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Nuestras opiniones sobre los demás nos hacen sufrir

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The Drawing hand, vía Grafolio

 

Esto es algo que percibo mucho, y una trampa en la que yo también he caído durante mucho tiempo. Me pasaba a mi a menudo y veo que le pasa a mucha gente.

Cuando te pasa algo con otra persona sufres doble. Por una parte sufres por el disgusto, sea el que sea: alguien que te ha dejado plantado, que no te ha tenido en consideración, alguien que te ha decepcionado, con quien has discutido, esa persona que tanto quieres y ves que te tiene en cuenta tanto como tu a ella, el compañero de trabajo que te clava la puñalada y mil cosas y casos más.

Es normal sufrir por una decepción o un maltrago. Pero nosotros, que todo lo pasamos por el ego, por el tamiz que todo lo filtra en clave personal, sufrimos también por la opinión que nos merece lo que ha pasado. El típico: “¿Cómo ha podido hacerme esto a mi con lo que yo la quiero, o con lo que yo hago por ella? Esas opiniones nos llevan incluso al peor de los sufrimientos, porque es algo que nos cuesta más gestionar que el disgusto en sí, que la gente a la que quieres no te respete es duro de roer.

El día que te das cuenta (después de un larguísimo proceso de años de maduración) que nada de lo que ocurre es personal, tu vida cambia. Te quitas de encima la gran losa de sufrir por la opinión que te merece lo que te pasa en la vida. Dejas de sentirte víctima, de sentirte menospreciado e infravalorado, y eso te lleva a pasar los maltragos con mucha más fuerza emocional, a vivir la vida, con todo lo que conlleva, sin que por eso tengas que sufrir el doble.

La gente no te clava la puñalada porque eres tu, lo que hacen los demás no es tuyo, lo que te hacen es suyo.

Construir tu propio suelo, por Mireia Simó

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Ilustración de Lisa Stubbs

 

Leyendo el post de Cris del domingo pasado me acordé de aquello que decía Fritz Perls, uno de los principales creadores de la Terapia Gestalt, sobre hacerse mayor. Él decía que madurar consistía en pasar del apoyo ambiental o dependencia al autoapoyo. Cuando un bebé nace, necesita al otro para todo, las palabras, la mirada, los mensajes, las caricias, el afecto, el alimento, para nutrirse, para sobrevivir, para ir creciendo y formándose como una persona diferenciada.

Conforme van pasando los años, y a partir de las experiencias relacionales vamos construyendo nuestro propio yo. Vamos haciendo sólido nuestro propio suelo y los cimientos de nuestra propia casa.
El énfasis en precipitar la autonomía de los niños y niñas lo que suele facilitar son personas adultas inseguras. Si no satisfacemos la necesidad de dependencia infantil no podremos ser independientes más tarde.

Si pretendemos que los niños y niñas hagan todo solos antes de tiempo, sobre todo, aquello que tiene que ver con necesidades emocionales, seguramente no tendrán la confianza suficiente ni el autoapoyo necesario en su vida adulta para afrontar las vivencias cotidianas.

Nuestro organismo, para estar sano, tiende al equilibrio. Cuando surge una necesidad esta quietud se altera, hasta que logramos satisfacerla volviendo así de nuevo a un estado de calma. Si tengo sed y bebo agua en la cantidad adecuada, mi necesidad se queda satisfecha, las ganas de beber se van al fondo, ya no están presentes. Si tengo sed y solo me mojo los labios, seguiré teniendo sed y allí donde vaya buscaré líquidos que puedan calmar mi necesidad insatisfecha.

Para que yo confíe en mi misma tengo que haber tenido antes la experiencia relacional de confianza. Para tener un buen auto apoyo antes he tenido que tener satisfecha la necesidad de apoyo ambiental o dependencia. Nos desarrollamos a partir de lo que registramos en nuestras experiencias relacionales.
Si nos quedamos a mitad trataremos de satisfacer las carencias eternamente, en cada oportunidad de relación, en cada experiencia vivida. Y entonces seremos personas adultas que necesitaremos continuamente la aprobación de los demás, que estaremos tan pendientes de lo de afuera, que no nos quedará atención disponible para centrarla en aquello que tiene que ver con sentirnos a gusto con nuestra esencia.

