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Bienvenida, vida contemplativa

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Ilustración de Laura Miyashiro

 

No le dí la bienvenida al otoño el otro día pero con esta preciosa ilustración de Laura Miyashiro dedicada al otoño le voy a dar la bienvenida a la vida contemplativa, la vida que deseo para mi y para todos vosotros. 

Haciendo un símil con las cuatro estaciones y las edades de nuestra vida, ahora estaría en el otoño de mi existencia. Da mucho vértigo, hace años escribí un post hablando de cumplir cuarenta y ya tengo cuarenta y seis y me ha pasado como un suspiro.

Pero por otra parte me encuentro en un momento muy bonito de mi vida, muy en paz conmigo misma y con los demás. Porqué no hay nada mejor que contemplar la vida, llegar a ese punto en el que ya simplemente navegas, te dejas llevar por la vida sin juzgarla, poniendo plena intención en simplemente vivir. No me refiero a una vida sin trabajar, que es lo que uno piensa cuando dice “me voy a dedicar a la vida contemplativa”, me refiero a ser capaz de separar lo que te pasa de quién eres, separar tus circunstancias de tu persona.

Lo que nos pasa es complicado, la vida es difícil, y a menudo navegamos por aguas turbulentas, tanto interna como externamente pero tu puedes decidir simplificarlo todo y contemplar la vida, sin que esas aguas te arrastren. El post de hoy es así de corto, para ser fiel a su título, me voy a contemplar la vida, sin más.

Se supone que el mundo es así

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Hoy voy a hablar de algo que me llamó mucho la atención mientras leía el interesante libro “Originals” de Adam Grant (un libro que recomiendo, aunque he de decir que es muy business, si no te gusta el tema te puede resultar árido).

En este libro se cita un estudio que realizó el psicólogo John Jost del que se desprende que “la gente que más sufre de un determinado estado de las cosas son paradójicamente los menos propensos a cambiar ese estado de las cosas, rechazarlo o incluso cuestionarlo”.

Esto explica muchas cosas, ¿verdad? Sobre todo en política. ¿Por qué sino la gente iba a votar una y otra vez a un partido que se ha demostrado repetidamente que les ha perjudicado?

Jost explica que la gente racionaliza el status quo como legítimo, aunque vaya directamente en contra de sus intereses. Aquello de preferir malo conocido que bueno por conocer.

Los estudios que realizó demostraban que sin importar qué ideología tenía el candidato político que se presentaba a las elecciones, si estaba destinado a ganar a la gente le gustaba más. Si no tenía oportunidad de ganar a la gente le gustaba menos.

Así de absurdo es muchas veces el comportamiento humano. Pero como veis, es psicológico.

Pero yo no he venido aquí a hablar de política (o sí, porque como veis la política tiene mucho de psicológico, y sí que he venido a hablar de comportamiento humano).

De lo que quiero hablar es de creatividad. ¿Y cómo está ligado a este estudio de John Jost?

Como explica Adam Grant en su libro justificar el sistema por defecto, sin cuestionarlo nos roba la indignación moral de levantarnos ante la injusticia y la voluntad creativa de considerar nuevas maneras para funcionar en el mundo.

El libro de Adam Grant va de la gente que se sale de ese sistema por defecto, no solo en política, sino también en su vida laboral. Es un libro del que hablo en mi curso “Un trabajo a tu medida”. Los Originales de los que habla Grant rechazan el sistema por defecto y exploran mejores opciones.

Grant habla del fenómeno Vuja de, que sería el opuesto al Dejà vu. Experimentamos Dejà vu cuando vemos algo nuevo pero lo percibimos como conocido, familiar. Vuja de es lo opuesto, enfrente de algo familiar, lo vemos con una perspectiva nueva y fresca que nos da la clave para cambiar viejos problemas.

No voy a alargar mucho más el post, aunque podría. Grant tira del hilo y habla de muchas cosas más, sobre todo del miedo. El miedo se produce después de mucho tiempo de seguir los sistemas por defecto. Si no me muevo de aquí no podrá pasarme nada peor, esa es la mentalidad imperante.

Pero claro, está, si no te mueves de donde estás tampoco te podrá pasar nada mejor.

Y como siempre digo, el miedo es el enemigo número 1 de la creatividad, y sin creatividad no hay proyectos significativos. Y la paradoja de la que siempre hablo, el miedo se supera con más creatividad, moviéndote de donde estás, aunque moverte te de miedo.

Las cosas no cambian a causa del miedo, y los proyectos no se mueven muchas veces también por miedo, y nuestras vidas no cambian tampoco porque no iniciamos ese cambio.

El típico “se supone que el mundo es así” viene de ahí, de esa mentalidad estática, parada, temerosa de cambios.

