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Lo que ocurre cuando no esperas, por Mireia Simó

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Ilustración de Kirsten Sims

 

Leyendo a Cris en su post del domingo pasado me acordé de una experiencia que tuve hace unos días. Me había apuntado a un curso al que tenía muchas ganas de ir. Estaba ilusionada pensando en las horas que iba a estar allí aprendiendo, sentada a ese otro lado de la silla donde iba a recibir y donde me apetecía mucho estar.

Me interesaba mucho el tema, el docente y la idea de estar en un encuentro grupal compartiendo con otros profesionales. Llegó el día y allí que me fui dispuesta a pasar unas cuantas horas durante tres días seguidos.

Bien, pues al rato de estar allí empecé a inquietarme y cuando terminó la tarde, después de cinco horas, salí de aquel lugar un tanto revuelta. Con todo lo que tenía yo que hacer, con lo que me suponía en estos momentos de mi vida, criando y trabajando, poder sacar 20 horas para mi, con lo cansada que estaba ese día… ¡Y allí había estado toda la tarde casi perdiendo el tiempo!

Replanteándome con enfado si iba al día siguiente o no, me di cuenta de que había puesto demasiadas expectativas en aquel curso. Claro que habían pasado momentos importantes en esas 5 horas, claro que había aprendido cosas significativas, y claro que lo que allí había pasado tenía un componente de novedad e interés para mí.

Pero yo estaba frustrada porque esperaba más, y esa frustración me estaba impidiendo recoger y disfrutar de lo que sí que hubo. Al rato de llegar a casa me recoloqué internamente y esa noche me acosté tranquila, pensando que al día siguiente iría con ganas y con ilusión, aunque situándome en un lugar distinto, sin expectativas.

Sorprendentemente estuve receptiva, motivada, se me pasaron las 8 horas deliciosamente, y al día siguiente terminé el curso agradecida y con un montón de aportes interesantes que iría masticando después.

No esperar nada no significa resignarse, tampoco tiene que ver con no tener esperanza. No tener expectativas es tener una actitud receptiva sin exigencia, es tener capacidad para recibir y valorar lo que sea que nos aporte el encuentro, suceso o situación. En cada momento siempre hay algo que agradecer. Desarrollar esta manera de estar en el mundo es una forma de poder nutrirnos y sentirnos en paz.

Y así nos pasa también con nosotros mismos. Como decía Cris, cuando nos ponemos el listón muy alto y luego nos castigamos por no haber sido capaces de llegar, no nos estamos dando cuenta de lo que sí hemos hecho, de lo que sí hemos conseguido y de lo que sí somos capaces de hacer.

Creernos que de verdad “hacemos lo que podemos” es una bonita manera de aceptarnos con lo que sea que hagamos en cada momento. Y como a mi me gusta recordar, la aceptación es justo el trampolín para seguir creciendo.

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).

 

 

Hacemos lo que podemos 2

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Ilustración de Tatsuro Kiuchi

 

Le he puesto el 2 al título de este post porque me he dado cuenta de que ya escribí otro con el mismo nombre. Lo podéis leer aquí. He estado a punto de no volver a escribir sobre el tema, pero al mismo tiempo he pensado que si me ha venido esto a la mente de nuevo será porque es un tema que vale la pena volver a comentar.

La idea de este post me ha venido después de leer algunos de los comentarios que dejáis. En estos posts de domingo os cuento mi experiencia en cuanto a crecimiento personal, y a menudo dejáis comentarios en la linea de “lo intento pero es difícil”, “sé lo que hay que hacer en teoría pero no lo pongo en práctica” o “me siento culpable porque no llego a todo”.

Como ya comenté en el primer post somos expertos en fustigarnos y castigarnos. Expertos en sentirnos culpables, expertos en infravalorarnos, en definitiva, expertos en ser nuestros peores enemigos.

De uno de vuestros comentarios pesco esta frase “ahí es donde pincha mi plan”. Y aquí es donde veo la raíz del problema, en el hecho de que nos pongamos un listón que saltar, una meta que conseguir, un plan que cumplir, unas expectativas demasiado ambiciosas. Sean las que sean.

No quiero decir que no haya que ser ambicioso en cuanto a elevar el listón vital para apuntar bien alto y conseguir tener la mejor vida que podamos. El problema es cuando no conseguimos relativizar ese listón, cuando esa actitud que debería ser positiva, se convierte en una condena, en un castigo que nosotros mismos nos infligimos.

