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Para cambiar necesitas ser como eres

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Ilustración de Christopher Delorenzo

 

Cuánto sufrimiento me habría ahorrado en la vida si nadie me hubiera empujado a cambiar desde bien pequeña. Porque si nadie me hubiera empujado habría cambiado naturalmente.

Esto lo entendí hace unos diez años cuando hice un curso de formación en terapia Gestalt y vimos La teoría paradójica del cambio, según la cual, para cambiar, todo tiene que permanecer como está. Una paradoja en toda regla. Ideal para mi, que tanto me gustan las paradojas y las dualidades.

Arnold Beisser enunció esta teoría de la siguiente manera:  el cambio se produce cuando uno se convierte en lo que es, no cuando trata de convertirse en lo que no es.

¿Cuántas veces os habéis cerrado más en banda cuánto más os han dicho que tenéis que cambiar?

Yo fui una niña del tipo tranquilo, tímido, introvertido. Cuánto más me decían, con toda la buena intención, que cambiara, que me abriera, que no fuera tan vergonzosa, que hablara más con la gente, etc, más me cerraba en mi caparazón. Cuanto más me empujaban al borde del precipicio, más retrocedía, lógicamente.

Y menos me gustaba a mi misma, por no encajar.

Uno no deja de ser como es porque otro le diga que sea distinto. Uno deja de ser como es, cuando está tranquilo, cuando se acepta, cuando se gusta. Es entonces cuando se abre, casi sin darse cuenta, de manera natural, creciendo, sin más.

Yo dejé de ser tan tímida por inmersión total, a lo puro y duro, tirándome a la piscina sin flotador, cuando me fui, a los diecisiete años a Londres de Au-pair. No tenía más remedio que abrirme. Esto no es un crecimiento natural, es un crecimiento acelerado. En situaciones límite, crecimiento límite. Nos pasa también cuando somos padres, por ejemplo, porque es una situación tan potente, que pierdes inseguridades, es una experiencia que te hace más poderosa. O con grandes perdidas, cuando algo te golpea en la vida de manera rotunda. Con situaciones potentes, en definitiva.

Pero lo ideal es crecer de manera natural, lentamente, a fuego lento, y eso significa aceptarse, y que los demás te acepten. Solo así puedes estar en paz contigo misma y con el mundo, y abrirte, sin miedos.

Y esto, lo de aceptarse, se aplica a tantas facetas de la vida. En educación, por ejemplo. Si aceptáramos como son nuestros hijos, y nuestros alumnos, cuánto sufrimiento se podría evitar, para las dos partes, pero sobre todo para los niños, que se ven empujados a ser quienes no son. Y no encajan.

O en el trabajo. Ahora que estoy inmersa en mi curso online de La Mirada, “Un trabajo a tu medida”, también salen cuestiones de este tipo. Centrarse en quienes somos y reforzar quienes somos es la única manera de alinearse bien con tu trabajo.

Cuesta mucho apagar todo ese ruido que arrastramos durante años. Aceptarse, es la manera más rápida y efectiva de cambiar, de crecer.

 

Nada es fácil

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Ilustración de Ceci Moreno

 

Llevaba unos meses despertándome triste, con una sensación de peso y cansancio que iba disminuyendo a medida que pasaba el día. Me preocupaba ese bajón. No tengo grandes motivos para estar triste, aunque sí algunos. Me preocupaba más que nada, no sentirme más feliz. Tengo mucho en mi vida para sentirme feliz…entonces…¿A qué viene esta tristeza?

Y así pasaban los días, con la tristeza que sentía sumada a la lucha contra ella. Me fastidiaba sentirme triste. A mis años, casi 47, me conozco bastante bien, y sabía que mis desdichas, aunque importantes, no eran suficientes para sentirme así. Y de ahí, mi extrañeza.