Hay gente que rompe con ese “se supone que el mundo es así” e inicia cambios en su vida, y de rebote produce cambios en la vida de los demás. Y los inicia con un paso, un paso que se da con pensamiento creativo, con un Vuja de, con un cuestionarse las cosas y no aceptarlas per se. Porque decidir dar el paso ya es creativo. A partir de ahí ya solo se trata de echar a andar, creativamente.

 

Más espiritual y también más terrenal

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Amada García, via 1.000 Drawings

 

Vuelvo como un vendaval a los posts del domingo. Ya tenía ganas. Y vengo más espiritual y también más terrenal, como buena dualista que soy. 

Los últimos 10 años de mi vida han sido los de más crecimiento personal que recuerde. Sin contar la década de los 10 a los 20, que es la década más brutal en cuanto al crecimiento personal, pasando de niños a prácticamente adultos, mi década de los 40 en adelante está siendo mi década más potente en cuanto a crecimiento. Ahora veo mi vida desde los 20 a los 40 como una meseta, en la que por supuesto hubo cambios, pero no tantos como ahora. Con 46 me veo a años luz de entonces, y cada año que pasa más rápidos van los cambios. Se ve que las conexiones mentales que ocasionan los cambios activan de manera exponencial otras conexiones. Es mi teoría sui generis. Cuánto más creces más rápido creces. Hoy me siento muy distinta al año pasado y el año pasado muy distinta al anterior. Lo noto con mucha fuerza.

Dicen que crecemos en intervalos de 10 años, algunos autores dicen que cada 7 años. De ahí el famoso “seven year itch”. Ese picor que te da cada siete años, y te hace dejar de darle importancia a las cosas en las que creías hasta ese momento y pasar a darle importancia a otras. Antes no lo hubiera entendido, ahora veo que sí, que efectivamente, se dan esos ciclos de crecimiento personal.

De esto hablaré otro día, porque no todo el mundo va pasando esas fases de manera ascendente. Seguro que conocéis a gente que nunca madura. Pero esto lo dejo para otro post, para no mezclar en este demasiadas cosas.

Mi camino hacia la espiritualidad no es para nada místico. A grandes rasgos, es un camino de alejarme de mi misma para ver mejor lo otro. Parece sencillo pero no lo es. 

Dejar de mirarme mi propio ombligo, relativizar las cosas que me pasan, dejar de estar enfadada con la vida y con la gente, dejar de verme afectada con los actos de los demás, situarme en la posición de observadora, forzarme constantemente a cambiar mi narrativa personal, esa voz interior que va juzgando sin descanso las cosas que te pasan, vivir más en modo neutro, sin juzgar, simplemente estando.

Para ser más consciente de lo que me hace feliz y lo que necesito me he tenido que salir de mi misma, paradójicamente. Esa es mi espiritualidad.

Como buena dualista, como decía, sé que con solo espiritualidad voy coja, y es por esto que no dejo de abrazar lo terrenal, lo mundano. No quiero irme tan lejos, no quiero observar solo, quiero ser parte de lo que ocurre.

Mi miedo es relativizar tanto y alejarme tanto que acabe convirtiéndome en un anacoreta, en alguien que está ahí pero no participa. 

Quiero participar también. De momento lo estoy equilibrando bien, porque participar no me cuesta. Lo que siempre me ha gustado de manera muy potente es la gente, y eso creo que será siempre mi ancla. Si veis que me elevo demasiado, agarradme el pie y bajadme a ras de suelo.

 

¿De verdad no tenemos tiempo para nada?

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Ilustración de Nicolas Gouny

 

Este es el último post de domingo que voy a escribir hasta septiembre. No es que Kireei vaya a desparecer durante 3 meses. Como siempre seguirá activo pero los posts de domingo pasarán a ser de creatividad, como cualquier otro día.

Tenía varios temas en mente para despedirme hasta septiembre pero he decidido hacerlo con este que nos martiriza tanto y que parece ser la epidemia de estos tiempos, la falta de tiempo que decimos todos que padecemos.

No tengo tiempo para nada debe ser la frase más pronunciada de la historia de este siglo. Me parece que tenemos que empezar a preocuparnos y empezar a explorar este tema que tanto nos angustia.

Mi opinión es que tenemos el mismo tiempo que antes para hacer cosas. Menuda perogrullada acabo de decir, ¿no? El tiempo siempre es el mismo, 8 horas para dormir, 8 para trabajar y 8 para nuestras cosas (familia, trabajo de casa, ocio, etc). Entonces ¿Por qué vamos tan agobiados, porque esa continua queja de “no tengo tiempo para nada?”.