“Muchas cosas me importan un bledo”, como escribía el otro día Cris en su post, es como decir que no necesitamos el reconocimiento del afuera. Que nos gusta recibirlo sí claro, sin embargo, es saber que si no lo tengo no me muero, ni me angustio, ni me destroza, ni eso interrumpe mi vida.

No es que seamos “más pasotas”, es que no necesitamos la confirmación del mundo para legitimar ni nuestras experiencias ni nuestra persona, no lo necesitamos porque eso ocurre desde dentro. Y eso no significa que no necesitemos a los demás, claro que nos necesitamos! No es aislarse, no es ser autosuficiente, es saber que yo puedo hacer las cosas por mí misma, y si me encuentro con otro que me acompaña estupendo y si no, pues a seguir igualmente.

Y cuanto más auto apoyo tenemos, más disponibles estamos para vibrar con la vida, para darnos el permiso de emocionarnos, para aceptar los acontecimientos, para sentirnos bien con nosotros y nosotras mismas, para tener más claro lo que necesitamos, lo que nos gusta y lo que queremos. Para encontrar la fuerza y ser congruentes en nuestros actos, para responsabilizarnos de nuestras vidas y no seguir esperando del mundo algo que tiene que venir desde dentro. Para no seguir exigiendo a los demás lo que tenemos en nuestro interior. Así que todo tiene su sentido.

Construyendo nuestro propio suelo es cuando nos podemos encontrar con otro y con la vida de manera genuina. Como dice Carmen Vázquez, terapeuta gestalt de reconocido prestigio:

“Yo hago mis cosas y tú haces las tuyas.
En muchas de las cosas que hago, tú tienes mucho que ver,
Y en muchas de tus cosas yo he contribuido.
Yo puedo ser yo contigo mientras tú puedas ser tú conmigo.
Yo seré yo mientras tú seas tú;
Y aunque por casualidad nos hayamos encontrado,
Continuemos juntos o separados,
Nuestra vida nunca volverá a ser la misma ya que
Nuestro encuentro nos habrá enriquecido”.

Por cierto, esto se consigue madurando en la vida y también es el objetivo del proceso terapéutico. Como una vez leí por las redes sociales, a terapia no solo va la gente que tiene problemas, problemas los tenemos todos, a terapia van las personas que están comprometidas con su vida y quieren ser conscientes y hacer algo para mejorarla.

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).

 

I don’t give a fuck y también lloro

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The Drawing Hand, vía Grafolio

 

El principio del título de este post hace referencia a un artículo que vi en redes sociales el otro día y que podéis leer aquí.

Básicamente dice que cuanto más mayor te haces más cosas te importan un bledo (give a fuck), cosas como las opiniones de la gente, los dictados ridículos de la moda, morderte la lengua, tus errores, quedar bien con los demás, tener un cuerpo perfecto, poder controlarlo todo, y así hasta trece “me importa un bledo”, incluso importarte un bledo que las cosas te importen un bledo.

Y así es, en mi opinión. Al meno yo lo vivo así y observo que lo viven mis amigas, amigos, conocidos, la gente que observo. Pasan los años y vas relativizando, convirtiéndote en más “pasota”. 

A mi ahora la mayoría de las cosas me importan un bledo. I don’t give a fuck about almost everything.

Pero atención, al mismo tiempo, en el otro extremo del espectro emocional, ahora más que nunca lloro por cualquier cosa, mucho más que antes. Lloro en las pelis de dibujos animados, en las bodas, cuando miro algún vídeo de internet de los virales con gran carga emotiva. El otro día puse en clase la peli “Mamma mía” en versión original, y me puse varias veces a llorar, en las escenas musicales!!

Y en este punto llego a donde siempre me gusta llegar, a las dualidades. Con el tiempo me he vuelto más extremista, es decir, más pasota en un lado del espectro y más sentimental en el otro.

¿Es posible vivir con esta contradicción? Pienso que no solo es posible, sino que además es más sano, como siempre digo, abrazar la dualidad, los opuestos, la contradicción, porque en ello está la totalidad de la complejidad humana, y por tanto, lo que es más natural para nuestra esencia.

Y lo que es natural es que no te importe lo que no es importante: lo banal y te importe lo que sí lo es: lo esencial. Y eso es lo que me ha pasado con el tiempo, afortunadamente. Algo bueno tiene que tener hacerse mayor.