Y así nos frustramos cuando no somos prácticos, cuando no nos organizamos bien, cuando no somos capaces de sentirnos agradecidos con la vida, cuando no conseguimos dejar de quejarnos, o no podemos tomar consciencia de lo que necesitamos, y todo ese sinfín de cosas que sabemos que necesitamos mejorar en nuestro crecimiento personal, porque lo vemos en millones de artículos que pueblan internet, como estos que yo misma escribo o en los libros de autoayuda, o en los cursos de formación, en talleres de crecimiento personal, etc.

Y así, artículos que están destinados a animar y ayudar, acaban desanimando y frustrando porque muestran un listón al que no os sentís capaces de llegar.

Hacemos lo que podemos, cada persona hace su proceso vital a su ritmo y con sus circunstancias. Si hay algo en lo que deberíamos sentirnos culpables es en eso, en pensar que no hacemos lo que podemos. Y ni siquiera en eso. 

Dejar de pelearse, por Mireia Simó

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Ilustración de Betty Bone

 

Siguiendo a Cris en su post del domingo pasado, digo yo que para poder elegir gratitud tiene que haber una aceptación de fondo. Como bien decía ella, para llegar ahí suele haber un proceso previo de trabajo personal.

A veces estamos en una lucha interna que nos agota y nos impide disfrutar de aquello que acontece. A veces, nuestro diálogo interno es una pelea entre lo que es y lo que debería ser según nuestro ideal, nuestras expectativas o nuestros mensajes introyectados familiarmente.

Fritz Perls, creador de la Terapia Gestalt, le llamaba a esta polaridad interna “el perro de arriba y el perro de abajo”. Decía que cada persona tenemos una voz interna que se encarga de mandarnos, de decirnos lo que debemos hacer, de controlarnos y de exigirnos; y otra que se queja, que no quiere, que pone excusas.

Es esto tan conocido que nos ocurre a todos en alguna medida de decirnos a nosotros mismos “tendrías que haberlo hecho mejor, no has hecho suficiente,…” y la otra parte que dice: “es que no se, es que no puedo”, cuando en realidad es que no quiere. Entonces se puede convertir en un diálogo absurdo que lo único a lo que nos conduce es a paralizarnos y a experimentar frustración. Mientras haya lucha de poder ninguno gana. El tema es reconciliar dichas dualidades.

Cuando nos damos cuenta de esto es cuando se produce el encuentro entre los dos perros, entre esas dos partes nuestras enfrentadas. Porque como bien decía Arnold Beisser, paradójicamente “el cambio se produce cuando uno se convierte en lo que es, no cuando trata de convertirse en lo que no es”.
Es cuando nos podemos decir: “hago lo que puedo y esta bien así”, sin pelea de fondo, con tranquilidad, sin juzgarnos, sin castigarnos. Aceptando lo que sea que haya en cada momento.

Y eso que nos ocurre internamente es lo mismo que experimentamos con lo de fuera. Cuando nos aceptamos a nosotros mismos es cuando también podemos trasladar esa actitud hacia el mundo y entonces así experimentar gratitud.

Así, cuando podemos experimentar ese sosiego interno tenemos más disponibilidad para estar abiertos y receptivos a todo aquello que la vida nos regala diariamente. Sin exigencias, sin peleas y sin quejas.
Escoger implica responsabilizarnos de nuestras propias elecciones. Porque al fin y al cabo, cada uno de nosotros y nosotras somos responsables de nuestras vidas. No tanto de lo que nos sucede, sino de aquello que hacemos con lo que nos sucede. Y ahí, es donde Cris, en su post del domingo pasado, dice que podemos escoger gratitud. Podemos elegir agradecimiento.

Eso es la libertad. Poder escoger. Poder elegir, aunque a veces nos pueda dar vértigo. Es correr riesgos y responsabilizarnos de nuestras propias decisiones.

Quejarse es instalarse en una posición pasiva en el mundo, es poner la responsabilidad fuera, es exigir a los demás que hagan las cosas como nosotros queramos, y así, desde esa posición neurótica, es muy difícil experimentar gratitud.

Expresar directamente es responsabilizarnos de lo que necesitamos, de lo que nos molesta, de lo que queremos cambiar. Nos lleva a una actitud más activa, más resolutiva, de mayor aceptación, y nos aporta mucha más vitalidad existencial. ¡Vale la pena arriesgarse!

Como dice un proverbio árabe, “es mejor encender una luz que maldecir la oscuridad”.

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).

¿Cómo puedo tener tanto tiempo para hacer tantas cosas?

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Ilustración de Cath Kidston

 

Esta pregunta me la hace mucha gente La clave es esta: para tener tanto tiempo para hacer tantas cosas hace falta no tener tiempo.

Paradójico, ¿verdad?