El problema es que en estos nuevos tiempos abarcamos más de lo que podemos. Un vistazo en redes sociales y lo que ves no es gente que no tiene tiempo para nada. Lo que ves es gente SIEMPRE haciendo cosas, gente con mucho tiempo para ir a eventos, encontrarse con amigos, hacer cursos y talleres, ir a inauguraciones, conciertos, presentaciones de libros, quedadas, viajes… En redes sociales todo el mundo está ocupado en algo. Todo el mundo TIENE TIEMPO para hacer MUCHAS COSAS.

Y ahí reside uno de los problemas. En las últimas décadas se han multiplicado exponencialmente las cosas que queremos hacer y las ocasiones para hacerlas. Se han multiplicado exponencialmente los contactos que tenemos. Si antes teníamos 5 amigos con los que conversar (por teléfono) ahora tenemos 100 con los que charlar y quedar (por wassap, Messenger, redes sociales). Con mis amigos de siempre ahora mismo para quedar todos juntos necesitamos hacerlo con meses de antelación porque todos estamos ocupados en algo.

Como todo se ha multiplicado exponencialmente estiramos nuestro tiempo lo máximo posible para verlo todo, hablar con todos, acudir a todos los eventos. Y al final lo que hemos conseguido es vivir continuamente estresados por llegar a todo lo que queremos hacer, y todo lo que queremos ver y todo lo que queremos vivir. Y nos quedamos con la sensación de que no tenemos tiempo para nada, cuando en realidad estamos llenando nuestro tiempo de un montón de cosas. La vida se ha convertido en una gran paradoja (otra más) que consiste en hacer millones de cosas y no tener tiempo para nada.

En este post lo que me gustaría transmitiros es que ese tiempo que estamos llenándolo de “vida moderna” por llamarlo de alguna manera es el tiempo que muy posiblemente necesitamos para llenarlo de “vida propia”. Porque me da la impresión de que todo eso que está llenando nuestro tiempo ahora nos roba tiempo de vida propia, vida alejada de redes sociales, vida para parar y leer sosegadamente y con profundidad, para hacer más vida contemplativa, para estar con los nuestros de manera relajada, para cocinar por placer, para ser más creativos de manera personal y sin seguir tendencias, para apagar todo ese ruido y saber de manera interna cuáles son tus ritmos reales y cuáles son las cosas con las que en realidad te gustaría llenar tu tiempo. Como decía el otro día, esa vida en minúsculas nos roba vida en mayúsculas, y de ahí nuestro eterno lamento.

Este verano os animo a alejaros del ruido, y con ellos no quiero decir desaparecer de redes sociales y dejar de hacer cosas, no estoy en contra de las redes y disfruto de ellas, y no estoy en contra de estas exponencialidades que nos están pasando, me parecen maravillosas. Pero ser consciente de que nuestra falta de tiempo se debe a esos excesos nos puede ayudar a ser más selectivo, a dejar de hacer ciertas cosas que en realidad no nos aportan nada, a apagar pantallas más a menudo, a profundizar. 

La vida superficial y frenética está aquí para quedarse. Me parece que para contrarrestarla, como siempre, hay que abrazar los dos extremos, y para eso nos tenemos que ir más a menudo al extremo de la desconexión y apagar más a menudo tanto ruido. 

 

 

 

 

Yo soy, por Mireia Simó

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Ilustración de Pintameldia

 

Pues si, como decía Cris el domingo pasado, con el paso de los años solemos tener más claras nuestras preferencias, lo que nos gusta y lo que no, lo que nos atrae y lo que no nos interesa nada. Solemos tener mucho más claro donde invertir nuestro tiempo y dedicación.

Y eso es señal de salud. Desde bien pequeños, en nuestra relación con el mundo, nos vamos definiendo como personas, nos construimos, y vamos eligiendo aquello con lo que nos sentimos identificados. Y eso lo vamos haciendo como resultado de las experiencias relacionales que tenemos.

Aunque el proceso de individuación y construcción de nuestra propia identidad dura toda la vida, hay momentos especialmente importantes para esto. Como dice Evania Reichert, autora del libro “Infancia, la edad sagrada”, hay “periodos preciosos y sensibles” (me encanta esa manera de nombrarlo!). “Son momentos especiales en que están en maduración determinadas áreas del cerebro, lo cual facilita el surgimiento de habilidades, siempre que el medio sea suficientemente bueno”.

Así, hay un primer momento en la vida, cuando los niños y niñas empiezan a experimentarse como personas separadas de su mamá, empiezan a caminar, empiezan a decir Noooo a todo, con el fin de diferenciarse de los demás e ir sintiéndose y construyéndose como personitas únicas.
Luego, si todo va bien, esto se relaja un poco, hasta que llega la adolescencia, donde la necesidad vuelve a surgir con fuerza. Es cuando uno ya no es niño, tampoco adulto y está ahí en medio, definiéndose.