 

 

 

¡Qué bonito, pero qué caro!

Post publicado por primera vez el 22 de noviembre 2014

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Ilustración de Liekeland

El otro día hablábamos sobre este tema en un hilo en redes sociales, esta es una frase que se escucha muchísimo en nuestro entorno, en el de los artesanos, artistas, y pequeños emprendedores y que tire la primera piedra quien no la haya pronunciado alguna vez. Pero bien, no es lo mismo decir: qué bonito, pero qué caro ante la foto de un apartamento de un millón de euros en la calle más cara de cualquier ciudad europea, que decirlo ante una taza de cerámica pintada a mano que cuesta 30 euros. Hay una gran diferencia y no lo digo por la cifra.

Vaya por delante decir que en el terreno de los precios hay abusos en muchos productos, sean del tipo que sean pero el lamento de aquel hilo es el que oigo a diario a la mayoría de pequeños productores con los que hablo, incluso yo misma lo vivo con mis proyectos. “No vendo mis creaciones porque la gente las encuentra caras”. Un momento: ¿Es cara una taza de 30 euros en la que se ha invertido más de una hora en hacerla y pintarla a mano?, ¿Una bufanda tricotada con lana de calidad? ¿Un bolso cosido a mano con telas naturales? ¿Una tarta casera?

En el terreno del “pricing” (así llaman en inglés al ponerle precio a las cosas), se distingue entre el coste y el valor. No es lo mismo lo que algo cuesta, que lo que algo vale. Es fácil verlo así: un apartamento que cuesta un millón de euros es caro (quizás muchos digan que no, que son las leyes de la oferta y la demanda, pero bien, eso es otro tema) Una taza hecha a mano que cuesta 30 euros no es cara, de hecho es barata. Y digo barata a propósito, porque barata tiene una connotación distinta a económica, porque al final lo que pasa con toda esta historia es que los propios artesanos están devaluando sus propias creaciones, rebajando sus precios y “abaratando” el entorno, con las buenas intenciones de poder vender a todos aquellos que de esta manera tan casual y rutinaria exclaman: ¡Qué bonito, pero qué caro! Vender una taza ilustrada a mano por 15 euros no beneficia a nadie, al contrario.

Lejos de querer crear polémica porque sé que el tema de los precios es muy delicado, lo que me gustaría resaltar es el valor real de lo que está hecho a mano, o en pequeñas producciones mixtas, animar a que se vea y se mida con el criterio justo, y crítico, también, porqué no decirlo, pero para ser crítico uno tiene que informarse y saber qué hay detrás de cada proyecto y que la próxima vez que pensemos: es bonito pero es caro, veamos si estamos hablando de lo que cuesta o de lo que vale. Lo suelo comentar en el acompañamiento: tu cliente es quien aprecia lo que vale tu producto (o quien puede permitírselo).

Hablando de permitírselo, muchas veces pensamos que no podemos permitirnos algo más costoso pero compramos sinsentido. Esas sí que son, en realidad, compras caras. Tener 5 vestidos de 20 euros sale muchas veces más caro que comprar una prenda de 100 euros, prenda que seguramente será atemporal, bien hecha, de calidad, y con un gusto exquisito y la usaremos durante años, por no entrar en cómo, de qué manera, dónde y quién produce vestidos a 20 euros. Mi madre suele decirlo: “todo lo barato es caro”, aunque luego es la primera que mira los precios con lupa y también pronuncia constantemente la frase en cuestión.

 

La vergüenza se supera con vulnerabilidad

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La vulnerabilidad es algo que siempre se valora en negativo, sin embargo, no puede ser más positivo. Nadie quiere ser vulnerable, por miedo a que te hagan daño, pero ir desnudo por la vida (pues eso es la vulnerabilidad) solo puede traerte cosas buenas. Una de ellas es superar la vergüenza.

Siempre que viene a cuento recomiendo la lectura de Brené Brown, o el visionado de alguno de sus vídeos, para entender la importancia de la vulnerabilidad y del porqué no hay que recubrirse el cuerpo y sobre todo el alma con corazas, con escudos, capas de cebolla, ya que la esencia está en el centro, y la esencia es lo más valioso. Por cierto, de sentirse valioso va el tema.

