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No estamos preparados para la vida

Anna Kövecses

Anna Kövecses

 

Dicen que no estamos preparados para la muerte. Me da la impresión de que tampoco estamos preparados para la vida.

Puse esta frase el otro día en mi perfil de Facebook y avisé que este sería el inicio del post del domingo, y pienso que la gente creyó que iba a hablar de que hay que saber aprovechar la vida, vivir el momento, no dejar que nos pase aquello que decía Lennon, que la vida es todo aquello que sucede mientras estás haciendo planes.

Pero no, no quería ir por ahí, aunque ciertamente lo suscribo, pero esa es una idea ya sobradamente captada (aunque sólo sea en teoría).

La idea que quiero aportar es esta: para lo que no estamos preparados es para los sinsabores, perdidas, soledades e injusticias que conlleva la vida. El lado triste y duro de la existencia es consustancial a la vida, sin embargo lo gestionamos a duras penas, y en muchos casos nos lleva a bajones particularmente potentes.

Pero no lo voy a argumentar con el consabido “hay que prepararse para la vida desde niño, para curtirse” o el consabido “cuántos más golpes te da la vida más maduras y creces, más fuerte te haces”.

No, todo lo contrario, pienso que cuánto más feliz eres de niño más preparado estás para todo lo que te trae la vida, más fuerte anímicamente. Cuanto más cubiertas tienes tus necesidades emocionales más preparado estás para la batalla diaria. Sentirse bien por dentro es un refuerzo, no una debilidad.

Tuve una infancia dura, pero eso no me preparó para no sufrir, al contrario, me preparó para sufrir más durante mi edad adulta, no me hizo más fuerte, me hizo más débil (aunque toda mi vida he pensado lo contrario, hasta muy recientemente). Solo ahora a partir de los cuarenta he rendido cuentas con el pasado, he dejado de estar enfadada con la vida, he tranquilizado mi alma y he integrado un montón de cosas, como por ejemplo que hay cosas que nunca viviré y que nunca recuperaré (y no puedo hacer nada porque la vida es así). 

Que el ser humano sea resilente no quiere decir que sea conveniente que tu vida sea una carrera de obstáculos, no hace falta curtirse desde pequeño. Preferiría ser menos sabia y menos madura y haber pasado una infancia más feliz. Cuando veo un niño con sus necesidades emocionales cubiertas veo a un adulto que será sabio por naturaleza, con la sabiduría que te da haber estado siempre emocionalmente tranquilo, no por los ajustes que has tenido que hacer para no naufragar. 

Lo veo todos los días en el instituto, los niños que tienen “problemas” suelen tener algún tipo de carencia emocional, y no, no son los más fuertes y preparados para el día a día, los más fuertes ante la frustración, la adversidad, los conflictos, y todas esas cosas que pasan en un entorno como es el escolar son los más tranquilos, los que están más en paz consigo mismos, los que más han sido arropados desde casa.

Leí no se donde que era más intensa la tristeza que la alegría, y también que duraba más. Y si os paráis a observar vuestro entorno y a vosotros mismos lo notaréis. ¿Qué os afecta y dura más, un bajón o una alegría?

Yo diría que no es que la tristeza sea más intensa, es que estamos poco preparados para soportarla, para gestionarla e integrarla. ¿Porqué? Creo que es porque, en general, nuestras necesidades profundas no han sido cubiertas, y llevamos mucho tiempo ajustando. Por supuesto habrá más factores y no quiero simplificar algo que es muy complejo pero pienso que esta razón es remarcable.

Lo digo siempre que puedo, y lo voy a volver a decir porque todo lo que he argumentado me lleva ahí: el mundo solo puede cambiar si cambia la manera de criar a los niños, si cambian los primeros años de crianza, con una atención totalmente respetuosa a sus ritmos y a su esencia, para crecer emocionalmente tranquilos y plenos. (Y así poder navegar por la vida sin miedo a naufragar y con entereza y serenidad cuando se ha naufragado).

 

Un poco más Jedi cada día

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ilustración de Olechka vía Society6

En estos últimos meses he visto al menos 10 veces las diversas películas de Star Wars. Antes de ver la 7 volví a ver con mi hijo todas las anteriores, y últimamente estamos volviendo a ver las que más le gustan, que son la 4, 5 y 6 (tiene buen gusto).