Cuando era más joven me hubiera costado entender de dónde venía mi tristeza, porque era una cebolla de mil capas y mi esencia estaba en la última capa, pero ahora ya no me cuesta tanto porque ya conecto bastante con mi esencia. Afortunadamente me he quitado capas, poco a poco, una a una. Es lo bueno de cumplir años, o como diría un amigo, es el premio de consolación de hacerse mayores.

Y hace unos días comprendí una cosa, que esta tristeza va conmigo e irá conmigo ya siempre. Habrá épocas que me sentiré más arriba y épocas de más bajón incluso, pero esto es simplemente tristeza, no tiene porque ir ligada a nada en particular. Y he dejado de sentirme triste por estar triste.

Ahí afuera todo nos empuja a pensar que tenemos que estar alegres todo el tiempo. Las redes sociales nos muestran principalmente el lado alegre de la vida de la gente, las bonitas casas, las bonitas familias, los bonitos proyectos, los viajes, las compras. Todo brilla. Todo es fácil.

Sin embargo nada es fácil y esta frase la uso como guiño a un amigo que la usó el otro día, precisamente en redes. Porque es así, nada es fácil, ni siquiera cuando las cosas te van bien, la vida cansa. La vida cansa mucho. Y yo estoy cansada.

Desde hace unos días, como digo, me siento más tranquila con esta tristeza mía. Simplemente la he aceptado, ya no lucho contra ella. Buenos días, tristeza, vamos a enfilar el día, vamos a enfilar los días.

La exaltación de la alegría y la felicidad nos lleva a negar una parte nuestra que existe, por muy bien que nos vaya la vida. Y la tristeza no tiene porque ser negativa en sí misma. Ojalá de pequeños no nos empujaran siempre a ser la alegría de la huerta y nos dejaran en paz cuando nos sentimos más encerrados en nosotros mismos, más cabizbajos. Y no solo de pequeños, también de adultos, todos los mensajes son de tipo: ánimo, te puedes comer el mundo. Perdona, pero no, muchos días el mundo me come a mí.

Ayer fui con mi hijo a ver la peli Trolls, una de dibujos. Es muy divertida, me gustó mucho y me reí mucho. El tema de la peli va precisamente de estos dos opuestos, de la tristeza y la alegría. Su tesis principal es que todos llevamos la alegría dentro, no hace falta tomar nada para estar alegre, solo hace falta mirarte dentro porque la alegría está ahí, solo hace falta sacarla y yo añadiría además que todos llevamos la tristeza dentro también, y que también hacer falta mirarse y verla. Y dejarla en paz, sin más.

 

Ser madre soltera

 Este post se publicó por primera vez  el 2 de noviembre de 2014

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Fotos de Megan Spelman

Ayer Elena publicó su precioso texto “Ser madre” y me quedé enganchada a su última frase: Ni tampoco mis propias expectativas, porque ser madre no se parece del todo a lo que había imaginado. Si pienso en mis expectativas a lo largo de mi vida sobre cómo sería mi maternidad ciertamente no se parece a lo que había imaginado. El cuadro que había dibujado en mi mente era el de tener varios hijos con mi pareja, con un compañero de vida, sin embargo el cuadro final ha sido un único hijo y en solitario.

Soy madre soltera, por elección, por técnicas de reproducción asistida. Cuando cumplí 30 años (hablando de puntos de inflexión vital con los cambios de década) me dije a mi misma que si a los 35 no tenía pareja emprendería el camino hacia la maternidad en solitario. A los 37 tuve a mi hijo, Biel. Como decía ayer Elena, no se bien qué es ser madre (soltera), lo que sí que sé es que muchas de las cosas que había imaginado (no todo, como he dicho antes) son exactamente cómo las había imaginado. Ser madre soltera no es distinto de ser madre en pareja. Hay, por supuesto, una persona menos en casa, con todo lo que eso conlleva, tanto en los asuntos logísticos, económicos, prácticos, etc, como en los temas del corazón, hay una espacio importante de tristeza y deseo de estar acompañada, eso es así. Y para Biel también sería mucho más enriquecedor tener dos personas en casa…o tres, o cuatro. Esto lo hablamos el y yo, cada año con mayor profundidad, conforme el va creciendo.