Brené Brown es doctora por la Universidad de Houston y se ha pasado los últimos 13 años estudiando la vulnerabilidad, el coraje, el valor y la vergüenza. Ha escrito varios libros, tres de los cuales han sido #1 New York Times bestsellers, y tiene una plataforma online que constituye una comunidad de seguidores súper nutrida. Su charla TED del 2010 titulada “El poder de la vulnerabilidad” es una de las 5 más vistas en la historia de TED con más de 25 millones de visionados. Os recomiendo que la veáis si no la conocéis.

Resumiendo su investigación y espero explicarlo bien, porque pienso que entender esto, entenderlo profundamente, te lleva a entender muchísimas cosas acerca del comportamiento humano y a ser más consciente de tu propio comportamiento.

Brené empezó su investigación estudiando el concepto de “vergüenza” y el concepto de “conexión”. Y descubrió un modelo de comportamiento en la gente que sentía vergüenza. Este tipo de gente sentía con frecuencia vergüenza porque no se sentían válidos, no pensaban que valían lo suficiente. No se sentían suficiente listos, suficiente guapos, suficiente valiosos para los demás, suficiente válidos para ser queridos y para pertenecer. Y por tanto les costaba más conectar.

De las miles y miles de entrevistas que realizó durante años separó aquellas que mostraban el mismo modelo de comportamiento, y encontró que aquellos que no sentían vergüenza, abrazaban la vulnerabilidad, la imperfección, los mal tragos de la vida, y que al hacer esto, poseían lo que ella llamó “whole-heartness” que se podría traducir como “plenitud en el corazón”. La gente en este grupo, al abrazar la incertidumbre, al caminar por la vida desnudos, eran también más capaces de vivir con alegría y con gratitud.

Mientras que quien no abrazaba la vulnerabilidad, por miedo y por vergüenza, al tener que insensibilizarse hacia la parte negativa de la existencia, es decir, al tener que huir del miedo, o de esconderse de lo que les produce vergüenza, también se insensibilizaban de la parte positiva: de la alegría, la autenticidad y la gratitud.

A Brené este descubrimiento le causó una crisis existencial, porque acostumbrada a su manera de vivir, sus hallazgos le parecieron contradictorios. Escuchad la charla y poned los subtítulos. No es fácil de asimilar a la primera pero si lo piensas, todo lo que dice es de sentido común, porque solo cuando te desnudas puedes sentir plenamente, cuando te quitas las corazas. Los que no se desnudan, los que no aceptan sus imperfecciones, por miedo, por vergüenza, curiosamente son los que parecen más seguros y más fuertes, pero esto es simple fachada, es la fachada que construimos para esconder lo otro.

Se produce una especie de contradicción pero es de lo más lógica. Para superar la vergüenza (y la vergüenza es miedo), no hay que esconderse, sino exponerse.

Ser vulnerable, saberse vulnerable, abrazar la imperfección, sentirse suficientes, valiosos. Esas son las claves.  

 

Reconciliarse con la propia infancia, por Mireia Simó

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Fotografía de Montse Mármol

El domingo pasado publiqué el post “No estamos preparados para la vida” y muchos de vosotros dejasteis comentarios, después de sentiros identificados con lo que leísteis. Hoy he invitado a mi amiga Mireia Simó, psicóloga y terapeuta Gestalt, a compartir un artículo que escribió hace unos años para la revisa Mente Sana, y que también habla del mismo tema, lo amplia y lo argumenta desde la experiencia de Mireia como profesional en psicología. Os dejo con ella, el artículo es largo pero vale la pena leerlo, a mi me ha encantado. Mireia no solo escribe muy claro, además lo hace en profundidad, me ha parecido muy iluminador. 

 

Con frecuencia anhelamos haber tenido una infancia más feliz sin embargo todos tenemos alguna experiencia más o menos dolorosa que forma parte de nuestra historia. Tal vez fue la enfermedad o fallecimiento de una persona importante, alguna situación familiar difícil, una falta de afecto y
atención, o puede que lo que nos hubiera gustado cambiar fuera los conflictos que tenían nuestros padres. Tal vez las experiencias de malestar tengan que ver con la falta de amor incondicional, con el haber vivido en familias donde el amor dependía de los hechos y los éxitos conseguidos o puede que tenga que ver con no habernos sentido vistos ni tenidos en cuenta.