Soy muy fan de Star Wars, creo que ahora incluso más que hace treinta años, cuando estrenaron los primeros episodios, y ya me enamoraron.

Star Wars me gusta por muchas cosas, pero dos de cosas de las que más me gustan son:

1. Toda su parafernalia: las naves, las batallas, los androides, las puertas automáticas que se abren y se cierran, los túneles de las naves, las velocidades supersónicas, los planetas extraños, los bares de seres extraños donde siempre ponen música, la estrella de la muerte, el halcón milenario, Luke, Leia, Solo, Obi Wan, Yoda, etc.

2. Hablando de Yoda: sus frases, la filosofía Jedi en general, si es que se puede llamar filosofía. Su manera Zen de entender la vida.

Creo que ahora soy incluso más fan que hace treinta años porque entonces disfruté del punto 1 como ahora, pero el punto 2 pasó por mi de puntillas. Sin embargo ahora, con la experiencia (o dicho de otra manera, la madurez, las canas) del paso de los años entiendo cada frase de una manera más profunda. Si le pusiera voz a mis pensamientos al ver ahora las películas, sería algo así como: “aha”, “claro”, “eso es”, “ahora lo entiendo”.

He rescatado alguna de esas frases del gran Yoda, y con el deseo de que seamos cada día más Jedis, aquí os las dejo. Yo ya lo estoy intentando, llevo años en ello. Mejor dicho, no lo estoy intentando, lo estoy haciendo.

-“No lo intentes. Hazlo, o no lo hagas, pero no lo intentes.”

-“Ten muy presente que tu efoque determina tu realidad.”

-“Siempre en movimiento está el futuro.”

-“Vive el momento, no pienses; siente, utiliza tu instinto, siente La Fuerza.”

–“El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Veo mucho miedo en ti.”

-”¡Mejores cosas que luchar debería estar haciendo un Maestro Jedi! Buscando sabiduría. Encontrando equilibrio”.

-”Sin duda, maravillosa la mente de un niño es”.

- “No, no es diferente. Sólo es diferente en tu mente.Tienes que olvidarte de lo que has aprendido”.

- “toda su vida siempre miro lejos, al futuro, al horizonte, nunca su mente puso donde estaba”.

¿Qué necesitas?

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Ilustración de Malika Favre

 

La sabiduría popular dice: “no tomes decisiones en caliente”, y ciertamente, vale la pena tomarlas en frío, en calma, sin que sea fruto de un impulso poco pensando.

Pero yo quiero ir más allá. Yo diría: “no tomes decisiones que son fruto de una necesidad no satisfecha”. 

Cuando hago repaso a los errores que he cometido en mi vida siempre puedo tirar del hilo hasta llegar a la necesidad que necesitaba resolver en aquellos momentos.

No solemos ser conscientes de qué necesitamos, y lo que solemos hacer es darle otro nombre a la necesidad. “Necesito comprarme una casa, necesito tener a esta persona a mi lado, necesito este trabajo, necesito mudarme a otro sitio”. Cuando en realidad deberíamos llamarlo así: “necesito seguridad, necesito pertenencia, necesito amor incondicional no necesariamente romántico, necesito comprensión y reconocimiento, necesito darme cuenta de lo que necesito”.

Cuando buscando lo segundo elegimos lo primero muchas veces nos equivocamos, porque lo primero es simplemente una vía de escape, una manera de canalizar lo que realmente necesitas.

Hay otra sabiduría popular que a mi me gusta mucho, o refrán o cita, siempre la comento: ” el ego dice: Cuando todo esté en su sitio yo encontraré la paz. El espíritu dice: cuando yo encuentre la paz, todo se pondrá en su sitio”.

Lo que viene a decir es que lo que necesitamos depende de nosotros, y de nadie más, de nada más. Nuestra felicidad depende de estar en paz, con las necesidades profundas resueltas, y las necesidades profundas las resuelve el espíritu, lo más profundo de uno mismo, desde luego no el ego.