Pero esto que no está en casa está fuera de casa. Nuestra pequeña familia se nutre de toda la gente que nos rodea, que es mucha. Familia y amigos. Y esto va para todas aquellas de vosotras que alguna vez hayáis pensado en la maternidad por esta vía. No hay pareja pero todo lo demás puede ser como lo habéis imaginado, o similar, o distinto, en realidad como sea de parecido a lo imaginado no es tan importante. Lo que cuenta es lo que pasa día a día. Asumiendo todas las dificultades que se presentan como algo que forma parte de la vida, el resto es “pure bliss”, pura felicidad. Sobre mi maternidad en solitario no tengo mucho más que decir, pero hay millones de cosas que os podría contar.

 

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Hacerse las grandes preguntas

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Ilustración de Mar Ferrero

 

El viernes estrené mi curso Un trabajo a tu medida, en La Mirada. Estoy muy contenta con la buena acogida que ha tenido. En el primer bloque sugiero a los alumnos que para averiguar con qué trabajos están alineados hagan ingeniería a la inversa, que empiecen por arriba y poco a poco vayan bajando, del macro al micro, de lo esencial a lo anecdótico, de las grandes preguntas a las pequeñas preguntas.

Se trata de no empezar preguntándose: ¿Qué trabajos puedo hacer? sino ¿qué es lo que realmente quiero hacer en la vida? y así también para aquellos que ya tienen una idea que quieren lanzar como empresas. La mayoría empezamos por preguntas tipo ¿cómo debería ser el logo?, ¿dónde abriremos el local?, ¿qué venderemos? Y no digo que no sea importante pero estas preguntas deberían ser las últimas. Las primeras, para sentar las bases, deberían ser preguntas en la linea de ¿Para qué existe este proyecto?, ¿qué aporta al entorno que no aporten la mayoría?, ¿porqué nos comprarán a nosotros?

Como suelo decir, trabajo y vida están intimamente conectados, y conforme voy creando cursos de formación a emprendedores y marketing me doy más cuenta de que lo que digo ahí tiene que ver con la vida también.

Nos suele pasar en la vida que atendemos y nos quedamos paralizados por lo anecdótico, y no lo esencial. ¿Qué necesito realmente?, ¿qué es importante realmente? Como dice mi admirado Gary Vaynerchuk (empresario y especialista en marketing) el 99% de las cosas no son importantes (tanto en la empresa como en la vida). Y así lo creo yo también. Cuando integras esto ya no hay lugar para grandes enfados y grandes nudos existenciales. Sí, la vida nos da grandes disgustos, como perdidas y mazazos y el mundo está hecho trizas por la gestión de quienes deberían mejorarlo, pero solo esto es realmente importante, lo demás es anecdótico y no merece la pena nuestro sufrimiento y menos vivir nuestra vida paralizados por ello. 

 

Lo que podemos elegir

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Ilustración de Ana Varela

 

Las emociones no se pueden controlar, por mucho que la moda ahora sea la de “controla tus emociones”. Pero lo que sí se puede controlar es lo que decides hacer después de cada evento que te provoca una emoción. Y no solo lo que te provoca emociones negativas, también positivas.

Conozco a gente bien cercana que después de sentir una alegría por algo bueno se vuelven a poner en “modo negativo” automáticamente. “Si hemos tenido suerte con esto, seguro que pronto nos llega una desgracia” es su manera de pensar. O pensar inconscientemente (¿se puede pensar inconscientemente?) que uno no merece que le pasen cosas buenas, y por tanto no disfrutarlas cuando suceden.

Pero lo más común es actuar negativamente ante algo negativo. Hace poco tuve una gran decepción. No puedo controlar entristecerme o enfadarme porque el enfado y la tristeza son reacciones naturales, pero puedo elegir no revolcarme en el fango y seguir contándome día tras día lo mal que se han portado conmigo, lo poco que me lo merezco, etc etc, ya sabéis como va eso de no poder acallar la voz interior. Puedo elegir no embrutecer mi alma discutiendo eternamente con la persona en cuestión, puedo decidir pasar página lo antes posible.

