base, por necesidades no cubiertas o por creencias adquiridas.

Cuando ya no hay malestar con uno mismo ya no hay enfados con los demás. Lo que tiene que haber es otra cosa. Porque no enfadarse no quiere decir no quejarse, no protestar, no reivindicar.

Uno puede quejarse a un cliente, a un compañero de trabajo o a un padre sin enfadarse con ellos, sin revolcarse en el lodo del enfado cual cochino, o sin irse a llorar por los rincones.

Decir las cosas alto y claro sí, enfadarse no, porque el enfado te deja hecho una piltrafa, incluso le da la razón al otro.

 

Es la visión de mundo la que lo explica todo

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A menudo nos frustramos con la gente, y nos quejamos en redes sociales, y nos metemos en discusiones infinitas y eternas haciéndole ver al otro el mundo tal y como lo vemos nosotros. O nos desesperamos con nuestros padres, hermanos, pareja y nos enredamos en malos rollos con ellos porque no “nos entienden”.

La visión de mundo (worldview en inglés) lo explica todo. El otro no es más listo, ni más tonto, ni más culto ni menos, ni más maduro ni menos, ni tiene mejor criterio o peor. simplemente tiene otra visión de mundo, la suya, basada en sus creencias.

Lo importante no es cómo somos, es lo que creemos, nuestras creencias nos hacen ser como somos.

A menudo nos quejamos de que los otros no son empáticos con nuestra historia, cuando en realidad, lo que estamos haciendo en ese mismo momento en que nos quejamos es no ser empáticos con la suya.

 

 

 

¿Qué significa hacer las cosas con cariño?

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En nuestro entorno se habla de cosas hechas con cariño o cosas hechas con amor, y la mayoría lo son pero no porque estén hechas a mano. Hacer las cosas con cariño se puede aplicar a otros entornos, no tan artesanales, creativos y artísticos. 

Hacer las cosas con cariño tiene que ver con la generosidad. Es una manera de estar en el mundo, una actitud. Las cosas se hacen con cariño cuando el otro te importa, va más allá de lo tangible. Por algo se dice de alguien que “tiene un espíritu muy generoso”. 

En mi vida me he cruzado con mucha gente con la que en algunas situaciones la generosidad de espíritu ha hecho aguas. Esa es la prueba para mi de que no había un “me importas” detrás de esa relación. Y estoy segura de que os sentiréis identificados con lo que digo y os ha pasado también muchas veces.

¿Qué significa hacer las cosas con cariño? Para mi significa ser generoso, significa decir “me importas”. 

En un proyecto emprendedor es importante que esa dosis de “me importas” sea real y no solo una pose, aunque el destinatario sea solo un cliente. De hecho, esa dosis de “me importas” es crucial para que el proyecto brille.

Y por supuesto en nuestras relaciones personales hay que detectar también esa pose y salir pitando cuando antes.

 

 

Lo que admiro de los gatos

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Por supuesto lo que voy a decir es fácil para los gatos porque solo tienen que seguir su instinto natural pero a mi me sirve en este post para reflexionar un poco sobre nuestro comportamiento, que es lo que me gusta hacer en los post de domingo. Nuestra manera de estar en el mundo, nuestro mindset, nuestros desajustes.

A lo que iba. Lo que admiro de los gatos es…

Su capacidad para buscar compañía cuando la necesitan y estar solos también cuando lo necesitan. Los gatos se autoregulan su necesidad de socialización.

Su actitud zen ante la vida. Un gato puede pasar horas contemplando la vida pasar. Son expertos en el aquí y ahora.

Su curiosidad.

Su lentitud a la hora de aclimatarse a los cambios. Uno de mis gatos se ha tomado un año para salir a la calle mientras que otros han salido desde el primer día. La gata es muy sensible a los cambios. Se toma su tiempo, sin prisa.

La manera como se cuidan unos a otros. Pocas cosas hay más tiernas que ver a un gato lamerle la cabeza a otro, los ojos, las orejas y la manera cómo se cuidan a sí mismos, podrían pasarse horas lamiéndose hasta dejarse completamente limpios.