Las necesidades no resueltas generan otro tipo de necesidades y éstas generan decisiones que no solo no nos ayudan sino que además nos frustran, y nos quedamos siempre anclados en una interminable búsqueda que no se sacia nunca.

En realidad ¿Qué necesitas?

 

 

Lo que de verdad importa

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Ilustración de Katie Vernon

 

En los últimos meses he leído en internet varios artículos que tienen una misma cosa en común: Darse cuenta de lo que de verdad importa. Artículo preciosos que os recomiendo, de Ángeles Caso, Rosa Montero y Carles Capdevila, entre otros.

En este post mi intención no es la de escribir también un artículo con lo que de verdad importa, en realidad suscribo lo que ellos dicen hasta el las comas y en los puntos.

Voy a aportar otro argumento. Todos sabemos lo que de verdad importa, pero lo sabemos “en teoría”, lo sabemos pero no lo SENTIMOS. Suele pasar que si llegamos alguna vez a sentirlo profundamente, es cuando algo tremendamente duro pasa en nuestra vida que nos hace replanteárnoslo todo completamente, o cuando alcanzamos cierta edad o madurez en la que ya por fin lo vemos claramente.

Por eso vale la pena que sea antes, y sin haber pasado ciertos golpes. Sé que la teoría no se pasa a la práctica simplemente siendo consciente de ello, pero es un primer paso, un paso que tiene que ir acompañado de cientos de pasos más, pues integrar esto es un proceso, no ocurre de la noche a la mañana por mucho que nos empeñemos.

Sed conscientes, un día tras otro, de lo que de verdad importa, y no solo eso, actuad, ponedlo en práctica, para que de tanto practicar acabe integrándose. No os andéis por las ramas, no despistéis, no os contéis historias que solo son excusas.

Requiere un esfuerzo pero la alternativa no es muy halagüeña. La alternativa es esperar demasiados años, o esperar a que algo fuerte te golpee, para reaccionar.

Vivid más acordes con lo que de verdad importa, desde hoy mismo, no esperéis más.

 

¿Lo que nos gusta es lo mejor?

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                                                             Ilustración de Scott Park

 

Vaya por delante que las categorías mejor, peor, bueno, malo son categorías muy resbaladizas ya que se cruzan con otras dos categorías: lo que te gusta y lo que no.

Hoy escribo este post inspirada tras ver Star Wars 7 y tras leer tanto críticas feroces a la película: que si es como un videojuego, que la historia está muy manida, que es más de lo mismo, etc, como elogios estratosféricos, y nunca mejor dicho.

No quiero aquí hablar de la película, solo me sirve de excusa para hablar de la tendencia que tenemos de clasificarlo todo como bueno, malo, mejor, peor, sin tener en cuenta que la mayoría de las cosas, simplemente o te gustan o no te gustan.

No estoy en contra de las críticas de arte, literatura, etc, de hecho me gusta leerlas, porque me gusta ver cuál es la mirada de los demás sobre algo que yo también he visto o leído y porque me gustan las profundidades, pero siento que se gastan muchas energías en “razonar” si una cosa es buena o no, cuando hay un espacio en el que no entran “razonamientos” como es el espacio más etéreo y menos cartesiano de los gustos.

Y ojo, que yo soy la primera que uso los adjetivos bueno, malo, mejor y peor a discreción, pero lo hago porque son parte del código que usamos para entendernos en las conversaciones, por practicidad. Imagina las conversaciones:

-¿Te parece buena la peli?

- Ni buena ni mala.

- ¿Ese restaurante es mejor que el que fuimos el año pasado?

- Ni mejor ni peor.

Sería muy poco práctico funcionar así.

Y no quiero decir tampoco que la calidad no exista. Por supuesto que existe y por supuesto que hay pelis mejores que otras, pero no es eso lo único que cuenta a la hora de hacer una valoración personal.

A mi Star Wars me gusta mucho, y la última película me ha encantado, tiene algo con lo que vibro, no sé muy bien decir qué es, ni tampoco me lo planteo. Muchas de las cosas que me gustan simplemente las disfruto.