En mis años de estudiante ya funcionaba así. Me saqué la carrera en 5 años, estudiando y trabajando a la vez. ¿Cómo lo hacía? Pues así. Como no tenía tiempo no perdía tiempo. Iba a piñón y con mis días totalmente milimetrados. 

Creo que fue entonces cuando me acostumbré a ser súper práctica, a sacar tiempo de debajo de las piedras. Cuando eres súper práctica pasa algo mágico: pones el mínimo de energía posible para sacar el máximo de provecho posible. Y aprendes a hacer esto porque no tienes más remedio, porque no tienes ni demasiado tiempo disponible ni demasiada energía tampoco. 

¿Qué implica ser súper práctica? No es fácil, porque implica renunciar a muchas cosas. Renunciar sobre todo a algo que a mucha gente le cuesta renunciar, como es al miedo. El miedo es el peor enemigo de la practicidad. Si tengo miedo lo hago todo más lento, lo repaso todo cien veces, me lleva más tiempo cerrar cuestiones, me alargo en explicaciones por miedo a quedar mal, dudo y no decido y me dejo muchas cosas pendientes, procastino, me despisto, me disperso y así hasta el infinito.

Cuando pierdes miedo, o te haces amigo de él, vas al grano, te centras, te disciplinas, descartas lo superfluo, no te bloqueas, estableces prioridades, renuncias a muchas cosas sin lamentos, agilizas cualquier reunión, cualquier llamada o mail, y así hasta el infinito.

Mis días son bastantes milimetrados. ¿Significa esto que vivo en una especie de disciplina militar en la que no hay cabida para el relax y para la vida slow? Pienso que no, de hecho no trabajo más de ocho horas al día, alguna vez pueden ser diez horas pero hay días de cuatro. Aunque he de decir que siempre trabajo en fin de semana, un poco pero trabajo. Y siempre trabajo por la noche, un poco pero trabajo, ya os había dicho que renuncio a algunas cosas.

Tengo muy interiorizada la rutina práctica y no sufro por ello. Por supuesto, echo de menos tener más tiempo “libre” o menos milimetrado pero de vez en cuando me tomo días “hippies” y compenso.

Como digo siempre, hace falta entrenamiento, aceptar muchas cosas e integrarlas y con la práctica se interioriza y se lleva al piloto automático, piloto que para nada significa convertirse en un robot. Simplemente funcionas de manera muy eficiente y productiva y al estar acostumbrada es una actitud que te fluye naturalmente. Lo llamo bromeando llevar el modo nórdico “on” todo el rato.

En resumen, para hacer muchas cosas al día os recomiendo no perder tiempo, y para no perderlo os recomiendo no tenerlo, paradójicamente.

Y al final, lo mejor de todo es que cuanto más aprendes a usar tu tiempo de maner súper práctica más tiempo acabas teniendo, ¡incluso para perderlo!

 

Puedes escoger gratitud

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Ilustración de Ryo Takemasa

 

El post de hoy es doble, quiero hablar de gratitud y de escoger, dos cosas que han cambiado mi vida en los últimos años.

Sobre gratitud escribí hace un tiempo, en el post que llamé “lo que pasó cuando dejé de estar enfadada con la vida”. En el hablaba de cómo empecé a sentir gratitud de manera profunda, y no solo en la esfera teórica y superficial. Todos sabemos que hay que sentir gratitud por lo que tenemos, para sentirnos más felices con lo que tenemos y no infelices por lo que ansiamos o lo que no hemos podido tener o experimentar. Pero, ¿sentimos en realidad gratitud? ¿o nos pasamos la vida pensando que merecemos más, que la vida no ha sido justa con nosotros, que deberíamos estar mejor, etc?

Sentir gratitud en tu día a día no es tan fácil como parece, es un cambio de actitud bastante radical, que requiere un proceso.

Un proceso que empieza el día que escoges gratitud y desechas enfado, lamento, victimización, y un sinfín de malestares que arrastras.

Porque escoger, o tomar decisiones (que viene a ser lo mismo) es uno de los actos más potentes que hay para tomar el camino hacia una vida mejor.

Es como fijarte una misión en la vida y no abandonar hasta conseguirla, hacer algo por una causa elevada. Y no hay causa más elevada que hacer cosas para sentirse bien con uno mismo, porque es el inicio para que todas las demás causas sean viables. Cuando tu estás bien, todo puede ir a mejor.

El día que escoges vivir desde la gratitud tu vida cambia. Hay parones, por supuesto, y retrocesos, pero si sigues entrenándote, y persistiendo, poco a poco se va integrando de manera imperceptible, hasta que al final ya notas que vives con la gratitud en piloto automático.