Entonces, si no se queda nada atascado, llegamos a ser adultos con las cosas claras y con un buen conocimiento de nuestra persona. Con el contacto y conciencia suficiente como para poder fluir con la vida sin confundirnos y sin perdernos. Aunque eso no significa que no tengamos periodos en la vida de incertidumbre, de replanteamiento, de dudas y de crisis.

Eso forma parte de la existencia. La diferencia está en cómo lo vivimos.

Luego, con la madurez y las experiencias de vida, vamos teniendo cada vez más claro nuestro camino y como decía antes, nuestras preferencias. Y eso es tan satisfactorio… Tener claro dónde queremos estar, como queremos invertir nuestro tiempo y sentirnos tranquilos con lo que hacemos cada día es estupendo.

Por eso, llega un momento en la vida que donde ponemos la atención es en aquello que tiene que ver con nosotros y no como cuando somos adolescentes que nos interesa casi todo lo nuevo porque es un momento de buscar.

La madurez es momento de disfrutar de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que sabemos que nos gusta y de lo que hemos ido construyendo, y no tanto de buscar. Aunque, es cierto, que la sociedad actual, bastante líquida por cierto, y bastante indefinida, está favoreciendo cada vez más personas que se pasan la vida buscando porque no encuentran lo que quieren, aburridas e insatisfechas. Puede ser que todavía no sepan si quiera lo que les haría sonreír.

Y claro, no es lo mismo, tener claro lo que me aburre y sentirme apasionada y entusiasmada con la vida al mismo tiempo, como decía Cris, que sentirme aburrida e insatisfecha, como pueda ser el caso de las personas que todavía no han definido su identidad, tengan la edad que tengan.

 

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).

 

Aburridos del mundo y de la gente…pero no de la vida

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Ilustración de Michela Picchi

 

Voy a intentar ser sintética y breve porque estoy fuera de casa y no puedo estar mucho tiempo escribiendo este post, pero no quería dejar el domingo sin post de reflexión porque sé que os gustan mucho y pienso que es el mejor día para ellos, para disfrutarlos tranquilamente con el desayuno.

Recientemente he tenido esta conversación con un par de amigas: “estoy aburrida del mundo y de la gente”. A mi también me pasa. Estoy en ese punto en el que como dicen en inglés “Been there”, “ya estuve ahí”. Lo tengo todo muy visto y muy hablado.

¿No os pasa? Con la gente las mismas conversaciones, los mismos temas, charlas como de ascensor. Y con el mundo: los mismos problemas, la misma falta de humanidad y justicia, el hartazgo absoluto.

A veces me preocupa. Tengo 46 años y ¿ya estoy aburrida de la gente y del mundo? ¿Qué pasará cuando tenga 60? ¿Seré un anacoreta que pasará sus días sola encerrada en casa con una pereza cósmica ante la idea de salir, ver gente, conversar, entusiasmarme aún con lo que pase en el mundo, con ganas aún de cambiarlo? ¿Sola en casa, conversando con quince gatos que tendré como única compañía, encontrando esas charlas gatunas las más interesantes del mundo por no obtener respuesta y no tener que decir las mismas perogrulladas una y otra vez?

El otro día un amigo decía: “me gustaría volver a ser joven, para tener energía y ganas de hacer cosas”.

Seguro que os sentís identificados. Me da la impresión de que lo que nos pasa no es nada raro, es simplemente madurez, paso de los años.

No estoy tan preocupada. La clave para mi es la segunda parte del título del post. Por mucho que me aburra el mundo y la gente, aún me entusiasma la vida, y probablemente más que nunca. En esta etapa de mi vida estoy más que nunca donde quiero estar, y esto me produce una gran alegría, y como he dicho en otros posts, me produce un inmenso agradecimiento hacia la vida.

Y cuando me sacudo la pereza cósmica, salgo de casa, o cojo el teléfono, o el wassap o el mail y charlo con la gente cómo si fuese una adolescente, sin cansancio, y hablo de cómo cambiar el mundo, y me lo creo y lo intento, y la gente no me cansa, y el mundo tampoco, más bien al contrario.

Al final llego a la misma conclusión que llego con casi todo y digo casi por no ser rotunda, porque en realidad podría ser con todo: que la vida es lo que queda cuando se abrazan los opuestos, y uno puede estar hasta el gorro de la gente y sus cosas y al mismo tiempo interesarle el género humano y sus cosas tremendamente, que uno puede pensar que no hay remedio para este mundo y al mismo tiempo luchar con entusiasmo adolescente para cambiarlo.

Quizá vale la pena estar aburrido de la vida en minúsculas, para disfrutar más plenamente de la VIDA.