Podemos entrar en disquisiciones acerca de cómo se construyen culturalmente y emocionalmente los gustos pero para eso tendría que profundizar mucho y ahora mismo simplemente me apetecía hacer este apunte corto y ligero sobre la cuestión.

Intuyo además que lo que nos gusta tiene mucho que ver con el momento personal en el que nos encontramos en cada momento, de hecho una misma película te puede gustar hoy y diez años después parecerte espantosa.

Apasionante este el mundo de los gustos. No descarto profundizar más…si la fuerza me acompaña (no podía dejar de hacer el guiño fácil).

 

¿Celebrar la navidad ya no es lo mismo?

Este post lo publicamos por primera vez el 06/12/2014

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Ilustración de Coaner

El domingo pasado en casa encendimos la primera vela de la corona de Adviento. Este ritual forma parte de las tradiciones familiares navideñas que hemos ido construyendo con los años: encender las velas, abrir cada ventanita del calendario, montar el pesebre, “fer cagar el tió”, los regalos del piano… Como véis, hay tradiciones compartidas y otras particulares de nuestra propia familia.

¿Por qué hacemos todo eso? Mientras encendía la primera vela de la corona de adviento me hacía esta misma pregunta. Mi hijo mayor, ya adolescente, contemplaba la escena desde el sofá con aparente indiferencia. El mediano, preadolescente, se acercó un momento y enseguida se marchó. Solamente la pequeña siguió todo el proceso con interés, solamente a ella le brillaron los ojos y solamente ella me pidió ser la encargada de soplar la llama cuando tocara apagarla.

Los tiempos en que los dos mayores eran pequeños y la pequeña todavía no existía empiezan a quedar lejos. Recuerdo sus manitas sobre la mesa, una sobre la otra, para no tocar sin querer la llama ¡tan peligrosa que quema! Sus preguntas, sus inquietudes, sus ojos bien abiertos escuchando la primera carta de Papá Noel de Tolkien. Su ilusión cada mañana al abrir el calendario y encontrar una canica o una pegatina. Su inocencia.

El mismo domingo lo comentaba con una amiga cuyas hijas también se van haciendo mayores: ya no es como antes. “Espero que algo les quede y al menos lo recuerden con cariño cuando crezcan”, me dijo. Estoy convencida de ello. Lo estoy porque yo recuerdo con enorme cariño el pan rústico de dos quilos que compraba mi madre para que yo lo vaciara y montara dentro el portal de Belén. Un día dejé de hacer el pesebre y más adelante llegué a pensar que odiaba la Navidad. Pero los recuerdos se quedaron escondidos, esperando para salir y tomar un nuevo sentido con el paso del tiempo.

Recuerdo también haberme reído del pesebre de mi (entonces futura) suegra, que tenía unas gallinas más grandes que los camellos. Cada año ella recogía arena, musgo, troncos… y montaba un pesebre gigantesco con figuras dispares recopiladas a lo largo de los años. Me parecía una excentricidad y un capricho porque, por aquel entonces, a mi arrogante entender, los pesebres eran cosas de críos. Ahora que ella ya no está pienso en aquel pesebre con tanto cariño que las lágrimas se me saltan. La veo colocando sus lucecitas y ahora la entiendo.

Todo lo que hacemos tiene su significado y su eco en el futuro, no solo en el nuestro sino en el de las personas que nos rodean.
Por eso, el debate acerca del consumismo navideño – aún estando totalmente de acuerdo en lo absurdo de comprar por comprar y lo necesario que es tener presente la cuestión ética – no es lo que más me preocupa cuando veo a la gente preparando los regalos navideños. Lo que me preocupa es la intención. ¿Estamos cumpliendo con una rutinaria obligación social? ¿O estamos llenando de gestos, emociones y afectos nuestros recuerdos y los de nuestros seres queridos? En el futuro habremos olvidado la mayoría de los regalos que nos hicieron y casi todos los que hicimos. Pero recordaremos el tiempo dedicado a pensar en el otro, la ilusión al ver los paquetes bajo el árbol, la emoción de desenvolverlos, los abrazos y las risas.

¡Feliz segundo domingo de Adviento! ¡Solamente quedan dos más y estará aquí la Navidad!