Te llega una mala noticia, la que sea. Durante unos instantes por supuesto te afecta, pero pasados esos momentos de malestar tu piloto automático te lleva hacia adelante, te hace ver el vaso medio lleno, o mirar a los lados en busca de alternativas, o simplemente a aceptar lo inevitable. Pero no te quedas anclada en el lamento y en reconcomerse, en las pataletas estériles. Sentir infinita gratitud te hace ser muy práctica, muy rápida. Y no es que ya no te afecte nada, simplemente no dejas que te afecte de más, eliges que no te afecte de más.

Y lo notas, un sinfín de situaciones ya no son un problema para ti, la mayoría de las cosas de la vida pasan a ser insignificantes. De repente hablando con la gente te das cuenta de tu yo antiguo, de cómo hablabas antes, de tus similares lamentos del pasado, y notas que has crecido.

Y eres consciente de que para sentir gratitud en tu día a día, has tenido que salir de tu ombligo, de tu diminuto mundo, y has tenido que alejarte y situarte en un mundo más amplio, más neutro y objetivo, menos tuyo, donde la gratitud la puedes sentir más a flor de piel, donde ya queda poco rastro de tus malestares personales del pasado.

Lo que es tuyo y lo que es mío, por Mireia Simó

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Ilustración de Mónica Ramos

 

Leyendo a Cris en su post del domingo pasado, se me hizo presente una vez más, la idea de que somos seres relacionales, y que en cada momento vivido sacamos con el otro lo que necesitamos, experimentamos dolor en nuestras propias heridas y leemos lo ocurrido desde nuestra propia mirada.

Porque somos personas únicas, con nuestra propia idiosincrasia, y con nuestras particulares historias de vida. Por eso, resonamos de manera distinta ante cada acontecimiento vivido.

Cuando dos personas se juntan, con lo que sea que se comparta, un encuentro, una conversación, una relación más duradera, o un simple gesto, se crea un color nuevo. Si yo voy con mi azul y tú vienes con tu amarillo, crearemos un verde, que será único. Y ese verde me dolerá, me gustará, me producirá sensaciones agradables o no. Pero en cualquier caso será un verde exclusivo, que se habrá formado con mi azul de ese momento y con tu amarillo de ese mismo momento también.

El otro día me contaba una persona lo que le ocurrió estando en clase, en un curso de formación. El profesor hizo un comentario y ella lo vivió fatal, le entró una rabia y al mismo tiempo unas ganas de llorar, que no se pudo aguantar. En un primer momento contestó con enfado y luego no podía contener sus lágrimas, que caían a chorro sin control. Se sintió avergonzada y deseando desaparecer de allí cuanto antes. Se abrió la polémica en la clase y se montó un revuelo entorno a quién había tenido la culpa, formándose enseguida dos equipos: lo que estaban a favor del profesor defendiendo su comentario, y los que se sentían identificados con ella y querían salvarla de aquel drama.

Lo que pasó es que el profesor, con esa frase, le dio de lleno en una herida que tenía ella, en algo todavía por resolver. Hubiera sido muy fácil arremeter contra el profesor, pero ella, que empezaba a conocer su cuerpo, y estaba en un proceso terapéutico, y cada día más conectada con ella misma, y más consciente de su piel hacia dentro, sabía que lo que acababa de ocurrir tenía que ver con ella y con su historia.

Claro, que el profesor había hecho un comentario, pero resulta que solo ella había reaccionado de esa forma. Solo a ella le había hecho sentir todo aquello. Y aunque en un primer momento le salió rabia, si se hubiera quedado solo ahí, seguramente hubiera seguido lanzando comentarios de enfado contra él. Y entonces el profesor, hubiera tenido dos opciones: o quedarse con lo que le estuviera lanzando o saber reconocer que lo que estaba pasando allí no solo tenía que ver con su comentario.

En toda experiencia relacional, hay dos partes, siempre hay una responsabilidad compartida en aquello que ocurre. Si hay partes que yo no conozco de mí, o que las rechazo, las voy a proyectar fuera, las voy a criticar en los otros. Y además, seguramente las voy a hacer más grandes. Si yo puedo recoger lo que tiene que ver conmigo, y si soy capaz de no recoger lo que es de los demás, seguro que sufriremos menos.

¿Y qué es lo que nos puede ayudar entonces? Pues una vez más: la conciencia. Tener claro lo que es mío y lo que es de los demás, para no confundirnos, para no echar culpa donde no la hay, para asumir responsabilidad en nuestra parte, y para no comprar lo que no nos pertenece. Y así entonces, podernos encontrar con los demás de la manera más limpia y sana posible.

Porque el sufrimiento forma parte de la vida, pero sufrir gratuitamente y de más no tiene ningún sentido, sobre todo si es por algo que no tiene que ver con nosotros.

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).