Sea como fuere es nuestra historia y nuestros padres, a su vez, también tienen la suya. Comprender que ellos nos aportaron lo mejor que tenían y aceptar que hicieron las cosas lo mejor que supieron y pudieron nos puede ayudar a reconciliarnos con nuestra infancia.

“No quiero que mi hijo tenga una infancia como la que yo tuve” ¡Cuántas veces habremos oído decir esto! Pero, a pesar de que esta sea nuestra intención, luego, sin darnos cuenta, caemos en comportamientos y modos de relación que son justo aquello que queríamos evitar. Las experiencias no
resueltas de nuestra propia infancia influyen a la hora de relacionarnos con nuestros hijos/as. Reencontrarnos con nuestras heridas y cuidarlas en vez de ignorarlas nos va a permitir poder ejercer un rol de padres y madres desde la libertad de elegir como queremos relacionarnos y actuar, facilitando a los hijos/as que construyan un sentido interno de seguridad para poder tener unos cimientos sobre los que crecer y desarrollarse de manera saludable.

Las primeras vivencias infantiles dejan una enorme huella, modificando incluso el cerebro infantil. Las últimas investigaciones de la neurociencia nos han confirmado que nacemos solo con una cuarta parte del cerebro desarrollado. Las otras tres evolucionan durante los primeros años de la infancia y las experiencias vinculares y afectivas son fundamentales para la conexión neuronal y la maduración cerebral. 

Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista infantil, utilizó la expresión “madre suficientemente buena” para referirse a las cualidades afectivas que debería tener la persona encargada del cuidado principal de un bebé para poder facilitarle un desarrollo pleno. La capacidad para estar atento/a a las necesidades del bebé y no confundirlas con las suyas propias es una de las cualidades que definen este concepto. No se refería a ser una persona sufrida y abnegada sino a la capacidad para estar presente y con una disponibilidad afectiva transcendiendo las cuestiones personales y los estados de ánimos.

John Bowlby, fundador de la teoría del apego, concluyó que existe una relación causal entre las experiencias de una persona con las figuras significativas y su posterior capacidad para establecer vínculos afectivos. Mary Main, autora de la Entrevista de Apego Adulto (AAI), basándose en las narrativas de madres y padres sobre sus experiencias relacionales en la infancia, definió a las personas con un apego seguro autónomo como aquellas que integran coherentemente sus recuerdos en una narración con sentido.

Recuerdo la historia de Patricia, una paciente con la que trabajé hace un tiempo. En una de las sesiones me comentó que estaba preocupada porque no entendía muy bien lo que le estaba sucediendo con su amiga Luisa. Se conocían desde hacía muchos años y con el tiempo habían ido creando un vínculo profundo de amistad. Hacia un año que Luisa se había enamorado y había iniciado una nueva relación de pareja. Esto coincidió también con un cambio de trabajo, así que durante unos meses estuvo tan entregada a sus nuevos proyectos vitales que se mantuvo alejada de sus amigos. Patricia le había llamado en varias ocasiones pero Luisa no le había prestado la atención y el tiempo que ella necesitaba. Ahora, habían pasado unos meses y se había puesto de nuevo en contacto con ella, pero Patricia no podía cogerle el teléfono ni contestarle a ninguno de los mails que había recibido suyos. Se sentía profundamente herida, se había sentido abandonada y no podía perdonárselo.

Después de un tiempo pudo darse cuenta de que realmente en el vínculo de amistad no había ocurrido nada, sino que esa experiencia de sentirse abandonada tenía que ver con una herida suya de la infancia. Por eso, aunque entendiera el motivo de la falta de disponibilidad de su amiga, le había afectado tanto. El impacto no tenía que ver con lo que hacía su amiga, sino con su herida no resuelta.

Patricia había tenido un episodio en su infancia que le había marcado profundamente. Cuando tenía 5 años su madre falleció de una enfermedad y nadie le había avisado con el tiempo suficiente como para poder despedirse. Creció enfadada, desconfiada y con un padre más ocupado en resolver su propio duelo que en atenderla a ella. Su presencia dependía de cómo estuviera él ese día y no de lo que necesitara ella. Patricia nunca sabía con lo que se iba a encontrar al relacionarse con su padre, así que se fue haciendo adulta pensando que ella era la responsable de los conflictos que tenían y que nunca hacía las cosas bien.