Hay más cosas que podemos elegir. No podemos controlar cómo nos tratan cuando vamos por el mundo (las empresas, las ventanillas, los hosteleros, los funcionarios, quien sea) pero sí que podemos elegir cómo tratamos nosotros a los demás. El famoso “work hard and be kind to people” es una elección que sí podemos controlar. ¿Que no son amables con nosotros? No importa, nosotros sí que podemos ser amables con quien no lo es.

No podemos controlar lo que nos pasa en la vida, ni tampoco la alegría, tristeza, enfado y otras emociones que nos provoca lo que nos pasa en la vida, pero sí que podemos elegir no alargar las agonías, no estar a la defensiva, no pagar con la misma moneda.

Podemos elegir ser generosos, aunque el mundo no lo sea con nosotros.

Elegir la alegría, aunque la vida esté llena de golpes.

Elegir vivir la vida con intención, en vez de dejarnos llevar por la corriente.

Podemos elegir vivir con curiosidad y asombro, aunque ya seamos mayores para actuar como niños.

Y podemos elegir un millón de cosas más…

 

La narrativa que dirige nuestra vida

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Ilustración de Ryo Takemasa

 

…es la narrativa que dirige el mundo. No, no quiero ponerme grandilocuente pero un poco sí. Si la narrativa que escuchamos en nuestra cabeza es la que dirige nuestras vidas, se desprende que también será la que dirige el mundo.

Pero bueno, no he venido a hablar de los problemas del mundo, sino de nuestros problemas personales. En mis cursos de formación a emprendedores de La Mirada refuerzo dos cosas con mucha vehemencia, una es la parte concreta del marketing (las tácticas, estrategias, planificación del emprendimiento, etc) y otra más etérea, pero igualmente importante, que es la parte personal.

Muchos de vosotros me llamáis gurú, apelativo que me hace gracia, e imagino que es por el hincapié que hago en el crecimiento personal. Veo a diario palos en las ruedas de vuestros proyectos que tienen que ver con la actitud personal, el “mindset”. Lo que cuento sobre la actitud en el proyecto sirve también para la vida, por estoy publicándolo aquí en Kireei, en esta sección de post de domingo dedicada al comportamiento humano, bajo mi propia experiencia, con el deseo de que os veáis reflejados.

Una de las frases que más repito en mis cursos es la de vivir en modo neutro, y es que la mayoría de las resistencias que nos ponemos vienen de nuestra narrativa personal, de la historia que nos contamos en la cabeza, y esa historia es de todo menos neutra, porque está condicionada por nuestros miedos, inseguridades, nuestras creencias y opiniones… y eso hace decantar la balanza hacia un lado o hacia el otro.

Esto no quiere decir vivir la vida en modo pasivo, sin implicarte en nada, o no tener ninguna opinión o criterio personal. Quiere decir no oponer resistencias que se generan en tu cabeza y que te chupan toda tu energía y valentía.

Porque sin energía y sin valentía no hay cambios, no hay avance, ni crecimiento, ni vital ni laboral. Hay que poner la intención en “acallar” esa narrativa que se desarrolla en negativo y, o bien neutralizarla o bien pasarla a narrativa positiva para descargarte de esos enormes lastres. Esto lo trabajaremos en mi curso “Un trabajo a tu medida”. Esto y muchas cosas más, porque la complejidad de todas las cosas que entran en juego es enorme.

El primer paso pues, es contarte otra historia. Dejar de susurrarte a la oreja cosas como: no puedo, no debería, esto no es para mi, el cambio en mi caso es imposible. Lanzándote esos mensajes por supuesto que es imposible, pero cuando dejas de lanzártelos se abre un enorme abanico de posibilidades que antes no hubieras ni siquiera tenido en cuenta. Cambia tu narrativa y cambiará tu historia personal.