Su elegancia.

Su ronroneo, la prueba indiscutible de que en ese momento están a gusto.

Su capacidad para hacer payasadas o hacer el ridículo sin que por ello pierdan su estatus de divos.

La manera cómo buscan su máximo confort, el rincón de la casa con rayito de sol, la cómoda (para ellos) caja de cartón, la pila de ropa recién planchada.

Y muchas cosas más.

Como decía al principio para los gatos todo esto les resulta fácil, solo siguen su instinto. Quizás sea ese nuestro problema, que hemos perdido tanto nuestros instintos naturales que no somos capaces de vivir una vida más alineada con nuestra esencia, hasta el punto de no saber ni siquiera cual es.

Los gatos, o en realidad cualquier animal, lo saben bien.

 

Trabajar tu crecimiento personal implica trabajar la historia que te cuentas

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Me dejaba el otro día una lectora un comentario en el que decía que entendía lo que publico en los posts de domingo sobre crecimiento personal pero le costaba aplicarlo.

Y ciertamente es difícil.

Hay muchas maneras de cuidar nuestro estado anímico, y de madurar pero uno de los más poderosos es trabajar la historia que te cuentas, al menos a mi es lo que más me ha servido. Hice terapia y he leído muchos autores y esto me ha ayudado a entender los mecanismos con los que he funcionado a lo largo de mi vida pero nada me ayuda tanto como mi propia auto-ayuda.

Para nuestros malestares podemos ayudarnos de terapia, de apoyos de la gente que nos quiere, de yoga, de mindfulness, de alimentación sana, y de muchas cosas más pero poner a trabajar el entrenador personal que tenemos en la cabeza es tremendamente poderoso. Una y otra vez, una y otra vez, enviándonos mensajes distintos a los mensajes tóxicos que nos salen naturalmente y por inercia, hasta hacer músculo, integrarlo y ponerlo en piloto automático. Gimnasia mental nivel deportista.

No es fácil, por supuesto. Yo ahora estoy “curándome” mensajes tóxicos que me he narrado toda la vida, y esto empecé a “curarlo” y “currarlo” hace diez años. Es una tarea lenta, solitaria, fácil de abandonar. Porque cuesta mucho, porque estamos muy oxidados.

Son muchos años contándonos un tipo de historia, y contarnos otro tipo de historia no es fácil. Además, el crecimiento no consiste solo en contarnos otra historia estilo loro. Si te llevas mal con tus padres desde siempre para llevarte bien no es suficiente decirte “me tengo que llevar bien con mis padres”, igual que para dejar de fumar no es suficiente decirte “tengo que dejar de fumar”.

Hay que entender porque te llevas mal, y dar un giro, y hay que entender qué te lleva a fumar y dar un giro.

Es difícil explicar lo que le funciona a uno para que le funcione a otros, porque el crecimiento personal es eso, algo personal, un camino que es único y que cada uno lo tiene que hacer en solitario, pero lo que puedo aportar es esto, la necesidad de cambiar la historia que te cuentas.

Cuando me llevo mal con mi madre ahora me cuento otra historia, me digo que si quiero que las cosas cambien necesito entenderla mejor.

Cuando me dan bajones por vivir sola me digo que esta es la mejor vida que de momento puedo tener.

Cuando me siento culpable por no pasar más tiempo con mi hijo me digo que sintiéndome culpable me voy a hundir más y tendré menos alegría en los momentos que sí que paso con mi hijo.

Cuando me siento insegura como único sustento de la familia me digo que ahora no tenemos problemas, que cuando los tengamos ya me preocuparé.

Cuando alguien hace algo que me duele, me digo que en la vida siempre pasarán este tipo de cosas y tengo que vivir con ellas.

Cuando me agobia la ansiedad por avanzar, por tener, por cerrar, por conseguir, me digo que es aquí y ahora donde vale la pena estar.

Cuando no veo la luz al final del túnel me salgo del túnel y camino a campo abierto.

Cuando…Cuando… Cuando…