Necesitaba constantemente la aprobación de los demás y frecuentemente se sentía incomprendida. Un día conoció a su pareja y después de estar un tiempo juntos decidieron compartir su vida y tener un hijo. Cuando éste se hizo un poco mayor Patricia no podía soportar la idea de dejarle al cuidado de otras personas. No quería fallarle, no quería que creciera con la sensación de abandono que ella tenía y si tenía que dejarle se sentía tremendamente culpable.

El problema se acentuó cuando su hijo fue creciendo y empezó a tener necesidades de independencia. Cada vez que le pedía ir a casa de un amigo a jugar ella sufría y esto ocasionaba continuos conflictos entre ellos. Patricia se volvió cada día mas controladora y la dependencia que había establecido con su hijo le generaba una ansiedad casi diaria. En ocasiones se sentía desbordada y entonces le amenazaba con no atenderle y se retiraba de la relación, siendo inconsistente igual que lo había sido su padre con ella. El hijo respondía a esto alejándose cada vez más y confirmando la fantasía de su madre, abandonándole. Ella sabía que tenía algo que resolver con esto sin embargo lo que le ayudó a darse cuenta y solucionar lo que le estaba ocurriendo fue lo que le ocurrió con su amiga.

La experiencia no resuelta de haberse sentido abandonada en su infancia era lo que le estaba impidiendo abrirse de nuevo a la relación con su amiga Luisa y a su vez, era lo que le estaba impidiendo sentirse confiada con su hijo, y ser consistente y afectivamente cercana.

Durante toda su juventud había querido olvidar su infancia. No quería recordar su tristeza, su soledad y su rabia. En el momento en el que pudo hablar de todos aquellos momentos dolorosos e ir sacando de su cajita de la infancia los recuerdos fue cuando empezó a entender el significado y el impacto que todo aquello tenía en su vida.

Lo primero que hizo fue aceptar como fueron sus primeros años. Y en ese proceso de aceptar pudo empatizar con su padre y perdonarle. Pudo también valorar todos los aspectos positivos que había desarrollado gracias a su historia. Se dio cuenta de que era una excelente cuidadora, de que había desarrollado una habilidad estupenda para estar atenta a los gustos de las personas que le rodeaban y sabía sorprenderles con detalles siempre acertados. Había desarrollado también una capacidad de escucha y una capacidad de tener en cuenta a los demás que le había aportado muy buenas amistades. Hasta ese momento no se había parado a reconocer todas estas cualidades de las que se sentía ciertamente orgullosa. Pudo agradecer entonces a la vida el haberle dado la oportunidad de desarrollar todo aquello que ella era.

Después de este proceso de reconciliarse con su infancia fue cuando pudo acercarse de nuevo a su amiga y pudo comprobar entonces que ésta seguía ahí y que realmente el vínculo de amistad estaba intacto.

También pudo entonces empezar a relacionarse de otra manera con su hijo. Aprendió a confiar, a transmitirle seguridad, a ser más sensible con sus necesidades y actuar teniéndolo en cuenta y no actuando desde sus heridas.

Expresar y compartir las vivencias dolorosas es un primer paso para poder aceptar nuestra historia. Dicha aceptación nos permitirá perdonar, reconciliarnos y valorar los aspectos positivos que desarrollamos gracias a nuestras experiencias.

Sanar las heridas de la infancia y dar sentido a nuestras vidas de manera coherente nos permite transmitir seguridad y ser padres y madres suficientemente buenos atendiendo a las necesidades de nuestros hijos sin confundirlas con las nuestras. Como afirma Gunther Schmidt, un reconocido terapeuta médico alemán, director del Instituto Milton Erickson en Heidelberg, “no es el pasado el que determina el presente, sino el presente el que determina el pasado”.

Artículo publicado en el nº 86 de la Revista Mente Sana.

Mireia Simó Rel .Psicóloga. Terapeuta Gestalt. Especializada en Intervención Familiar e Infantil. Co-directora formación Técnicas Gestálticas Aplicadas a las Familias en el ITG (Instituto de Terapia Gestalt de Valencia).